El
cojolite, un "faisán gritón"

El
cojolite (Penélope purpurascens), ave del tamaño
de un pavo pequeño, de grandes alas y cola larga, es pariente
muy cercano del hocofaisán, aunque, a diferencia de esta
tímida ave, ha logrado sobrevivir en hábitats modificados
incluso por el hombre.
No
obstante, esta facilidad de adaptación no ha evitado que,
al igual que otras numerosas especies, esté en riesgo de
desaparecer y su preservación sea parte de los programas
prioritarios de las asociaciones conservacionistas, como Pronatura
Península de Yucatán, A.C.
EL
pavo cojolite, ajol o faisán "gritón",
como también suele llamársele, es de color café
oscuro, con una iridiscencia púrpura o verde pálido,
plumas del pecho y abdomen de orillas blancas y "papada"
roja; es confundido a veces con el hocofaisán o kambul,
ya que de lejos ambos muestran una especie de cresta.
Sin
embargo, a los cazadores les resulta fácil diferenciarlas,
ya que el kambul se calla y se esconde ante la presencia de extraños
y el cojolite se alborota y cacarea.
Hasta
hace algún tiempo, se podía encontrar cojolites
en los bosques tropicales del norte de Sinaloa, en el centro de
Tamaulipas y en la región que se extiende por ambas costas
hasta el Itsmo de Tehuantepec y hacia el Este, atravesando Chiapas
y las partes boscosas de la Península de Yucatán.
El
cojolite puede vivir incluso en los bosques altos rodeados de
nubes y en ciertos bosques característicos de las mesetas
de Michoacán, Guerrero, Oaxaca y Chiapas, por lo que su
localización es más amplia que la del hocofaisán
(sobre el cual publicamos amplio reportaje el 29 de diciembre
pasado).
El
índice de población más alta del cojolite
se registra en los bosques tropicales vírgenes de Chiapas
y al oeste del río Salto, en San Luis Potosí. En
Yucatán, su población ha disminuido notoriamente
y son raras las ocasiones en que se puede hallar algunos grupos
de pavos cojolites.
El
cojolite se reúne en bandadas de número indefinido
y es difícil saber la proporción de machos y hembras,
ya que en apariencia son iguales. Son principalmente arbóreos
y rara vez bajan a la superficie.
Es
común verlos en las copas de los árboles, se desplazan
de rama en rama en "vuelos cortos", cacareando siempre
y tratando de descubrir algún ruido extraño que
responda a su llamado. Los cojolites o ajoles se distinguen también
por su canto quejumbroso, especialmente por las mañanas,
cuando abandonan sus nidos.
La
época del apareamiento es aproximadamente a fines de marzo.
Los machos se dedican a amenazar a sus rivales con fuertes gritos
y sonidos guturales, se persiguen unos a otros hasta las copas
de los árboles y se golpean con las alas que baten rápidamente
al volar de rama en rama.
La
hembra los observa un momento y luego continúa su rutina
diaria en espera del ganador, con el cual formará su próxima
familia.
EL
CORTEJO
El
cortejo y la reproducción comienzan a la edad de dos años,
pues al año, los jóvenes apenas comienzan a tener
plumas y carecen de actividad sexual.
El
ajol construye en los árboles nidos muy grandes con ramitas
y hojas y prefieren las ramas más altas para ubicarlos,
siempre pendientes de la posible cercanía de algún
depredador, al que retan con cacareos, pero del cual huyen si
se acerca amenazador al nido.
La
nidada es de dos huevos, blancos y opacos, aunque algunas veces
pueden ser cuatro. Desafortunadamente no se conoce el tiempo de
incubación. Desde que brotan, los polluelos son cuidados
por ambos padres.
El
cojolite, como el hocofaisán, se alimenta de frutas. Entre
las presas de los cazadores algunos cojolites tenían los
buches llenos de "capulín silvestre" (bumelia
peninsularis), común en algunas partes del país.
También se alimentan de ciruelos "xoxotl", bellotas,
amates, hojas e insectos.
Las
aves se concentran frecuentemente en los bosques de árboles
llenos de frutos y, al parecer, prefieren tomarlos directamente
de las ramitas que comer los que ya se encuentran en el suelo.
El
cojolite es perseguido en todas las zonas donde habita y esta
caza indiscriminada lo ha puesto en grave riesgo de extinción.
En
Yucatán, la escasez de los ajoles se detectó desde
1955. La disminución de su población en nuestro
Estado también se debe a la actividad maderera, por lo
que resulta difícil distinguir entre los efectos de la
cacería y la destrucción de su hábitat como
causas de su paulatina extinción.