Publicación
del 3 de junio de 2000
Carta a un cronista
Gracias por esos cinco dedos
Por Gerardo GARCIA SANCHEZ
A Javier Otero Rejón
Don Javier:
No tengo el gusto de conocerlo,
pero sí la dicha de leerlo. Hoy por la mañana leí
su artículo llamado "Yucatán: un nacionalismo
al revés", que publica el Diario de Yucatán
en su página editorial. Profundamente conmovido, quiero
agradecer lo que escribió.
Soy un capitalino que reside desde hace siete
meses en esta ciudad. Prófugo de la violencia que viví
en carne propia (9 asaltos a mano armada en un lapso de 5 años),
decidí huir de mi tierra y establecerme en la suya, que
quisiera llamarla nuestra.
Gracias a mi profesión -periodista- tuve
oportunidad de conocer el país entero. Sin dudarlo, decidí
que Yucatán fuera la tierra en la que mis hijos crecieran.
Y es que aquí la belleza y la esperanza se conjugan.
Enamorado de sus costumbres, del aroma de su
tierra, de sus sabores, de sus colores y convencido de la prosperidad
de esta región, abandoné familia, amistades, historia
y sin dudarlo hice de Mérida mi ciudad.
Como usted lo reseña, en estos meses
he visto también cómo las calcomanías de
la bandera de Yucatán proliferan. Las miro en los coches,
en camisetas, en algunas casas. Leo la frase "orgullosamente
yucateco", y desafortunadamente -para mí, claro está-,
siento que mi presencia es repulsiva para muchos. Y es que yo
no soy yucateco. Soy mexicano de orgullo, chilango (huach) por
situación, y perfecto conocedor del daño que el
centralismo le ha causado a nuestro país, que ha sido causa
de la repulsión que sienten muchos hacia aquellos que venimos
de la capital de la República.
Es por ello que agradezco su artículo.
Sus cinco dedos extendidos son una caricia para mi corazón.
Como usted, creo que hay que buscar las semejanzas
y no exaltar las diferencias. Al fin de cuentas un sope es casi
un panucho, el principal ingrediente de ambos es la masa.
Miles como yo estamos saliendo de la capital
del país. Un éxodo generado por el desastre. Miles
como yo dejamos historias, familias, amores. Muchos dejamos todo
en pos de un mejor futuro para nuestros hijos.
Cierto que hay otros, de los cuales no vale
la pena hablar, que vienen en busca de repetir los vicios del
D.F. para conseguir beneficios para sí y que creen que
las reglas están hechas para romperse.
Sin embargo, para aquellos que venimos en pos
de mejorar, la observancia de las reglas es un factor primordial.
No por lograr con ello una aceptación social. Lo debemos
hacer para evitar que se repita el fenómeno que nos sacó
del D.F. El absoluto desprecio a las reglas fue una de las razones
que nos llevó a la tragedia.
Los que llegamos debemos sumar nuestras experiencias
para evitar que esto suceda, y por ello el respeto a las costumbres
del lugar que nos recibe debe ser estricto.
En la capital yucateca impera el principio básico
de la convivencia ciudadana. El respeto. Para alguien que, como
yo, ha vivido en una ciudad sin reglas, Mérida es lo más
cercano al paraíso.
Mi esposa y yo aprendimos en Mérida la
importancia del respeto. Con infinita sorpresa conocí en
las calles de esta ciudad que frente a una señal de alto,
uno debía de frenar el vehículo. Digo que con sorpresa,
pues en mi ciudad natal las señales de alto no son respetadas.
La ley del más fuerte, o más rápido, es la
que impera.
Por ello y por mucho más es que venimos
a sumarnos. El compromiso es hacer de nuestros hijos buenos ciudadanos,
buenos yucatecos, buenos mexicanos. Nuestra esperanza y nuestra
lucha para impedir que el regionalismo mal entendido nos lleve
al enfrentamiento.
Quienes llegamos debemos respetar las costumbres.
Ofrecer lo mejor de las nuestras para enriquecer las suyas, y
así, poco a poco, hacerlas de todos.
Gracias de nuevo por esos cinco dedos. Son mucho
más que un saludo, son el apoyo requerido para seguir adelante.
Que de este nuestro nuevo hogar salga uno más bello, más
justo y más promisorio que aquel que ya abandonamos.- G.G.S.-
Mérida, Yucatán, junio de 2000.