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Publicación
del lunes 22 de octubre de 2001
Credibilidad del terrorismo
La ventaja sicológica
Por Adolfo AGUILAR ZINSER
Somos muchos y estamos en todas partes, incluso
en Estados Unidos. Los americanos oirán de nosotros... déjenme
recordarles que nuestra gente está en todas partes. Hace
mucho que nuestras manos están manchadas de sangre, y no
sabemos el significado de la palabra misericordia (El
león, Sher, lugarteniente de Bin Laden. Declaración
pronunciada en Islamabad en mayo 1999)
El impacto más hondo, el más pernicioso
y quizá el más duradero que han tenido los ataques
terroristas del 11 de septiembre se ubica en el espacio inasible
de la sicología colectiva. Quienes planearon y perpetraron
el brutal ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono han
arrastrado a la sociedad norteamericana y, por el contagio instantáneo
de las imágenes televisivas, al resto del mundo a un estado
de vigilia y de incertidumbre. En todas partes aun en países
y lugares distantes y ajenos a los escenarios del terrorismo
mucha gente vive y lleva al cabo sus movimientos cotidianos con
una actitud vigilante, en un estado de ánimo preocupado,
presa del nerviosismo, alerta, aprensiva, desconfiada, con una sensación
de inseguridad que repercute en todas sus actitudes. La volatilidad
y el nerviosismo colectivo han trastocado, cuando menos transitoriamente,
el funcionamiento global de la economía, con graves consecuencias
para la inversión, el crecimiento y el desarrollo social.
Una de las hipótesis que más adeptos
gana en la intensa discusión que tiene lugar hoy día
respecto a la naturaleza y las habilidades del movimiento terrorista
Al Qaeda y a cuáles pueden ser sus objetivos, resortes, estrategias
y motivaciones es la idea de que la guerra de los terroristas contra
Estados Unidos y sus aliados es, ante todo, una guerra sicológica.
Por un lado, busca instaurar un clima de pánico y tensión
que socave la confianza de la sociedad norteamericana en sí
misma, así como en sus instrumentos de defensa; que trastoque
costumbres, hábitos y modos de vida occidentales, pero también
que absorba de manera obsesiva y prolongada la atención de
los políticos, medios de comunicación y gobernantes,
imposibilitando el regreso a la normalidad. Por la otra, esta guerra
sicológica buscaría hacer brotar en todo el Islam
sentimientos desaforados de fervor religioso, mezclados con indignación
y furia ante la respuesta militar de Estados Unidos y de sus aliados.
Muchos observadores de la situación política en los
países con gran población musulmana opinan que los
brotes de fanatismo religioso pudieran desembocar en desestabilización
o la caída de gobiernos afines a Estados Unidos como el paquistaní.
En todo caso, lo que Osama bin Laden y sus seguidores habrían
querido provocar es un clima generalizado de inestabilidad cuyas
manifestaciones más contagiosas y perturbadoras sean, en
Occidente, el pánico colectivo de la sociedad norteamericana,
y en el Oriente, la furia fanática de los seguidores de la
doctrina de Mahoma. Muchos analistas piensan que todo lo que ha
ocurrido desde el 11 de septiembre los ataques a Estados Unidos,
la histeria colectiva, los bombardeos de EE.UU. y Gran Bretaña
a Afganistán, las reacciones de protesta en el mundo musulmán,
el terror a nuevos y escalofriantes ataques y el pánico por
el ántrax fue fríamente fraguado, calculado
y provocado por Bin Laden y sus secuaces desde las entrañas
montañosas de Afganistán.
Hay, en cambio, muchos analistas que se resisten
a creer que Al Qaeda y a sus aliados tengan una comprensión
tan sofisticada de los resortes y los ganchos de la sicología
colectiva, y sean organizaciones terroristas, con tantos y exquisitos
talentos, recursos, métodos y habilidades como para planear
con tal éxito y precisión una guerra sicológica
de esta envergadura.
Sea cual fuere el grado de discernimiento y de
anticipación con el cual planearon los terroristas sus ataques,
lo cierto es que sus acciones delatan un modo de operar enigmático,
desconcertante, complejo y peculiar. Los vuelos suicidas contra
Washington y Nueva York, la temeridad de la enbestida y la proporción
de los daños causados son evidencia palpable de que, actuando
con fría y diabólica determinación, los terroristas
han logrado obtener una espeluznante ventaja sicológica.
En la batalla que el mundo libra hoy contra el terrorismo, los protagonistas
más creíbles son los propios terroristas. Después
del 11 de septiembre, nadie los subestima ni menosprecia, nadie
los cree incapaces de cometer monstruosidades. Valiéndose
en forma magistral de la ventaja que da el factor sorpresa, el éxito
del golpe propinado por los terroristas a Estados Unidos les dio
a su vez la ventaja de la credibilidad. Gracias a ello, cualquier
insinuación u amenaza que formule Bin Laden o cualquier nuevo
atentado terrorista que su organización o cualquier otra
cometa, los efectos multiplicadores de incertidumbre, terror e inseguridad
colectivas que todo ello provoque serán de dimensiones geométricas.
Las autoridades norteamericanas aún no
han confirmado que los macabros envíos de ántrax sean
obra de Bin Laden y sus seguidores. No obstante, sea o no Al Qaeda
el responsable, esos atentados bacteriológicos son ya parte
de una escalada de terror sicológico que contribuye a reforzar
la imagen de terrorista eficaz e inescrutable de Bin Laden y multiplica
la sensación de incertidumbre y fragilidad de los norteamericanos.
En estas circunstancias, la hipótesis de que a los ataques
del 11 de septiembre les corresponde una secuela preconcebida de
acciones y reacciones en abono a un estado sicológico de
inestabilidad y miedo abre una polémica respecto a cuáles
debieran ser las acciones de los Estados Unidos y la comunidad internacional
para combatir al terrorismo sin hacer el juego a Bin Laden; es decir,
si lo que esperaba Bin Laden al atacar a las Torres Gemelas era
precisamente que ocurriera lo que está sucediendo, entonces
la interrogante a que se enfrenta el gobierno de EE.UU. es cómo
dar confianza a los norteamericanos de que se responde con contundencia
y al mismo tiempo con eficacia destructiva a los actos terroristas
que tanto han lastimado a esa sociedad. Si bien la alianza mundial
antiterrorista se mantiene firme, en muchas partes surgen voces
que se preguntan si son las acciones militares aliadas una manera
de caer en las trampas de Bin Laden. En este sentido, el reto del
presidente Bush es mostrar a corto plazo que los movimientos militares
persiguen propósitos concretos y son eficaces en alcanzarlos.
La campaña militar contra el gobierno talibán, que
protege a Bin Laden, está a punto de entrar en una segunda
etapa que involucra el despliegue de tropas; es obvio que EE.UU.
confía en lograr el derrocamiento de ese gobierno y reemplazarlo
por uno afín al antiterrorismo. Ello permitiría llevar
al cabo una búsqueda, seguramente más efectiva, de
Bin Laden y los cuarteles de Al Qaeda. La captura o el aniquilamiento
de Bin Laden y el desmoronamiento de su organización en Afganistán
son, sin duda, los objetivos que EE.UU. persigue para recuperar
la certidumbre y revertir los efectos sicológicos que inmovilizan
a la sociedad norteamericana. A.A.Z. México,
D.F., octubre de 2001.
Comentarios y sugerencias: aaguilarz@presidencia.gob.mx
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