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Publicación del 3 de septiembre de 2000

El fenómeno yucateco

NOS OTROS y los otros

Por Fernando ESPEJO

Texto de la conferencia sustentada, como informamos, por el escritor Fernando Espejo Méndez el jueves 31 de agosto de 2000 en la Universidad Marista de Mérida, Yucatán.

Hoy voy a hablar de lo que significa la otredad. El hecho del reconocimiento de la existencia de unos y de otros. Nosotros, los unos, y ellos... los otros. Nos otros y los otros. Unas veces la otredad son los otros, otras veces la otredad somos nos otros. Según y conforme. Por eso lo digo tan marcadamente: nos otros y los otros.

Hace unos días publiqué un artículo en el Diario de Yucatán: "Las banderitas y el Cóndor del Anáhuac" y ofrecí ampliarme, extenderme en lo dicho. Ahí hablaba yo de la efervescencia de este fervor patriótico que puebla de banderas las colas de los automóviles y de la letra del mal llamado Himno Yucateco. De eso se trata hoy. De hablar de las razones que nos han llevado a eso.

Es un fenómeno notable el que se da en Mérida. Yo no vivo aquí, pero eso no implica, ni que me haya convertido en yucahuach ni que mis observaciones estén imbuidas de alguna intención ajena. La gente, mis amigos, me preguntan a veces si ya vivo aquí. Yo les contesto que yo vivo y vivo feliz, donde estoy. El año pasado conseguí la meta de vivir seis meses aquí y seis allá. Un viejo sueño.

Me estuve en Semana Santa, y me quedé más de un mes. De ese tiempo a éste han pasado apenas si unos 100 días, pero parecería que unas 5,000 banderas, si no es que 10,000. ¿Qué es lo que pasa?, También han aparecido letreros de Fuera Huaches. Son feos esos letreros, por eso le he llamado a esta plática, nos otros y los otros. Los otros son, en este caso, ellos. Los huaches. El otro día oí, en Progreso a un parroquiano del Cordobés llamar a su amigo, que ahí había mesa: "Huach", le decía, "Huaaach". Como antes, cuando no había problema por eso.

Yucatán ha vivido, hasta alrededor de los años cincuenta -del siglo pasado- en el aislamiento casi total. Cuatrocientos años. Desarrollamos, a solas, un sistema de vida "nui generis" que habría de convertirnos en algo peculiar y distinto.

Los yucatecos nos hemos reconocido diferentes. Etnicamente pertenecemos a un grupo braquicefálico que vino a América desde Asia, pasando por el oriente de las Rocallosas. El yucateco es cabezom (con EME) y más bien chaparro antes que alto. Ya lo he dicho por ahí, que alcanza una estatura promedio de uno cincuenta, pero también hay chaparros, y además, es sentimental, talentoso, alegre, gracioso... y romántico y cancionero. (Qué bueno que todos fuéramos como Manzanero). Ellos, los otros, son dolicocéfalos y vinieron por el poniente de las montañas, por la costa del Pacífico. Por ahí llegaron los grupos mexicanos proto aztecas. También tienen lo suyo.

Nos hemos confrontado, decía, al salir al mundo exterior y hemos constatado estas diferencias que, efectivamente, comemos distinto, hablamos distinto y vestimos, y cantamos, y pensamos y hasta dormimos distinto. Es nuestra singularidad. Yo tengo, he tenido, por decir algo, en todas las casas que he vivido, desde mi infancia hasta el día de hoy, aquí y allá, y hasta en mi propia oficina en México, unas eses de hamaca, para cuando se ofrezca una siestecita, que llaman la atención de mis visitantes. "¿Qué son esos?", me preguntan. "No son esos, son eses..." ¿Cómo eses?... Son las eses de mi hamaca... ¿­Tu hamaca!?... Y les explicamos y nos sorprendemos de que "ellos" se sorprendan. De que no conciban, bueno, que muchos de nosotros dormimos en hamaca.

Somos distintos por mil razones, pero para saber esto hemos, por fuerza, que haber tenido, primero, que saber que existen ellos, los otros. Los que nos sirven de punto de comparación para saber que nos otros somos de un modo y los otros son de otro. Habríamos descubierto la otredad. Nos otros, marcando la palabra con nuestra manera de pronunciar: Nos otros y los otros.

Hace muchos años, más de ciento cincuenta, en 1841... Yucatán, había sido colonia dependiente de España, como Guatemala, como Chiapas. La independencia se había firmado sin disparar una sola bala, apenas si veinte años antes, en 1821, y sin el menor derramamiento de sangre. Se proclamó en un momento... y el propio Gobernador y Capitán General español, un tal Echéverri, sencillamente dijo que estaba bien, que ya no perteneceríamos a España y que nos uniéramos a México... y que quiúbole y que cómo la veían... y Yucatán, como Guatemala -su condición política era similar-, se adhirió al efímero imperio de Iturbide... y al ratito, cuando aquel Don Guadalupe Victoria y sus compañeros iniciaron la República, Yucatán se sumó al nuevo pacto federal, ahora sí bien en serio, con la condición de que -y aquí viene lo interesante-, siempre y cuando, fuera siempre una unión federativa y nada de las decisiones tomadas, o que tomara en el futuro el supremo gobierno de aquel país, atentara contra la felicidad de los yucatecos... Lucas Alamán, extrañó a Yucatán que pusiera condiciones a su unión, calificándolo de anarquista, a lo que los yucatecos contestaron que sólo de esta manera se unirían y de ninguna otra forma. Y como se dice, pues así quedamos.

Al tiempito, vino Santa Anna -que incluso había sido gobernador de Yucatán por cerca de nueve meses-, se hizo con la presidencia -por tantas otras veces lo sería- y México se volvió una república centralista. Los estados confederados se convirtieron en departamentos. Nosotros dijimos que para nada, que no estábamos de acuerdo y que no se había respetado lo dicho... y en 1841, bajo el gobierno de don Miguel Barbachano, nos separamos. Unos breves meses si acaso, pero nos separamos. Nos inventamos una bandera igual, tricolor, verde, blanca y colorada, pero con las cinco estrellas, Mérida, Campeche, Cozumel, Valladolid y Ticul (Yo cuando lo supe -hace poco- estuve muy contento porque mi papá era de Ticul) y con aplausos y vítores la izamos en el Palacio de Gobierno. Brevísimamente. Cosa de nada.

Esto daría pie a que en México nos chotearan para siempre con esto del separatismo. Guatemala se fue, nosotros no... Nos fuimos pero volvimos, casi enseguida, creo que hasta dos veces, pero nos quedamos. Chiapas lo dudó hasta que, en 1860 más o menos, se decidió a ser mexicana. Otros estados también se separaron, pero nadie se acuerda, ni yo me acuerdo de cuáles fueran. Esa es la historia. Tal como la cuentan los libros. Bueno, más o menos. Yo no soy historiador. Nomás que a nosotros -tenía que ser a nosotros- nos señalaron con la famita.

A mí me la viven con el cuento: en mis juntas de negocios, en las fiestas y saraos... y, cuando conozco a algún amigo nuevo juegan conmigo: -Ajá... con que entonces ¿Usted es -o tú eres- de la re-pú-bli-ca her-ma-na?, Y yo me les quedo viendo un ratito y sólo les contesto señalándolos con el dedo: Ve-ci-na... -y se quedan sin saber qué agregar, bien fregados y calladitos. Vecina... y gracias. Ya es chiste viejo.

Y ahí es que, creo que con el mismo sentido del humor, comenzamos los yucatecos, nos otros, el cuento este del orgullo de ser yucateco y lo de la bandera y las banderitas que hoy asoman por las colas de los autos... Ahora en septiembre las veremos flotar llenas de alegría en las antenas de los autos y seguramente, aún más que la bandera mexicana.

Lo del himno y sus burradas es otra cosa. He dicho que el dichoso himno es malo, ripioso, ajeno, ilegible y anticuado... todo eso, pero menos yucateco. ¿De dónde iba a serlo con esa letra absolutamente lets, dedicada a la batalla de Puebla y a los triunfos republicanos contra el imperio? Los políticos liberales yucatecos, encantados de hacer genuflexiones al gobierno en turno, se emocionaron con este himno y sacaron en hombros a su autor, un señor Palomeque. Apenas unos años antes, a la llegada de Carlota, los políticos, igual de letses -a lo mejor hasta los mismos- habían desenganchado los caballos del carruaje de la famosa emperatriz, y se habían uncido ellos mismos... Es un himno patriótico oportunista, pero sin la menor gracia y de pésima calidad. Nada tiene de himno yucateco, pero ni mucho menos de separatista. Ojalá que de cantarlo los niños hicieran como nosotros cuando éramos chicos... Nos otros, ahí donde dice: "Vino el águila altiva de Europa", cantábamos llenos de emoción: "Tu mamá que me lava la ropa"... y ahí donde hablaba de las glorias de Luis Napoleón, entonábamos inspirados: "y eclipsa la estrella de Pepe el nalgón". Y así. Y luego, la sublime burrada del condór del Anahuac, como si el cóndor fuera otra cosa que un zopilote de tres metros de una punta a la otra punta de sus alas, que sólo en los Andes y en su casa lo conocen, y que en México pero si ni sus plumas... "El altivo condór del Anahuac".

Pero es cierto que en el tiempo y en el espacio hemos sido diferentes. En el aislamiento -cerca de cuatrocientos años- nos inventamos a nos otros mismos. Hablamos con un acento copiado de la lengua maya, y nos hicimos muchas de nuestras propias palabras. He hablado mucho de esto.

Dicen que los españoles (y los yucatecos que no nacimos hablándola), aprendieron la lengua maya (y la aprendimos) por conveniencia. Para poder, digamos, usar en su beneficio (y en el nuestro) el trabajo de los indígenas. Los frailes descubrieron que era más fácil enseñar la doctrina de Cristo aprendiendo a hablar maya, que obligando a los indios a aprender el castellano, y luego, los encomenderos y luego los comerciantes y luego los hacendados y luego nuestros padres y nosotros y así. Puede que así haya sido.

El resultado es que, sin darnos cuenta, las dos culturas se sumaron, pero la nativa pudo más y absorbió y asumió a la extranjera. Siempre así pasa.

Hoy hablamos un castellano, digamos, "quebrado" de maya, y aunque no sepamos hablarla, cuando menos nos quedamos con el pujidito y los modos. Hoy los meridanos amamos a Montejo. Montejo por acá, Montejo por allá. Desde la casa del conquistador hasta el paseo famoso, pasando por cantinas, panucherías, lavanderías, por una panadería, y hasta por una cerveza y un colegio (No agraviando lo presente). Cuando le quisieron poner Nachi Cocom, a la afrancesada avenida, hace unos cuarenta o cincuenta años, no pudo pegar el nombrecito. Somos hispanófilos los yucatecos, al revés de los mexicanos del centro atrapados en el triste y solemne Laberinto de la Soledad. Para nos otros el único laberinto conocido es el relajo y el bullicio, la jarana y el escándalo... y por lo tanto la alegría de la felicidad.

Pero... ahora resulta que los yucatecos tenemos temor de ser modificados en lo que somos, en lo que nos importa, en lo que más amamos de nuestra manera de ser, que tenemos temor -y no nos gusta- de que nuestras costumbres estén amenazadas... y echamos mano de las banderitas... y a ver si cantando el himno... y a ver si haciendo uno que otro conjuro... y a ver si pintando letreros y poniendo anuncios por televisión que nos avisen a todos -a nos otros y a los otros- que hay que proteger lo nuestro.

A ver si así nos salvamos, que -fijémonos bien- si nos están diciendo que hay que protegerlo, pues entonces ha de ser porque está en peligro la cosa.

Y yo digo que éstos son sólo los síntomas repetidos. Una y otra vez.

El orgullo proclamado y las banderitas que proliferan en automóviles y en camisetas y gorras, la República de Yucatán y todo lo demás tiene que ver con eso, con nuestras costumbres amenazadas, con nuestra habla modificada, con los nombres de las frutas del súper cambiadas de nombre y hasta con nuestros acentos que asumen tonalidades inusitadas. Son, representan, en última instancia el deseo de preservación de lo nuestro.

Hay en el ondear de esas banderitas, en la onda de usarlas en los coches, digo, un afán defensivo ante lo ominoso, lo que suponemos un peligro inminente, pero, y esto no lo dije en el periódico, hay también una punta de xenofobia, una arista de agresión contra los extranjeros de ahora. Contra los "huaches". Los extranjeros de ahora, digo, porque antes los hubo de varios... De otros varios, como se dice. Españoles -Montejo no era yucateco- (los gallegos y los catalanes, que no se les suponía a los españoles ser de otros lados), los chinos y hasta los coreanos y los sirio libaneses... Ahora son los "huaches"., Pero los otros, ellos, los que llamaríamos elegantemente con el eufemismo de la otredad, no serán los culpables de los cambios. Nunca lo han sido. Es cierto, ahora somos Nos otros... y los otros... Pero ellos, los inmigrantes actuales, igual que las anteriores migraciones se yucatanizarán sin darse cuenta. Eso es absolutamente seguro.

Un día al tamal verde, al rojo y al de dulce les pondrán, estos los otros, ellos mismos, lo nuestro... Esos tamales mexicanos de hoja de elote que les digo, esos de Holoch. Un día va y les meten, de pronto a los de dulce, su golpe de chile habanero, igual que antes sucedió con los famosos Kibis su cebolla morada y su chile, que hasta el mismo Harún-al-Raschid, el glotón y misericordioso, se hubiera desmayado del gusto de probarlos. No se puede llamar impunemente al aguacate "pagua" si todo el mundo le dice aguacate. No podría de pronto el K'au empezar a conocerse como Zanate. Allá, en su mundo, igual, el sándwich amenazó al tamal, al taco y al pambazo... y ahí siguen conviviendo todos, tan campantes. La lucha política contra la llegada de MacDonalds a México fue una derrota de estas guerras perdidas desde el principio. Batalla perdida de antemano: es como para no entrarle. La comida japonesa adquirió nichos en los altares de la patria sólo cuando se empezó a llenar de salsitas de soya, pero con chiles toreados. Por otro lado, la cochinita -nos otros- ha conquistado al resto de México y a la vuelta de cada esquina se venden antojitos yucatecos, panuchos, queso relleno, escabeche oriental (que "ellos" -los otros- seguramente lo imaginan de origen chino) y hasta he visto menús en los que anuncian cochinita lait. De manera que esta guerrita, en todo caso, va más allá de nuestras fronteras y la vamos ganando, les informo...

Aquí, las taquerías contra las panucherías, los vaporcitos contra los tamalis mexicanos... allá los restaurantes franceses de Insurgentes y de Polanco han tenido que cerrar para abrir paso al But negro, al queso relleno y a su majestad el Mucbipollo.

Los inmigrantes de antes y de ahora han sido satanizados, aquí y en donde sea, pero en su momento los llamados conquistadores, todos, se vuelven conquistados. Así ha sucedido siempre.

Antes hemos tenido otras migraciones importantes, en número y en etnia, en costumbres y en lengua, y hoy de aquellos, ni ellos mismos -sus descendientes, quiero decir- se acuerdan de su lenguaje ni de su acento original. No conozco a un solo árabe o sirio libanés de origen, de hoy, yucateco, que hable árabe y que no hable nuestra habla yucateca (llegaron con pasaporte turco y, ya se sabe, eran los turcos), pero creo que ni siquiera hay ninguno, que yo sepa, que se sepa lo de la haradini y el abusharmuta como de antes, que ahora, de vuelta de la vuelta de los tiempos, ya ni han de acordarse que cuando todos éramos chicos igual se sabían su pelaná y su mehenkisín, como nosotros, fueran de sangre 100 por ciento, cincuenta cincuenta o setenta treinta como las guayaberas y mucho más los que ahora se reconocen como cuartos de milla. Y tiene gracia: en la playa han hecho su colonia, Playa Turquesa. Que eso es sentido del humor del bueno, y no tarugadas... Y luego la gente que no está en el contubernio se cree que es que porque es azul... Playa Turquesa... que para más señas, ahí junto, como muestra de su indiscutible yucatanía, uno de ellos ha construido hasta su casita de paja. Humilde. Que sólo le falta su flamboyancito y su albarrada... tan linda. Y antes también "ellos" fueron los otros. Ahora igual, "ellos", somos nos otros.

Aquí, todos, en su tiempo, siempre fueron conocidos con nombres despectivos adornados por el prefijo Xla', nasalizado Xla' por la nariz fruncida. Xla' gallego, Xla' chino, Xla' coreano, Xla' turco, y ahora: Xla' huach. Siempre ha sido cosa fea de hacer y peor de decir. Nos denigra. Nosotros somos más simpáticos que eso.

Los cubanos tuvieron un tiempo de gran intercambio con Yucatán. Llegaron con su música a otra parte, con la wawa y su wawero, su bongó y su bongocero, con su wiiro y su wirero y con su sonoro, alegre y chévere estilo de vida. Yo tenía un tío que se dedicaba a express de aquí a La Habana. Traía y llevaba cosas (oro sobre todo). Tan chévere era el asunto que aquí hasta hubo una esquina -todavía la hay- que se llamaba la esquina del Chévere. Ahí, enfrente del verdadero chévere. `Un chamaco pasó el otro día por mi casa y pensando que nadie lo veía se metió a la alberca. Un chapuzón. Y mi mujer por la ventana le gritó furiosa: "Oye chiquito, qué chévere... ¿verdad? Y aprendimos a decir champola y bachata y jácara, y comemos lechón sin darnos cuenta de dónde es que viene. Aquí la cochinita, aquí el lechón. Aquí el ts'ic y aquí la ropavieja, aquí el frijol con puerco y aquí los moros. Y luego decimos: Es que... así somos nos otros.

Los coreanos vinieron de esclavos junto con los yaquis a trabajar en las haciendas henequeneras, se perdieron entre nosotros, se fundieron. Sólo algunos saben que sus bisabuelos fueron coreanos. Hoy vienen otros coreanos, como dueños de fábricas maquiladoras. Es chistoso. Uno de ellos quiso comprar todo el cerro de Muna para hacer un Disneylandia. Yo conocí hace poco, y esto ya es el colmo, a un muchacho, hábil mecánico, de apellido Moo, que recién descubrió en Los Angeles su ascendencia coreana. Y él aporreaba su Baax ka walik tan tranquilo, y es de cabeza redonda y medio chino como nos otros.

El mundo es muy pequeño. La globalización se opone al aislamiento. Se han provocado guerras terribles. El mundo se ha peleado ambicionando las pulverizaciones. Por todos lados el regionalismo, los afanes separatistas. Es idiota. Es mucho más cómoda la risa.

En algunos lados -creo que en Jalisco, donde son muy "bragaos" y hacen canciones bravías- hasta han puesto: Haz patria, mata un chilango. En Monterrey, un regio me decía: no viejo, por favor, por ahí vienen al velorio, de a diez por cada uno, y luego se nos quedan...

No serán ellos los que nos cambien. Nunca lo han sido. Más poderosas que los transportes son las modernas comunicaciones: la televisión, el radio, el Internet. Por ahí es que se nos meten las palabras ajenas, en nuestras propias narices y en nuestras casas. Por ahí mi nieto de tres años aprende a decir: "¿Te cai manito?" cuando le cuento algo increíble y "Aguas agûelo" cuando "ainas y me caigo". Por ahí viene un niño vecino de la playa -chamaco de diez años- a pedirme permiso para sacar su papalote y yo le digo que cuál papalote, que seguramente será su papagayo, y me contesta en inglés "What ever", que a fin que ni es papalote ni papagayo, sino una de esas cosas de plástico que se empina igual, y yo me quedo callado, sin saber qué decirle, ni saber dónde estoy. At the beach, naturalmente, y ni modo.

Porque de pronto, mi nana, aquella Sérbula, la que hablaba maya, ya no está más, y hoy la empleada que nos ayuda en nuestras casas -en las de ustedes igual- es una sustituta que ya no conversa sino "platica" con sus amigas cuando van a arreglarse "el cabello". Su cabello de ellas, que las palabras se van poniendo al pelo.

Que primero, cuando los viajes de los hacendados a Francia, vino el chifonnier, el pichel, el bidet y el miriñac, y a la hora del baile vino lo del ambigú, y a la hora de la fiesta lo del bufet, y a la hora del cine aquello de la vermout, y luego con los viajes a Nuevoorleans nos vino el Happy Birthday -que aquí nadie canta las mañanitas ni nunca las han cantado- y los mash melows y el queik, a la hora del almuerzo comenzó lo del lunch, y es que así hablamos nos otros.

Y luego vinieron los peloteros a jugar con nosotros y, ­coño viejo!, te barriste, y qué rola te agarraste, y qué batería le diste, y cómo la cogiste al aire y se la colocaste centrada, y hoy tú vienes por la goma, y al final llegamos seif... y cómo tú te llamas, Masabí... Y es que, así hablamos, así somos nos otros.

La presencia física de los otros, no es la causa. Son muy poquitos y si acaso ahora ocupan medio Club la Ceiba, digo medio club los Magueyes y algunas colonias del norte. Se les siente por las calles vendiendo cosas y limpiando vidrios. Así es hasta en Europa. Vienen de todos lados. Y nos recontra chocan los jarros de barro por las esquinas y los sombreritos de la Sierra de Puebla. Lo que pasa es que se les nota mucho porque tienen la cabeza chiquita -que parece que los majó la puerta- y compran cuitlacoche, verdolaga y chiles chipotles en la Comercial Mexicana, porque se les ve vestidos con camisa de manga larga, con este calor...

Ellos serán (los que se queden) -porque luego hay a quienes no les gusta el re canijo calor y los mosquitos, tú... irremisiblemente absorbidos por la mayanización igual que las invasiones anteriores. Contra esa población, imagínense, los índices de natalidad indígena, mayaparlante, se los comerán MAC'... y no me refiero a MACdonalds.

Antes, desde el siglo noveno de Cristo, llegaron los Xiues y los Itzaes, y los Cocomes, toltecas y mexicanos, con sus soldados y sus guaruras mercenarios. Pues ellos igual aprendieron a ser yucatecos y todavía el día de hoy uno se encuentra con personas con apellidos de estos Witzil, Nahuat o Mopan, por decir algunos, que sólo hablan maya y que no conocen el origen absolutamente mexicano de sus nombres. Igual, una vez fueron los otros y ahora somos nos otros.

Y déjenme decirles, que no es sólo con banderitas como vamos a preservar nuestra identidad. Tal vez dejando de ser vergonzantes, dejando de decir: Papá, plis, no seas "naco". No se dice "lo tengo visto", ni "pasar hizo", ni "está ido", ni "Baax uchi". Hay que ser finos que "El orgullo de ser es eso: ser.

El mundo se empequeñece y se convierte en un pañuelo. Hay que preservar lo propio, sí. Que la suma de todas las identidades conservadas hará un mundo más rico en cuanto menos uniforme. La pluralidad se forma de singularidades. Pero que cada quien atienda su juego. Hay que sumar bondades y no restar mezquindades. Nos enriquecemos si conservamos lo nuestro con amor, desde adentro, si no nos sentimos Wayé es porque preferimos el salbut y el panucho a los tacos al pastor. Que al rato, en lugar de piña les pondremos chile K'ut.

Un día, hace muchos años, los yucatecos aportamos una palabra más al castellano. Una de tantas. Muchas las hemos aportado de gratis porque el diccionario aún no las reconoce, como anolar, y que son insustituibles. Me refiero a la palabra campechano. Lo campechano y la campechanía son sinónimos universales de simpatía, gracia, sencillez, hospitalidad... Ha sido, una característica nuestra -no sólo de los campechanos de Campeche, porque también hay de otros, junto con la del sentido del humor.

Además de las banderas de la República de Yucatán y de los himnos cantados en las escuelas -con todo y su condór del Anahuac- deberíamos de poner arriba de los letreritos "orgullosamente yucatecos", unos chiles Xkatikes largos y bien parados, o unos chiles habaneros colorados y amenazantes, que a lo sumo dijeran cuánto los queremos y cómo son bienvenidos...

Y dejarnos de letreros de FUERA HUACHES, que hablan muy mal de nuestra gracia y nuestro carácter. El que se molesta pierde. Fíjense que no digo enoja. Los yucatecos no nos enojamos, porque esa es palabra extraña a nuestra lengua. Yucateco es categoría que dijera el Maestro Concha Campos, y las torrejas se hacen con huevos.

El título de esta conferencia lo saqué del mar. Lo pesqué en el mar. En la temporada el mar es una rutina y el baño es un ritual. Como las tortugas recién nacidas vamos al mar y ahí nos estamos conversando en cuclillas con los amigos y las amigas, por las alturas del segundo bajo... Ahí oí este diálogo en la voz de una amiga muy querida: Nos otros no decimos chirimoya, decimos saramuyo; nos otros no decimos betabel, decimos remolacha; nos otros decimos repollo, no decimos col, k'ol es otra cosa, es el pebre del but blanco y del queso relleno... nos otros no hablamos así.

Nos otros y los otros.- F.E.- Chicxulub, Yucatán, agosto de 2000.

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