Las
variedades de víbora "bejuquilla"

Entre
las víboras que habitan en Yucatán, destacan por
sus costumbres dos especies que gustan de permanecer inmóviles
durante largos períodos de tiempo. Por confundirse con
las ramas de los bejucos al colgarse de los árboles se
les conoce precisamente como "bejuquillas".
Su
nombre científico es Oxibelis fulgidus y Oxibelis aeneus,
bejuquilla verde y bejuquilla parda, respectivamente. Pertenecen
al grupo más numeroso de las víboras, la familia
conocida como Colubridae. El género Oxibelys cuenta con
seis especies, de las cuales cuatro se hallan en el país.
Las
bejuquillas llegan a medir de dos a tres metros de largo y, por
ser ligeramente venenosas y poseer dos o tres grandes colmillos
acanalados en la parte posterior de la mandíbula por donde
circula el veneno, se les conoce como opistoglifas.
El
aparato ponzoñoso de este tipo de serpientes no está
adaptado para morder presas grandes, por lo que son prácticamente
inofensivas para el hombre, según el naturalista Miguel
Alvarez del Toro, quien en 1980 publicó el libro "Reptiles
de Chiapas".
Sin
embargo, aunque su mordedura no es mortal para el hombre, se ha
sabido que llega a causar inflamación local, dolores agudos
y parálisis de miembros, en ocasiones por largos períodos
de tiempo.
El
hecho es que se considera poca la información respecto
a la
toxicidad de su veneno, al grado de que en algunos libros se menciona
la posibilidad de que, en casos excepcionales, puede resultar
mortal.
Los
pequeños conductos que transportan el veneno secretado
por dos glándulas desembocan cerca de los dientes grandes
y acanalados, y el veneno escurre dentro de la herida por capilaridad,
facilitada por las ranuras de los dientes. El veneno, una mezcla
de enzimas, forma parte de los jugos digestivos del animal.
Cuando
capturan a su presa, los dientes venenosos penetran en los tejidos
de ésta y la serpiente lleva al cabo una especie de masticación,
causando repetidas heridas hasta que el veneno paraliza a su víctima.
La
función principal del aparato venenoso de las serpientes,
en general, es proveer de un medio para matar rápidamente
a sus presas, y sólo de manera secundaria tiene una función
de defensa; se sabe que ninguna serpiente acomete sin antes ser
molestada.
Luego
de atrapar y asfixiar enroscando a sus presas, la bejuquilla las
traga enteras y su digestión dura días o semanas
completas.
Sus
jugos digestivos son tan fuertes que le permiten digerir incluso
los huesos. Como no puede masticar, al igual que todas las víboras,
se vale de su veneno como complemento de la digestión,
puesto que éste rompe los tejidos antes de que actúen
los jugos gástricos.
Es
por ello que en los excrementos de la bejuquilla sólo pueden
encontrarse algunos dientes y plumas que no pudieron ser digeridos.
Todo lo demás es asimilado por el animal. Cuando son molestadas,
las bejuquillas defecan y su excremento despide un fuerte, pestilente
olor cuya función es alejar al intruso.
Ambas
especies de bejuquilla son víboras arborícolas que
rara vez bajan al suelo. Se alimentan básicamente de aves,
aunque también de pequeñas lagartijas y roedores,
a los cuales asfixian después de haber permanecido a veces
durante horas quietas, al acecho de su presa que se acerca confiada
por la forma de bejuco que la camuflajea.
LA
BEJUQUILLA VERDE
La
bejuquilla verde, como su nombre lo indica, es de un color llamativamente
verde esmeralda por arriba y amarillo canario en el vientre, con
los labios también amarillos y una línea blanco-amarillenta
que separa a todo lo largo de su cuerpo el color del dorso con
el del vientre.
Su
cabeza, muy larga, termina en un hocico agudo. Esta es la especie
de bejuquilla que más puede crecer, pues llega a medir
hasta tres metros de largo, aunque éstos son casos raros.
Principalmente
arborícola, come también pájaros pequeños
y ratones. Atrapa a su presa y sin más comienza a engullirla,
tragándosela aún con vida, aunque esto depende de
la inoculación de su veneno paralizante.
Cuando
se llega a espantar o mientras persigue a su presa, la bejuquilla
verde tiene la curiosa costumbre de sacar la lengua y mantenerla
rígida durante largo tiempo.
LA
BEJUQUILLA PARDA
La
bejuquilla parda (Oxibelis aeneus) es, según Alvarez del
Toro, la que verdaderamente merece ser llamada bejuquilla, puesto
que es extremadamente larga y delgada. Llega a medir hasta dos
metros, pero lo más característico es que en su
parte más gruesa no mide más de 15 centímetros
de diámetro.
Su
color es cenizo o parduzco, con la garganta y labios color blanco
amarillento. El hocico lo tiene también agudo y levantado,
al igual que su pariente la bejuquilla verde.
Pasa
su vida en las ramas de los árboles, arbustos y matorrales.
Algunas
veces acostumbra sacar la parte anterior de su cuerpo por entre
el follaje, manteniéndola rígida e inmóvil
durante horas; toma así el aspecto de una varita seca y
asombra por su capacidad de quietud.
También
gusta de extenderse entre dos árboles, prendida de las
ramas o de los troncos con los extremos de su cuerpo. Un hábito
más en este sentido es que puede permanecer con todo su
cuerpo colgando, sujeta de una rama sólo con la cola.
En
todas estas situaciones, la verdad es que no se distingue de los
bejucos cercanos donde cuelga. Incluso se da el caso de que alguna
persona la tome con la mano al creer que mueve un bejuco, pero
se lleva una sorpresa al descubrir que se trata de la bejuquilla
parda.
Al
igual que la bejuquilla verde, la parda, cuando se molesta o al
perseguir a su presa, acostumbra sacar su larga lengua y la mantiene
rígida frente a su cabeza.
De
las aproximadamente 73 especies de víboras que hay en la
Península de Yucatán, sólo 5 ó 6 son
realmente peligrosas, por lo que es importante conocerlas para
evitar su exterminio desconsiderado.
BENEFICIOS
PARA EL HOMBRE
En
general, a reserva de los cuidados que hay que tener con ellas,
se considera a las víboras venenosas como benéficas
para el hombre, puesto que son especies que se alimentan principalmente
de pequeños mamíferos, reptiles y aves que pueden
llegar a formar plagas de cultivos agrícolas y ser agentes
transmisores de enfermedades.
Estas
dos especies de bejuquilla habitan en las selvas tropicales del
continente, y en Yucatán se distribuyen sobre todo en el
sur, en lo que se conoce como Punto Put, al oriente y al sureste
del Estado. En la Península se encuentran ampliamente distribuidas,
aunque es más común verlas en las selvas del oriente
y del sur.
Aunque
las bejuquillas adultas tienen pocos depredadores, de jóvenes
son presa fácil de gavilanes culebreros, mapaches y zorras.
Según indica Santiago Pacheco Cruz en su Diccionario de
la Fauna Yucateca, el nombre de la bejuquilla parda en maya es
probablemente "xtabchhoyil". La descripción que
hace de esta víbora se basa en su color verde cenizo.
Pacheco
Cruz señala que la especialidad de la bejuquilla parda
es enroscarse en las sogas que se utilizan para sacar el agua
de los pozos, mas indica que no es peligrosa. Sin embargo, no
menciona el nombre científico de la especie, por lo que
no es posible determinar con exactitud a cuál se refiere.
No
se conoce el ciclo biológico de estas especies, ya que
es
relativamente escasa la información debido a que en el
país son pocos los estudios que se llevan al cabo sobre
este grupo animal, a pesar de su importancia económica
y ecológica.
Muchas
especies de serpientes son aprovechables tanto por su
piel como por su carne, o incluso como fuente de sustancias químicas
utilizables en la industria farmacéutica.
Según
se indica en una propuesta para el estudio y la conservación
de los reptiles de México, a cargo del Biol. Antonio Lazcano-Barrera,
en 1988 el número de profesionales en el país dedicados
a la herpetología como trabajo remunerado no pasaba de
los 30.
De
ellos, casi la tercera parte se dedicaba al estudio de las tortugas
marinas, quedando olvidadas las otras múltiples especies
de reptiles y anfibios a los que estudia precisamente esa rama
de la Biología.
En
el mismo trabajo se menciona que el 11.6% de las especies de reptiles
del mundo se encuentra en México. Con respecto a reptiles
y anfibios juntos, el porcentaje alcanza en México el 10.5%
de las especies del mundo. Aproximadamente un 55% de estas variedades
se considera como endémico del país, es decir que
no se encuentra en ningún otro lugar del planeta.
En
total, existen en México 978 especies de reptiles y anfibios,
693 de los primeros y 285 de los segundos. Sin embargo, el conocimiento
que de estas especies existe es, como se ha visto, relativamente
escaso. El libro sobre "Reptiles de Chiapas" de Alvarez
del Toro y el trabajo coordinado por el Biol. Lazcano-Barrera
son algunos de los pocos ejemplos de ello.
(Ilustración:
Jorge Rivas Cantillo)