El caso Medina Abraham
El silencio de las instituciones
Impresiones del DIARIO (II)

Artículo publicado el 11 de marzo de 1999


El asunto de este escrito no es la inocencia o culpabilidad de Armando Medina Millet en el juicio por la muerte de su esposa Flora Ileana Abraham Mafud

Los yucatecos se visten de sus virtudes y defectos de fin de siglo para posar de frente y de perfil para la cámara del caso Medina Abraham.

El caso Medina Abraham está tomando las fotografías de cuerpo entero de la sociedad yucateca del año 2000.

No toma sólo la foto que presenta la apariencia: también la radiografía que llega a los rincones escondidos de la intimidad, donde a veces, casi siempre por poco tiempo, nos vemos cara a cara con la conciencia.

Las fotos de grupo requieren de interpretaciones. Lo hemos visto en los careos de los peritos. Las radiografías las necesitan más.

* * *

Una reconstrucción de hechos, inédita aún, demuestra que los señores de la Procuraduría, el llamado Poder Judicial y sus instigadores nos "fotorradiografiaron" desde la misma noche de la muerte de Flora Ileana Abraham Mafud. Interpretaron las placas y les pareció conveniente lo que vieron.

Lo que vieron, o quisieron ver, les confirmó el pobre concepto que tienen de la sociedad yucateca. Sólo así se explica que se hayan atrevido a hacer lo que han hecho en estos tres años del juicio a Armando Medina Millet.

En estos tres años se les ha visto desmontar, para hacerlas confeti, todas las letras que tiene el abecedario de la honrada investigación judicial: de la a a la z. Revisar el inventario de delitos que se pueden cometer en un proceso judicial y cometerlos todos: desde el fraude hasta la calumnia. Leer la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y convertirlos en papilla. Apoderarse de la inmparcialidad y violarla en pandilla. Demoler el edificio de los valores hasta no dejar piedra sobre piedra.

Esta es la impresión del Diario después de informar asiduamente durante tres años del caso Medina Abraham, leer la Recomendación de la Comisión Nacional de Derechos Humanos al gobernador del Estado relativa a las irregularidades en la averiguación de la muerte de Flora Ileana y examinar las 6O3 páginas y 280 gráficas en que los ocho peritos profesionales de la defensa, cada uno especialista en su ramo, describen en términos científicos y legales las atrocidades de las autoridades.

Atrocidades que asombran y asustan. ¿Cómo se atrevieron a hacer todo lo que hicieron?

Confiaban en que nunca se sabría lo que hacían mientras iban armando bajo la sombra del secreto, trampa tras otra, un expediente viciado que la sociedad, indiferente, no se molestaría en conocer y menos impugnar. Estaban seguros de la patente de impunidad que, sin restricciones, le había otorgado el Poder Ejecutivo, en la inteligencia de que la patente, tan efectiva en la historia de Yucatán, sería renovada si se presentaba la ocasión.

Se presentó. En el mecanismo de la simulación falló un contacto: el Diario de Yucatán. Cinco mil ciudadanos protestaron por escrito. Gota a gota el secreto se fue haciendo público hasta formar un mar en que se iría a pique la nave del Estado en cualquier país donde los hombres estén al servicio de las leyes y no las leyes a la disposición de los hombres, sus intereses y sus consignas.

La publicidad obligó a cambiar algunos ajustes en la maquinaria de la farsa. Nada más. La patente seguiría funcionando, fortalecida por el silencio de la sociedad y sus instituciones. De la impunidad nunca han dudado. Confiaban en:

-El silencio del Colegio de Abogados, muy conveniente, porque es el ángel custodio de la ley.

-El silencio de las cámaras del sector privado, porque están fuera de su agenda estos asuntos de la justicia y los derechos humanos que, ya se sabe, no figuran en los estatutos y las normas que reglamentan las facultades, etc.

-El silencio de la Junta Coordinadora Empresarial, pues no fue fundada para intervenir en litigios particulares que la distraigan de la promoción del progreso económico de Yucatán.

-El silencio del Colegio de Médicos, de la asociación de los químicos, de todas las agrupaciones de profesionales, que tienen actividades concretas que las desmarcan del caso Medina Abraham, aunque algunos de sus socios figuren a la vanguardia de la lista de los delincuentes.

-El silencio de las asociaciones de padres de familia, porque nunca, ni remotamente, han pensado que alguno de sus hijos pueda sufrir algún día -¡qué va!- lo que hoy padece Armando Medina Millet.

-El silencio de las universidades, los colegios, las escuelas, los institutos, porque la educación debe recluirse en las aulas, so pena de contaminarse con cualquier aplicación práctica de los principios que enseña.

-El silencio de los partidos políticos, de sus dirigentes, de sus diputados, de sus alcaldes, sellados sus labios por los cuantiosos donativos que recibieron y quizá siguen recibiendo para sus candidaturas, para sus campañas, para sus actividades, para esto y lo otro. Lealtad, señores, lealtad al dinero en esta política de soltar la plata a izquierda y derecha para estar bien con Dios y con el diablo (si el lector quiere identificar a Dios y al diablo con la oposición y el PRI, es cuestión exclusiva del lector, es una opción, que, como las lentejas, puede tomar o dejar).

-El silencio del Frente Cívico Familiar y fraternas agrupaciones no gubernamentales -héroes y heroínas resplandecientes de tantas batallas por la justicia-, porque... ¿Por qué?

-El silencio de la Iglesia, sus dignatarios, sus sacerdotes en general, porque consideran que las verdades eternas y las mentiras certificadas pueden cohabitar en el templo sin que sea necesaria una orientación pública imprudente que falta a la caridad y pueda alejar de las ceremonias del culto y los trabajos apostólicos a fieles que se distinguen por sus generosos donativos a obras de beneficencia.

Los presuntos delincuentes del caso Medina Abraham han hecho y hacen lo que hicieron y están haciendo porque, según parece, están seguros de que cada una de las instituciones de la sociedad yucateca tendrá una razón poderosa, una excusa inatacable para justificar su ausentismo en el caso Medina Abraham.

Están convencidos de que la sociedad yucateca comprenderá y acatará que en un estado de derecho, regido por un gobierno organizado, la impartición de justicia a Medina Millet, a cualquier acusado, es facultad exclusiva, por mandato de la ley, de funcionarios como el procurador José Manuel de Jesús Echeverría Bastarrachea y juezas como Leticia Cobá Magaña. Punto final. Quienes no estén de acuerdo, que se muden de ciudad o se queden mudos.

Nos dicen que los acusados de mil y un ilícitos han leído en los 78 naipes del Tarot este epílogo del juicio:

"En el coliseo pagano, mientras la sociedad yucateca se sienta con sus capitanes en la tribuna de los espectadores, el césar inclina el pulgar y arroja a un cristiano al foso de los leones.

"Entre tanto, debajo del circo, en las catacumbas del caso Medina Abraham, cerradas al público por Su Señoría, los brujos desaparecidos queman incienso, mirra y otras yerbas en el altar de los semidioses clandestinos de la corrupción".

Estas son nuestras impresiones sobre las pobres impresiones que tienen de la sociedad yucateca los señores y señoras que investigaron la muerte de Flora Ileana Abraham Mafud y encarcelaron y juzgan a Medina Millet.

Si alguna impresión está equivocada, ¡qué bueno! Pronto se sabrá y, en su caso, enseguida lo publicaremos. Por lo pronto, el PRD ya rompió la filas compactas del silencio. Parece que el PAN, o por lo menos algunos de sus dirigentes, han decidido también salirse de la ratonera.

La sorpresa del procurador

Editorial del DIARIO (I)

El caso Medina-Abraham

Editorial del DIARIO (II)

Para bien o para mal

Editorial del Diario (III)

¿Está dividida la sociedad yucateca?
Impresiones del "DIARIO" (I)

El silencio de las instituciones
Impresiones del DIARIO (II)

El rompecabezas
Impresiones del DIARIO (III)

Su Señoría es notoriamente improcedente
Impresiones del DIARIO (IV)

El silencio de los acusados
Impresiones del DIARIO (V)

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