Publicación
del miércoles 16 de agosto de 2000
El orgullo de ser yucateco
Las banderitas y el condor del Anáhuac
Por Fernando ESPEJO
Cuando éramos chicos, solíamos
entretenernos tergiversando las letras de todos los cánticos
escolares. No dejábamos títere con cabeza, ni cosa
derecha que no quedara torcida. Las palabras que rimaban en illo,
ejo y ón, encontraban siempre fáciles sustitutos
en nuestra picaresca incipiente. Aprovechando el viaje embromábamos
a quien fuera... y con la música del "himno yucateco",
ahí donde decía, por decir, lo del águila
que vino de Europa: cantabamos emocionados: "tu mamá,
que me lava la ropa..." o luego, aludiendo a cualquier defecto
físico de alguien, decíamos, por ejemplo: "y
eclipsa la estrella de Pepe, el nalgón". Y así.
Cosas de chamacos.
A la Escuela Modelo iba un maestro
de música al que torturábamos con nuestras ingenuas
diabluras. No sería capaz de acordarme de su nombre, pero
sí de su infinita paciencia para intentar meter en tono
a aquella bola de sátrapas descuadrados y desafinados.
Qué groseros y soeces -y músicas- habríamos
de ser, que sólo lo conocíamos -y hablábamos
de él- bajo el armonioso nombre de Maestro Frijolini. Parece
que lo veo llegando en su motocicletita, con su flux blanco y
su violincito rasposo y destemplado.
Todas las letras -sobre todo las
de los himnos- eran víctimas de la creatividad maltrapiente
de los educandos. Y una de ellas -mal hecha, llena de ripios,
a más de bilicista y pueril- era la de este himno llamado
Yucateco, motivo actual de una de esas órdenes educativas
-igualmente pueriles- originadas, tal vez, por esa efervescencia
"orgullosamente yucateca" que pinta de banderitas ondeantes
las colas de miles de automóviles.
Por ahí se ha dicho que
este hímno, además de todo esto que les digo, es
separatista. ¿Cómo puede serlo? Dedicado a la batalla
del cinco de mayo de Puebla -lleno de despropósitos y sandeces-
nada tiene qué ver con Yucatán, pero además
no es otra cosa que un intento de adulación oportunista
local, al momento de un cambio político muy importante
de nuestra historia. El fin del Imperio de Maximiliano.
Liberales y conservadores -igual
que campechanos y meridanos- se alternaron siempre en el ejercicio
del poder en la península -según qué gobierno
del centro- y sus respectivos seguidores y corifeos ejercían
"oportunamente" la adulación con estas genuflexiones
tantas veces vergonzantes. Lo mismo a los tiempos imperialistas
desenganchaban los caballos del carruaje de Carlota y se uncían
a sus varas, los unos; que se desgañitaban en estas loas
desmedidas -a los triunfos republicanos- los otros.
Sí, yo sé que a muchos
emocionan los himnos... y puede doler desacralizarlos. (Yo tenía
un tío que chechoneaba, lo mismo con "América
inmortal, fuente de luz, faro de libertad" que con "La
marcha de las vocales" de Cri-Cri. Igual le tarareaba uno
aquello de "Cielooos y tierraaa... bendecid al señor"
y se deshacía en un mar de lágrimas, el pobre que
-cuantimás- con aquellos de "el acero aprestad y el
bridón", aunque no se le diera -era ya viejón-
entender ni una palabra).
Pero alguien habría de decirlo.
La letra de este himno es mala y bien mala. (Aquí, sólo
hablo de la letra, conste, no de la música -sería
injusto- que don José Jacinto puntualmente hizo lo suyo,
y muy bien hecho). La marcialidad y el ritmo se saben su cuento,
pero a veces no se miden como en el caso que nos ocupa que no
resiste el menor análisis. Basten sólo unos ejemplos:
el cóndor -para empezar por algo- es un ave de rapiña
-según el sencillo diccionario escolar que tengo aquí
en la playa-, una especie de zopilote calvo de tres metros de
envergadura, la más grande de las aves que vuelan. Sólo
que únicamente vuela por los Andes -en su casa la conocen-
y en México, como se diría, ni sus plumas. "El
altivo condor del Anahuac", a que alude la letra, es pues,
la burrada más a la mano; que, además, acentuada
en la última ó -condór- por fuerza de la
música, ofende más al oído. Hay por ahí
unas partes de la letra original -cambiada más tarde por
vergüenza- no muy conocidas -o no muy publicadas- que ofenderían
aún más si las hubieran dejado: "...si una
vez tremolara orgullosa -se refería a Francia- su escupida
y hollada bandera... fue la vez que una inmunda ramera, cobijara
por diosa en su altar...". Y luego, la ocurrencia liberal
chauvinista y trasnochada de culpar -vagamente eso sí-
a un cura: "...tan rastreras, tan ruines maldades, un jesuíta
las debe inspirar". Así se usaba, que los políticos
todos, en aquellos tiempos, "andaran" siempre detrás
de los curas, unos con un rosario en la mano, los otros con un
machete... que el asunto era andar.
La noticia en el Diario hablaba
de que "algunos historiadores" lo consideran separatista
y belicoso. Yo no soy historiador. Yo sólo lo considero
malo, ripioso y ajeno. Como un himno patriótico -cuya,
seguramente, fue la intención del autor, un republicano
inflamado de fervor nacionalista- quedaría como uno de
tantos más, ilegible y anticuado. Pero como Himno Yucateco:
¿de dónde?
El orgullo de ser yucateco va por
otros lados. Por los lados claros y soleados de nuestra manera
de ser. Por el suave modo nuestro que nos permite comer como comemos,
cantar como cantamos, inventar la gracia espontánea y el
ingenio oportuno que nos hace reír como reímos.
Mucha gente ha venido de fuera,
enamorada precisamente de todo esto, de nuestras canciones y nuestra
comida, de nuestro paisaje florido. De nuestra tranquilidad y
de nuestro tiempo en el que la vida dura el doble, al paso lento
del reloj. A eso han venido, y por eso han escogido motu proprio
hacerse yucatecos. Porque han querido venir a vivir así.
Bienvenidos cuando ayudan a conservar
ese estilo de vida que los trajo. Cuando se apropian de nuestras
palabras -incluso las mayas-, cuando saborean con fruición
nuestros guisos, cuando se les oye -quizás a pesar suyo-
hablar con nuestro acento y se hacen lenguas de lo bien que la
pasan.
Las banderitas -las de las cinco
estrellas- que proliferan en automóviles, en camisetas
y gorras, tienen que ver, al revés, con nuestras costumbres
amenazadas, con nuestra habla modificada, con las frutas del "súper"
cambiadas de nombre -chirimoya por zaramuyo, betabel por remolacha,
col por repollo- y son sólo una actitud defensiva. Son
la expresión del deseo de preservación de lo nuestro
(Intentaré hablar más de esto, extenderme, en alguna
conferencia próxima).
Esa bandera, que un día
fuera de la efímera República de Yucatán
y que hoy, espontáneamente florece, simboliza nuestro orgullo
de ser como somos.
Este, el llamado "himno
yucateco" es otra cosa. Nuestros niños no serán,
por su causa, ni más cultos ni más cantores como
se ha dicho. Otra vez, es sólo un oportunismo político,
inadecuado y torpe.- F.E.- Chicxulub, Yucatán, agosto de
2000.