El
paso del Sol y los mayas
Por: Félix
A. RUBIO VILLANUEVA
Publicado: 29 de marzo de 1998
Sección:LOCAL
Platicábamos
en una ocasión con el arqueoastrónomo don Víctor Segovia Pinto
(q.e.p.d.), descubridor de los fenómenos de luz y sombra que aparecen
durante los equinoccios en Dzibichaltún, sobre la importancia
de ese día entre los mayas y quienes presenciaban el "espectáculo"
e incluso por qué se construyeron y diseñaron así esos edificios,
si realmente fueron hechos con el motivo por el cual nosotros
vamos a verlos.
Don
Víctor estimaba que los días del equinoccio -Marzo 21 y
septiembre 23-, eran de los más importantes en la vida de los
mayas, pues marcaban en la primavera el ciclo de preparación de
la tierra (quemas) para estar a tiempo cuando Chaac, el dios de
la lluvia, empezara a regalar las primeras gotas de agua que,
al humedecer la tierra, la dejaban lista para germinar las semillas
de maíz que las manos del hombre dejaran caer; y en septiembre,
el período en que el fruto de la gramínea, ya maduro, estará próximo
a recolectarse.
En
la historia de la humanidad se ve que siempre los que tienen más
conocimientos han dominado al resto de la población y los Mayas
no fueron la excepción. Los arquitectos-ingenieros que se encargaron
del diseño y la construcción de esos históricos edificios, pusieron
su ingenio, su capacidad, al servicio de los caciques, supremos
sacerdotes o el "Halach Uinic" (hoy quienes disponen
son el presidente municipal, el gobernador del Estado o el Presidente
de la República). Estos invitaban a los grandes señores de las
comunidades más importantes a presenciar la llegada precisa del
Sol. Era tal la importancia de este hecho, según nos comentaba
Segovia Pinto, que cuando no era posible observar el fenómeno,
por el bloqueo de las nubes en las frescas mañanas de la primavera
o por los nublados de un "norte" en la tarde, cundía
la preocupación, pues era indicio de que habría hambre como consecuencia
de la sequía, la langosta, epidemias o alguna otra plaga.
En
Dzibichaltún, poder ver al astro rey posarse en la puerta principal
del Templo de las Siete Muñecas, como lo bautizó Willys Andrews,
arqueólogo de la Universidad de Tulane, al encontrar en su interior
siete figurillas femeninas de barro, daba una sensación de alivio
a la clase dominante, la elite que concurría al lugar.
El
motivo real de para qué fueron construidos esos edificios probablemente
nunca lo sabremos, aunque los estudiosos especulan sobre las diferentes
razones que aceptamos como hipótesis.
Los
fenómenos arqueoastronómicos sólo pueden verse en los edificios
que tienen una desviación de 17 grados hacia el norte astronómico.
Víctor
Segovia hizo investigaciones en Teotihuacan, Tulum, Kohunlich
y el último, que no pudo dar a conocer, fue el de Izamal, donde
el 23 de septiembre de 1995 descubrió el descenso de "la
guacamaya de fuego".
Queda
hoy a sus discípulos continuar esta investigación para poder difundirla
entre nosotros. Convoco a los amigos del insigne arqueólogo de
campo, incansable trabajador e investigador de la arqueoastronomía
y mejor yucateco -el primer arqueoastrónomo de México- a proponer
a las autoridades que se erija un monumento en su memoria, para
que nuestros hijos, nietos, visitantes y el pueblo en general
sepan que don Víctor fue un ciudadano de excepción, por los servicios
que prestó a toda su comunidad. El lugar podría ser a la altura
del kilómetro 16, a la entrada de la desviación a Dzibichaltún,
que muy pronto estará conurbada con Progreso-Mérida.
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e.mail: rubio@mail.mda.com.mx.- F.A.R.V.- Mérida, Yucatán, marzo
de 1998.