Hoy voy a hablar de lo que significa la otredad.
El hecho del reconocimiento de la existencia de unos y de otros.
Nosotros, los unos, y ellos... los otros. Nos otros y los otros.
Unas veces la otredad son los otros, otras veces la otredad
somos nos otros. Según y conforme. Por eso lo digo tan
marcadamente: nos otros y los otros.
Hace unos días publiqué
un artículo en el Diario de Yucatán: "Las banderitas
y el Cóndor del Anáhuac" y ofrecí ampliarme,
extenderme en lo dicho. Ahí hablaba yo de la efervescencia
de este fervor patriótico que puebla de banderas las colas
de los automóviles y de la letra del mal llamado Himno
Yucateco. De eso se trata hoy. De hablar de las razones que nos
han llevado a eso.
Es un fenómeno notable el
que se da en Mérida. Yo no vivo aquí, pero eso no
implica, ni que me haya convertido en yucahuach ni que mis observaciones
estén imbuidas de alguna intención ajena. La gente,
mis amigos, me preguntan a veces si ya vivo aquí. Yo les
contesto que yo vivo y vivo feliz, donde estoy. El año
pasado conseguí la meta de vivir seis meses aquí
y seis allá. Un viejo sueño.
Me estuve en Semana Santa, y me
quedé más de un mes. De ese tiempo a éste
han pasado apenas si unos 100 días, pero parecería
que unas 5,000 banderas, si no es que 10,000. ¿Qué
es lo que pasa?, También han aparecido letreros de Fuera
Huaches. Son feos esos letreros, por eso le he llamado a esta
plática, nos otros y los otros. Los otros son, en este
caso, ellos. Los huaches. El otro día oí, en Progreso
a un parroquiano del Cordobés llamar a su amigo, que ahí
había mesa: "Huach", le decía, "Huaaach".
Como antes, cuando no había problema por eso.
Yucatán ha vivido, hasta
alrededor de los años cincuenta -del siglo pasado- en el
aislamiento casi total. Cuatrocientos años. Desarrollamos,
a solas, un sistema de vida "nui generis" que habría
de convertirnos en algo peculiar y distinto.
Los yucatecos nos hemos reconocido
diferentes. Etnicamente pertenecemos a un grupo braquicefálico
que vino a América desde Asia, pasando por el oriente de
las Rocallosas. El yucateco es cabezom (con EME) y más
bien chaparro antes que alto. Ya lo he dicho por ahí, que
alcanza una estatura promedio de uno cincuenta, pero también
hay chaparros, y además, es sentimental, talentoso, alegre,
gracioso... y romántico y cancionero. (Qué bueno
que todos fuéramos como Manzanero). Ellos, los otros, son
dolicocéfalos y vinieron por el poniente de las montañas,
por la costa del Pacífico. Por ahí llegaron los
grupos mexicanos proto aztecas. También tienen lo suyo.
Nos hemos confrontado, decía,
al salir al mundo exterior y hemos constatado estas diferencias
que, efectivamente, comemos distinto, hablamos distinto y vestimos,
y cantamos, y pensamos y hasta dormimos distinto. Es nuestra singularidad.
Yo tengo, he tenido, por decir algo, en todas las casas que he
vivido, desde mi infancia hasta el día de hoy, aquí
y allá, y hasta en mi propia oficina en México,
unas eses de hamaca, para cuando se ofrezca una siestecita, que
llaman la atención de mis visitantes. "¿Qué
son esos?", me preguntan. "No son esos, son eses..."
¿Cómo eses?... Son las eses de mi hamaca... ¿Tu
hamaca!?... Y les explicamos y nos sorprendemos de que "ellos"
se sorprendan. De que no conciban, bueno, que muchos de nosotros
dormimos en hamaca.
Somos distintos por mil razones,
pero para saber esto hemos, por fuerza, que haber tenido, primero,
que saber que existen ellos, los otros. Los que nos sirven de
punto de comparación para saber que nos otros somos de
un modo y los otros son de otro. Habríamos descubierto
la otredad. Nos otros, marcando la palabra con nuestra manera
de pronunciar: Nos otros y los otros.
Hace muchos años, más
de ciento cincuenta, en 1841... Yucatán, había sido
colonia dependiente de España, como Guatemala, como Chiapas.
La independencia se había firmado sin disparar una sola
bala, apenas si veinte años antes, en 1821, y sin el menor
derramamiento de sangre. Se proclamó en un momento... y
el propio Gobernador y Capitán General español,
un tal Echéverri, sencillamente dijo que estaba bien, que
ya no perteneceríamos a España y que nos uniéramos
a México... y que quiúbole y que cómo la
veían... y Yucatán, como Guatemala -su condición
política era similar-, se adhirió al efímero
imperio de Iturbide... y al ratito, cuando aquel Don Guadalupe
Victoria y sus compañeros iniciaron la República,
Yucatán se sumó al nuevo pacto federal, ahora sí
bien en serio, con la condición de que -y aquí viene
lo interesante-, siempre y cuando, fuera siempre una unión
federativa y nada de las decisiones tomadas, o que tomara en el
futuro el supremo gobierno de aquel país, atentara contra
la felicidad de los yucatecos... Lucas Alamán, extrañó
a Yucatán que pusiera condiciones a su unión, calificándolo
de anarquista, a lo que los yucatecos contestaron que sólo
de esta manera se unirían y de ninguna otra forma. Y como
se dice, pues así quedamos.
Al tiempito, vino Santa Anna -que
incluso había sido gobernador de Yucatán por cerca
de nueve meses-, se hizo con la presidencia -por tantas otras
veces lo sería- y México se volvió una república
centralista. Los estados confederados se convirtieron en departamentos.
Nosotros dijimos que para nada, que no estábamos de acuerdo
y que no se había respetado lo dicho... y en 1841, bajo
el gobierno de don Miguel Barbachano, nos separamos. Unos breves
meses si acaso, pero nos separamos. Nos inventamos una bandera
igual, tricolor, verde, blanca y colorada, pero con las cinco
estrellas, Mérida, Campeche, Cozumel, Valladolid y Ticul
(Yo cuando lo supe -hace poco- estuve muy contento porque mi papá
era de Ticul) y con aplausos y vítores la izamos en el
Palacio de Gobierno. Brevísimamente. Cosa de nada.
Esto daría pie a que en
México nos chotearan para siempre con esto del separatismo.
Guatemala se fue, nosotros no... Nos fuimos pero volvimos, casi
enseguida, creo que hasta dos veces, pero nos quedamos. Chiapas
lo dudó hasta que, en 1860 más o menos, se decidió
a ser mexicana. Otros estados también se separaron, pero
nadie se acuerda, ni yo me acuerdo de cuáles fueran. Esa
es la historia. Tal como la cuentan los libros. Bueno, más
o menos. Yo no soy historiador. Nomás que a nosotros -tenía
que ser a nosotros- nos señalaron con la famita.
A mí me la viven con el
cuento: en mis juntas de negocios, en las fiestas y saraos...
y, cuando conozco a algún amigo nuevo juegan conmigo: -Ajá...
con que entonces ¿Usted es -o tú eres- de la re-pú-bli-ca
her-ma-na?, Y yo me les quedo viendo un ratito y sólo les
contesto señalándolos con el dedo: Ve-ci-na... -y
se quedan sin saber qué agregar, bien fregados y calladitos.
Vecina... y gracias. Ya es chiste viejo.
Y ahí es que, creo que con
el mismo sentido del humor, comenzamos los yucatecos, nos otros,
el cuento este del orgullo de ser yucateco y lo de la bandera
y las banderitas que hoy asoman por las colas de los autos...
Ahora en septiembre las veremos flotar llenas de alegría
en las antenas de los autos y seguramente, aún más
que la bandera mexicana.
Lo del himno y sus burradas es
otra cosa. He dicho que el dichoso himno es malo, ripioso, ajeno,
ilegible y anticuado... todo eso, pero menos yucateco. ¿De
dónde iba a serlo con esa letra absolutamente lets, dedicada
a la batalla de Puebla y a los triunfos republicanos contra el
imperio? Los políticos liberales yucatecos, encantados
de hacer genuflexiones al gobierno en turno, se emocionaron con
este himno y sacaron en hombros a su autor, un señor Palomeque.
Apenas unos años antes, a la llegada de Carlota, los políticos,
igual de letses -a lo mejor hasta los mismos- habían desenganchado
los caballos del carruaje de la famosa emperatriz, y se habían
uncido ellos mismos... Es un himno patriótico oportunista,
pero sin la menor gracia y de pésima calidad. Nada tiene
de himno yucateco, pero ni mucho menos de separatista. Ojalá
que de cantarlo los niños hicieran como nosotros cuando
éramos chicos... Nos otros, ahí donde dice: "Vino
el águila altiva de Europa", cantábamos llenos
de emoción: "Tu mamá que me lava la ropa"...
y ahí donde hablaba de las glorias de Luis Napoleón,
entonábamos inspirados: "y eclipsa la estrella de
Pepe el nalgón". Y así. Y luego, la sublime
burrada del condór del Anahuac, como si el cóndor
fuera otra cosa que un zopilote de tres metros de una punta a
la otra punta de sus alas, que sólo en los Andes y en su
casa lo conocen, y que en México pero si ni sus plumas...
"El altivo condór del Anahuac".
Pero es cierto que en el tiempo
y en el espacio hemos sido diferentes. En el aislamiento -cerca
de cuatrocientos años- nos inventamos a nos otros mismos.
Hablamos con un acento copiado de la lengua maya, y nos hicimos
muchas de nuestras propias palabras. He hablado mucho de esto.
Dicen que los españoles
(y los yucatecos que no nacimos hablándola), aprendieron
la lengua maya (y la aprendimos) por conveniencia. Para poder,
digamos, usar en su beneficio (y en el nuestro) el trabajo de
los indígenas. Los frailes descubrieron que era más
fácil enseñar la doctrina de Cristo aprendiendo
a hablar maya, que obligando a los indios a aprender el castellano,
y luego, los encomenderos y luego los comerciantes y luego los
hacendados y luego nuestros padres y nosotros y así. Puede
que así haya sido.
El resultado es que, sin darnos
cuenta, las dos culturas se sumaron, pero la nativa pudo más
y absorbió y asumió a la extranjera. Siempre así
pasa.
Hoy hablamos un castellano, digamos,
"quebrado" de maya, y aunque no sepamos hablarla, cuando
menos nos quedamos con el pujidito y los modos. Hoy los meridanos
amamos a Montejo. Montejo por acá, Montejo por allá.
Desde la casa del conquistador hasta el paseo famoso, pasando
por cantinas, panucherías, lavanderías, por una
panadería, y hasta por una cerveza y un colegio (No agraviando
lo presente). Cuando le quisieron poner Nachi Cocom, a la afrancesada
avenida, hace unos cuarenta o cincuenta años, no pudo pegar
el nombrecito. Somos hispanófilos los yucatecos, al revés
de los mexicanos del centro atrapados en el triste y solemne Laberinto
de la Soledad. Para nos otros el único laberinto conocido
es el relajo y el bullicio, la jarana y el escándalo...
y por lo tanto la alegría de la felicidad.
Pero... ahora resulta que los yucatecos
tenemos temor de ser modificados en lo que somos, en lo que nos
importa, en lo que más amamos de nuestra manera de ser,
que tenemos temor -y no nos gusta- de que nuestras costumbres
estén amenazadas... y echamos mano de las banderitas...
y a ver si cantando el himno... y a ver si haciendo uno que otro
conjuro... y a ver si pintando letreros y poniendo anuncios por
televisión que nos avisen a todos -a nos otros y a los
otros- que hay que proteger lo nuestro.
A ver si así nos salvamos,
que -fijémonos bien- si nos están diciendo que hay
que protegerlo, pues entonces ha de ser porque está en
peligro la cosa.
Y yo digo que éstos son
sólo los síntomas repetidos. Una y otra vez.
El orgullo proclamado y las banderitas
que proliferan en automóviles y en camisetas y gorras,
la República de Yucatán y todo lo demás tiene
que ver con eso, con nuestras costumbres amenazadas, con nuestra
habla modificada, con los nombres de las frutas del súper
cambiadas de nombre y hasta con nuestros acentos que asumen tonalidades
inusitadas. Son, representan, en última instancia el deseo
de preservación de lo nuestro.
Hay en el ondear de esas banderitas,
en la onda de usarlas en los coches, digo, un afán defensivo
ante lo ominoso, lo que suponemos un peligro inminente, pero,
y esto no lo dije en el periódico, hay también una
punta de xenofobia, una arista de agresión contra los extranjeros
de ahora. Contra los "huaches". Los extranjeros de ahora,
digo, porque antes los hubo de varios... De otros varios, como
se dice. Españoles -Montejo no era yucateco- (los gallegos
y los catalanes, que no se les suponía a los españoles
ser de otros lados), los chinos y hasta los coreanos y los sirio
libaneses... Ahora son los "huaches"., Pero los otros,
ellos, los que llamaríamos elegantemente con el eufemismo
de la otredad, no serán los culpables de los cambios. Nunca
lo han sido. Es cierto, ahora somos Nos otros... y los otros...
Pero ellos, los inmigrantes actuales, igual que las anteriores
migraciones se yucatanizarán sin darse cuenta. Eso es absolutamente
seguro.
Un día al tamal verde, al
rojo y al de dulce les pondrán, estos los otros, ellos
mismos, lo nuestro... Esos tamales mexicanos de hoja de elote
que les digo, esos de Holoch. Un día va y les meten, de
pronto a los de dulce, su golpe de chile habanero, igual que antes
sucedió con los famosos Kibis su cebolla morada y su chile,
que hasta el mismo Harún-al-Raschid, el glotón y
misericordioso, se hubiera desmayado del gusto de probarlos. No
se puede llamar impunemente al aguacate "pagua" si todo
el mundo le dice aguacate. No podría de pronto el K'au
empezar a conocerse como Zanate. Allá, en su mundo, igual,
el sándwich amenazó al tamal, al taco y al pambazo...
y ahí siguen conviviendo todos, tan campantes. La lucha
política contra la llegada de MacDonalds a México
fue una derrota de estas guerras perdidas desde el principio.
Batalla perdida de antemano: es como para no entrarle. La comida
japonesa adquirió nichos en los altares de la patria sólo
cuando se empezó a llenar de salsitas de soya, pero con
chiles toreados. Por otro lado, la cochinita -nos otros- ha conquistado
al resto de México y a la vuelta de cada esquina se venden
antojitos yucatecos, panuchos, queso relleno, escabeche oriental
(que "ellos" -los otros- seguramente lo imaginan de
origen chino) y hasta he visto menús en los que anuncian
cochinita lait. De manera que esta guerrita, en todo caso, va
más allá de nuestras fronteras y la vamos ganando,
les informo...
Aquí, las taquerías
contra las panucherías, los vaporcitos contra los tamalis
mexicanos... allá los restaurantes franceses de Insurgentes
y de Polanco han tenido que cerrar para abrir paso al But negro,
al queso relleno y a su majestad el Mucbipollo.
Los inmigrantes de antes y de ahora
han sido satanizados, aquí y en donde sea, pero en su momento
los llamados conquistadores, todos, se vuelven conquistados. Así
ha sucedido siempre.
Antes hemos tenido otras migraciones
importantes, en número y en etnia, en costumbres y en lengua,
y hoy de aquellos, ni ellos mismos -sus descendientes, quiero
decir- se acuerdan de su lenguaje ni de su acento original. No
conozco a un solo árabe o sirio libanés de origen,
de hoy, yucateco, que hable árabe y que no hable nuestra
habla yucateca (llegaron con pasaporte turco y, ya se sabe, eran
los turcos), pero creo que ni siquiera hay ninguno, que yo sepa,
que se sepa lo de la haradini y el abusharmuta como de antes,
que ahora, de vuelta de la vuelta de los tiempos, ya ni han de
acordarse que cuando todos éramos chicos igual se sabían
su pelaná y su mehenkisín, como nosotros, fueran
de sangre 100 por ciento, cincuenta cincuenta o setenta treinta
como las guayaberas y mucho más los que ahora se reconocen
como cuartos de milla. Y tiene gracia: en la playa han hecho su
colonia, Playa Turquesa. Que eso es sentido del humor del bueno,
y no tarugadas... Y luego la gente que no está en el contubernio
se cree que es que porque es azul... Playa Turquesa... que para
más señas, ahí junto, como muestra de su
indiscutible yucatanía, uno de ellos ha construido hasta
su casita de paja. Humilde. Que sólo le falta su flamboyancito
y su albarrada... tan linda. Y antes también "ellos"
fueron los otros. Ahora igual, "ellos", somos nos otros.
Aquí, todos, en su tiempo,
siempre fueron conocidos con nombres despectivos adornados por
el prefijo Xla', nasalizado Xla' por la nariz fruncida. Xla' gallego,
Xla' chino, Xla' coreano, Xla' turco, y ahora: Xla' huach. Siempre
ha sido cosa fea de hacer y peor de decir. Nos denigra. Nosotros
somos más simpáticos que eso.
Los cubanos tuvieron un tiempo
de gran intercambio con Yucatán. Llegaron con su música
a otra parte, con la wawa y su wawero, su bongó y su bongocero,
con su wiiro y su wirero y con su sonoro, alegre y chévere
estilo de vida. Yo tenía un tío que se dedicaba
a express de aquí a La Habana. Traía y llevaba cosas
(oro sobre todo). Tan chévere era el asunto que aquí
hasta hubo una esquina -todavía la hay- que se llamaba
la esquina del Chévere. Ahí, enfrente del verdadero
chévere. `Un chamaco pasó el otro día por
mi casa y pensando que nadie lo veía se metió a
la alberca. Un chapuzón. Y mi mujer por la ventana le gritó
furiosa: "Oye chiquito, qué chévere... ¿verdad?
Y aprendimos a decir champola y bachata y jácara, y comemos
lechón sin darnos cuenta de dónde es que viene.
Aquí la cochinita, aquí el lechón. Aquí
el ts'ic y aquí la ropavieja, aquí el frijol con
puerco y aquí los moros. Y luego decimos: Es que... así
somos nos otros.
Los coreanos vinieron de esclavos
junto con los yaquis a trabajar en las haciendas henequeneras,
se perdieron entre nosotros, se fundieron. Sólo algunos
saben que sus bisabuelos fueron coreanos. Hoy vienen otros coreanos,
como dueños de fábricas maquiladoras. Es chistoso.
Uno de ellos quiso comprar todo el cerro de Muna para hacer un
Disneylandia. Yo conocí hace poco, y esto ya es el colmo,
a un muchacho, hábil mecánico, de apellido Moo,
que recién descubrió en Los Angeles su ascendencia
coreana. Y él aporreaba su Baax ka walik tan tranquilo,
y es de cabeza redonda y medio chino como nos otros.
El mundo es muy pequeño.
La globalización se opone al aislamiento. Se han provocado
guerras terribles. El mundo se ha peleado ambicionando las pulverizaciones.
Por todos lados el regionalismo, los afanes separatistas. Es idiota.
Es mucho más cómoda la risa.
En algunos lados -creo que en Jalisco,
donde son muy "bragaos" y hacen canciones bravías-
hasta han puesto: Haz patria, mata un chilango. En Monterrey,
un regio me decía: no viejo, por favor, por ahí
vienen al velorio, de a diez por cada uno, y luego se nos quedan...
No serán ellos los que nos
cambien. Nunca lo han sido. Más poderosas que los transportes
son las modernas comunicaciones: la televisión, el radio,
el Internet. Por ahí es que se nos meten las palabras ajenas,
en nuestras propias narices y en nuestras casas. Por ahí
mi nieto de tres años aprende a decir: "¿Te
cai manito?" cuando le cuento algo increíble y "Aguas
agûelo" cuando "ainas y me caigo". Por ahí
viene un niño vecino de la playa -chamaco de diez años-
a pedirme permiso para sacar su papalote y yo le digo que cuál
papalote, que seguramente será su papagayo, y me contesta
en inglés "What ever", que a fin que ni es papalote
ni papagayo, sino una de esas cosas de plástico que se
empina igual, y yo me quedo callado, sin saber qué decirle,
ni saber dónde estoy. At the beach, naturalmente, y ni
modo.
Porque de pronto, mi nana, aquella
Sérbula, la que hablaba maya, ya no está más,
y hoy la empleada que nos ayuda en nuestras casas -en las de ustedes
igual- es una sustituta que ya no conversa sino "platica"
con sus amigas cuando van a arreglarse "el cabello".
Su cabello de ellas, que las palabras se van poniendo al pelo.
Que primero, cuando los viajes
de los hacendados a Francia, vino el chifonnier, el pichel, el
bidet y el miriñac, y a la hora del baile vino lo del ambigú,
y a la hora de la fiesta lo del bufet, y a la hora del cine aquello
de la vermout, y luego con los viajes a Nuevoorleans nos vino
el Happy Birthday -que aquí nadie canta las mañanitas
ni nunca las han cantado- y los mash melows y el queik, a la hora
del almuerzo comenzó lo del lunch, y es que así
hablamos nos otros.
Y luego vinieron los peloteros
a jugar con nosotros y, coño viejo!, te barriste,
y qué rola te agarraste, y qué batería le
diste, y cómo la cogiste al aire y se la colocaste centrada,
y hoy tú vienes por la goma, y al final llegamos seif...
y cómo tú te llamas, Masabí... Y es que,
así hablamos, así somos nos otros.
La presencia física de los
otros, no es la causa. Son muy poquitos y si acaso ahora ocupan
medio Club la Ceiba, digo medio club los Magueyes y algunas colonias
del norte. Se les siente por las calles vendiendo cosas y limpiando
vidrios. Así es hasta en Europa. Vienen de todos lados.
Y nos recontra chocan los jarros de barro por las esquinas y los
sombreritos de la Sierra de Puebla. Lo que pasa es que se les
nota mucho porque tienen la cabeza chiquita -que parece que los
majó la puerta- y compran cuitlacoche, verdolaga y chiles
chipotles en la Comercial Mexicana, porque se les ve vestidos
con camisa de manga larga, con este calor...
Ellos serán (los que se
queden) -porque luego hay a quienes no les gusta el re canijo
calor y los mosquitos, tú... irremisiblemente absorbidos
por la mayanización igual que las invasiones anteriores.
Contra esa población, imagínense, los índices
de natalidad indígena, mayaparlante, se los comerán
MAC'... y no me refiero a MACdonalds.
Antes, desde el siglo noveno de
Cristo, llegaron los Xiues y los Itzaes, y los Cocomes, toltecas
y mexicanos, con sus soldados y sus guaruras mercenarios. Pues
ellos igual aprendieron a ser yucatecos y todavía el día
de hoy uno se encuentra con personas con apellidos de estos Witzil,
Nahuat o Mopan, por decir algunos, que sólo hablan maya
y que no conocen el origen absolutamente mexicano de sus nombres.
Igual, una vez fueron los otros y ahora somos nos otros.
Y déjenme decirles, que
no es sólo con banderitas como vamos a preservar nuestra
identidad. Tal vez dejando de ser vergonzantes, dejando de decir:
Papá, plis, no seas "naco". No se dice "lo
tengo visto", ni "pasar hizo", ni "está
ido", ni "Baax uchi". Hay que ser finos que "El
orgullo de ser es eso: ser.
El mundo se empequeñece
y se convierte en un pañuelo. Hay que preservar lo propio,
sí. Que la suma de todas las identidades conservadas hará
un mundo más rico en cuanto menos uniforme. La pluralidad
se forma de singularidades. Pero que cada quien atienda su juego.
Hay que sumar bondades y no restar mezquindades. Nos enriquecemos
si conservamos lo nuestro con amor, desde adentro, si no nos sentimos
Wayé es porque preferimos el salbut y el panucho a los
tacos al pastor. Que al rato, en lugar de piña les pondremos
chile K'ut.
Un día, hace muchos años,
los yucatecos aportamos una palabra más al castellano.
Una de tantas. Muchas las hemos aportado de gratis porque el diccionario
aún no las reconoce, como anolar, y que son insustituibles.
Me refiero a la palabra campechano. Lo campechano y la campechanía
son sinónimos universales de simpatía, gracia, sencillez,
hospitalidad... Ha sido, una característica nuestra -no
sólo de los campechanos de Campeche, porque también
hay de otros, junto con la del sentido del humor.
Además de las banderas de
la República de Yucatán y de los himnos cantados
en las escuelas -con todo y su condór del Anahuac- deberíamos
de poner arriba de los letreritos "orgullosamente yucatecos",
unos chiles Xkatikes largos y bien parados, o unos chiles habaneros
colorados y amenazantes, que a lo sumo dijeran cuánto los
queremos y cómo son bienvenidos...
Y dejarnos de letreros de FUERA
HUACHES, que hablan muy mal de nuestra gracia y nuestro carácter.
El que se molesta pierde. Fíjense que no digo enoja. Los
yucatecos no nos enojamos, porque esa es palabra extraña
a nuestra lengua. Yucateco es categoría que dijera el Maestro
Concha Campos, y las torrejas se hacen con huevos.
El título de esta conferencia
lo saqué del mar. Lo pesqué en el mar. En la temporada
el mar es una rutina y el baño es un ritual. Como las tortugas
recién nacidas vamos al mar y ahí nos estamos conversando
en cuclillas con los amigos y las amigas, por las alturas del
segundo bajo... Ahí oí este diálogo en la
voz de una amiga muy querida: Nos otros no decimos chirimoya,
decimos saramuyo; nos otros no decimos betabel, decimos remolacha;
nos otros decimos repollo, no decimos col, k'ol es otra cosa,
es el pebre del but blanco y del queso relleno... nos otros no
hablamos así.
Nos otros y los otros.- F.E.- Chicxulub,
Yucatán, agosto de 2000.