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Publicación del 5 de abril de 2000

La bandera yucatanense

Conozcamos nuestra historia

Por Fernando AVILA PRADO

Es plausible la reciente labor de promoción del uso de la bandera de la República de Yucatán en toda suerte de artículos que pregonen nuestra identidad y en particular en los automóviles con matrícula yucatanense. Pero es menester reconocer que un símbolo sólo cobra plena vigencia cuando se conocen a fondo sus causas, para no incurrir en modas que, por su misma naturaleza, resultan superficiales y efímeras. Sería oportuno, para tal efecto, que aprovechando el creciente entusiasmo se acometiera una empresa trascendental que requeriría de hartos arrestos: nada menos que recopilar, de fuentes autorizadas -que las hay-, imprimir y divulgar, entre propios y extraños, la auténtica historia de Yucatán, no la que inveteradamente se nos ha enseñado, aderezada al gusto oficial. Claro que de ninguna manera habría de ser el gobierno quien asumiera la responsabilidad de la obra: sería como pedirle al diablo que escribiera el Evangelio. Tampoco el actual, entreguista Ayuntamiento de Mérida. ¿Alguna empresa o conjunto empresarial sin vínculos o intereses comprometidos con el gobierno estatal? Otro escollo. Pero algo habrá de hacerse; quizá un patronato y una subscripción popular, precedidos de una campaña exhaustiva que sacuda nuestra amodorrada identidad. A grandes rasgos, éste sería un esbozo de una forma de tomar conciencia de nuestra realidad y vocación yucatanenses.

En nuestros días, es lastimero considerar que el orgullo de ser yucatanense se ha esfumado. Haciendo una seria y profunda reflexión, con un análisis sistemático y desapasionado de nuestro pasado y realidad, ¿qué le debemos al Altiplano en función de nuestros orígenes raciales, culturales e históricos? Absolutamente nada. En última instancia, es a España y a Cuba a quienes les cabe el mérito de aportaciones básicas. La jarana, nuestras festividades tradicionales sustentadas en el santoral cristiano, la arquitectura colonial civil, militar y religiosa, las costumbres adoptadas de la Madre Patria y asimiladas a la del Mayab milenario, aunadas a la gastronomía, a la música y a los giros lingûísticos del Caribe, dieron como resultado esto que llevamos en la sangre y en el alma, y que sencillamente se llama Yucatán.

No es un falso criterio reaccionario ni colonial lo que me lleva a emitir ciega y apasionadamente estas breves consideraciones. Es, ante todo, el profundo amor a un Yucatán que se nos muere en las manos, sin nosotros hacer nada. Para contrarrestarlo no se trata de hacerlo a escala oficial-municipal, sometida a un patrón centralista, manteniendo ballets folklóricos, ni organizando muestras periódicas de costumbres y tradiciones difícilmente auténticas. Nada más falso, cuando es bien sabido que el centralismo trata de borrar identidades, perfiles y características propias, y en el caso de Yucatán, con marcado desprecio.

Conozcamos nuestra historia propia. Sepamos que la Capitanía General de Yucatán abarcaba Tabasco y Centroamérica, y que Mérida era su capital. Sus puertos más importantes, San Francisco de Campeche y Sisal. No había más que una sola capital, Mérida, y un solo rey, el de España. Yucatán se adhirió a Méjico a raíz de que éste se independizó, en calidad de socio federado. Nos independizamos sin derramar una sola gota de sangre, ni en contra ni a favor de la Madre Patria. Fue un acto libre. Aquí, antes que un Hidalgo, un Morelos o un Matamoros, hubo un Juan Gómez de Parada y un Vicente María Velázquez. ¿Y cuántos sabemos algo de ellos? ¿Quién sabe de Sebastián López de Llergo, vencedor de las aguerridas tropas mejicanas, enviadas por Antonio López de Santa Anna, con el consejo y complicidad de Andrés Quintana Roo, quien siempre antepuso sus intereses personales sirviendo al Altiplano y viniendo siempre en calidad de embajador y mediador las veces en que nuestros abuelos manifestaron su inconformidad, y como en estos momentos deberíamos virilmente hacer? ¿Alguien sabe que nuestros hombres capturaron en Sisal al presidente Santa Anna, obligándolo a aceptar nuestras condiciones, y que los héroes del Anáhuac eran despachados a Veracruz por los puertos de Sisal y Chicxulub, atados en "cuerdas" con sogas de henequén? ¿Quién ha oído acaso de Lorenzo de Zavala, creador del Distrito Federal y vicepresidente de la República de Tejas? ¿De Manuel Crescencio Rejón, padre del juicio de amparo? ¿De Santiago Imán, Manuel Barbachano, Eulogio Rosado y Juan Cupul? ¿Qué se sabe de Jacinto Canek, Tiburcio Cosgaya, Lucas de Gálvez, Sánchez de Aguilar, vallisoletano que murió canónigo de la Santa Iglesia Metropolitana de la Ciudad de la Plata, provincia de Los Charcas, en lo que ahora es La Paz, Bolivia? ¿Y de Bernardo de Lizana, Cogolludo y don Crescencio Carrillo y Ancona? Sólo el amor a nuestra tierra, a nuestras tradiciones y a nuestra historia, fomentado desde el seno doméstico, podrá, gradualmente hacernos recuperar un orgullo legítimo y natural.

No olvidemos los estragos irreparables que en cuestión de arte sacro y archivos civiles y eclesiásticos cometió Salvador Alvarado, rabioso y anticlerical delincuente enaltecido a "benemérito". Díganlo nuestra Iglesia Catedral, el Cristo de las Ampollas, el Palacio Episcopal y tantas iglesias, imágenes y tesoros para siempre dañados o desaparecidos, labor devastadora que culminó en la incineración de nuestra bandera. Y aún se yergue, insolente, su estatua en el fracasado complejo fabril Cordemex y el estadio que lleva asimismo su nombre. En gesto de auténtica hidalguía, don José Díaz Bolio, orgullo de nuestra raza, devolvió su Medalla Yucatán cuando le fue adjudicado el galardón al anodino autor de una biografía del acérrimo enemigo del pueblo yucatanense.

¿Por qué yucatanense y no yucateco? Como acertadamente dice Díaz Bolio, la desinencia -eco es de origen mejica, como en huasteco, cholulteco, mixteco, tuxteco y tantos pueblos y etnias diferentes al grupo maya-. El gentilicio correcto es yucatanense, como se asienta en nuestros más antiguos y venerables documentos probatorios del nacimiento del Yucatán mestizo. Así lo confirma la propiamente intitulada Enciclopedia Yucatanense, y así lo escriben y dicen quienes poseen una orgullosa conciencia de nuestra identidad.

Todo en nosotros es diferente. El yucatanense es romántico y poeta por naturaleza. En nuestras canciones tradicionales se les canta a la mujer, a semejanza de los antiguos trovadores de la Edad Media, y al amor con todos sus dolores, alegrías y esperanzas. En nuestra lírica no hay hechos de sangre, borracheras, balazos y bravuconadas. La canción yucatanense gravita entre las estrellas y se pierde en confines de ensueño. Heredamos de España la caballerosidad del guerrero y de nuestras abuelas mayas la dulzura y capacidad de sufrimiento. Y ese es el núcleo de la voz y la guitarra del Mayab.

La auténtica historia de Yucatán está aún por ser escrita, divulgada y acogida en el seno de nuestros hogares. Sólo así, con conocimiento de causa y plena justicia, podremos ponernos, también en el corazón, nuestra bandera de las cinco estrellas.- F.A.P.- Progreso, Yucatán, abril de 2000.

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