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Publicación del 26 de enero de 2001

Un legítimo orgullo

La bandera yucatanense

Por Fernando AVILA PRADO

El hecho de que una partida de sinvergüenzas manipuladores de las masas ignaras haga uso de nuestra antigua e histórica bandera no le resta a ésta, en cuanto símbolo, su perfecta validez como voz de nuestros abuelos en justa demanda de respeto y equidad ante un sistema centralista y caciquil.

Antes del cerverismo latía en nuestros hogares el recuerdo de nuestra antigua hidalguía. Después de él, también lo habrá. Le esperan a nuestra enseña mejores tiempos, que en estos momentos es asimismo ostentada por yucatanenses de buena fe, imbuidos de legítimo y sano orgullo. No caigamos en el juego de identificar la gorilocracia con un símbolo respetable.

Aunque integrados a un sistema federal que trata de borrar perfiles e identidades, los yucatanenses somos ciertamente, en el mosaico nacional, los más identificables e indivualistas. Hasta ahora no proclamamos nuestro yo con estridentes mariachis, borracheras y bravuconadas. Para que un símbolo sea respetado se debe comenzar desde arriba. En mi casa, desde la infancia, nos enseñaron a desligar la figura y el símbolo vacíos de la realidad histórica y política cuando, niños al fin, tendíamos a identificar la bandera nacional con los colores del PRI, y cuando Presidente de la República era sinónimo tricolor de PRI o lábaro.

En mi biblioteca, y en asta de honor, campea monumental la bandera de mis abuelos, de la que nunca me avergonzaré. En ocasión anterior demostré cómo nada le debemos al Altiplano, que nos desdeña y minimiza, y de cuánto él nos es deudor.

Yucatán, qué duda cabe, tiene un destino federal. Y en consecuencia, nada más natural que ver ondear juntas la bandera de las estrellas y la del águila, a semejanza de otros países con democracia consolidada, donde junto a la enseña nacional flamean los pendones de provincias herederas de una rica e histórica cultura y que en algún momento fueron independientes, como testimonio del maduro respeto de la metrópoli ante una realidad innegable.— F.A.P.— Progreso, Yucatán, enero de 2001.


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