Artículo publicado el 28 de marzo de 1999
El asunto de este escrito no es la inocencia o culpabilidad de Armando Medina Millet en el juicio por la muerte de su esposa Flora Ileana Abraham Mafud.
En el idioma inglés existe el verbo "disbar". No significa "desbarrar", pero, por asociación de ideas, nos sirve para iniciar estas impresiones sobre la ciudadana jueza del caso Medina Abraham: Leticia Cobá Magaña.
No han sido buenas las impresiones. Nunca. Ni siquiera desde el principio. El editorial que publicamos el 14 de julio de 1996, en una referencia al papel de la Procuraduría y la C. jueza en el caso Medina Abraham, dice:
"Nunca se había visto en la sociedad yucateca, y esperamos que jamás se vuelva a ver, esa campaña de demolición de tradiciones civilizadas que, acoplada al impugnado comportamiento del aparato judicial yucateco, ha tenido... el efecto de proyectar una imagen de una maniobra conjunta para apartar la investigación de la muerte de la joven Abraham de su legítimo objetivo, la búsqueda de la verdad y la justicia, y descarrilarla hacia la meta de perseguir y cazar a un chivo expiatorio al costo que sea necesario".
En editorial del 21 de julio de 1996, después de señalar las irregularidades, numerosas ya, cometidas por la Procuraduría que encabezaba entonces Jorge Lizcano Esperón, el Diario advirtió: "La jueza, Licda. Cobá Magaña, imita al procurador... Notoria es la identificación entre el procurador y la jueza... Es una solidaridad en el criterio que invita al símil de los vasos comunicantes que funcionan con fluidez".
Esas fueron nuestras impresiones sobre la C. jueza: malas. Hoy, tres años después, son pésimas. Cada día que pasa empeoran.
El procurador Lizcano tuvo que renunciar. Su dimisión fue un precio mínimo que le permitió retirarse a disfrutar del premio al descarrilamiento. En el juzgado 4o. de Defensa Social, sucursal de la Procuraduría, el juicio continuó por la ruta descarrilada.
Como se cumple en 1999, el 20 de mayo, el bicentenario de un genio francés de la novela, Honorato de Balzac, nos hemos acordado de su novela "La interdicción". Uno de sus protagonistas, el juez Jean-Jules Popinot, hombre de carácter noble, pregunta, indaga, investiga, lucha por llegar hasta el fondo de una compleja intriga judicial en que se busca ocultarle la verdad.
"El juez pertenece a todos, debe verlo todo y pesarlo todo" -dice Balzac por voz de Popinot.
La C. jueza nos da la impresión de que pertenece por simpatía, afecto y algo más a la facción acusadora. Ve y deja ver todo lo que favorece a la coadyuvancia. Pesa y deja pesar todo lo que favorece a los funcionarios y peritos denunciados por tramposos.
No quiere ver ni pesar nada cuando se trata del acusado y sus defensores. Desde el principio del juicio faltó consistentemente a su deber de preguntar, indagar y averiguar para conocer el móvil de la muerte de Flora Ileana Abraham.
Tiene el deber de investigar las pistas que puedan llevar al asesinato. Las ha investigado todas. Tiene también el deber de examinar o por lo menos dejar examinar los indicios que tienden a identificar un suicidio. No lo ha hecho y ha impedido que lo hagan.
No permitió que comparecieran los testigos que sabían de los brujos, la cartomancia, el Tarot, las sectas y otros misterios relacionados con la vida de la infortunada joven. Si comparecían, no dejaba que hablaran. Si les preguntaban, les ordenaba que no respondieran.
La C. jueza no ha manifestado interés por la verdad. Jamás. En su presencia Alejandro Patrón Laviada afirma, jurando decir verdad, que tal noche, a tal hora, Armando y Flora Ileana estaban en su casa, la del testigo, entregándole la invitación de su boda. En presencia de la C. jueza, hermanos de la joven Abraham Mafud, jurando decir la verdad, aseguran que esa misma noche, a esa misma hora, Flora Ileana le estaba diciendo a sus padres que había cancelado su matrimonio con Medina Millet. Mentir en juicio es un perjurio que se paga con cárcel, pero Leticia Cobá Magaña, sin preguntar, sin carear, no averigua. En su juicio la verdad cohabita con la mentira, sin que la C. jueza trate de decir quién es quién.
El intelectual austríaco Franz Werfel, casi contemporáneo nuestro, pues murió en Viena al concluir la segunda guerra mundial, fue testigo de las atrocidades nazis en los juicios a los judíos y nos dejó esta recomendación, que es una regla de oro:
"El juez debe colocar su fuerza de parte del acusado, no sólo en interés de la justicia, sino en el descubrimiento de la verdad".
La C. jueza hace precisamente lo contrario. Las informaciones de los tres años de juicio han dejado la impresión arraigada de que Leticia Cobá Magaña coloca toda su fuerza a favor de la acusación, de la coadyuvancia, en un empeño notorio de bloquear el conocimiento de la verdad.
La C. jueza acepta las peticiones, los consejos, las sugerencias de la coadyuvancia. Cuando se trata de peticiones de la defensa las desecha. Ya se hizo de fama su fórmula de rechazo: "Notoriamente improcedente". No razona su negativa. Lo procedente es su santísima voluntad. Nuestra impresión es que no tiene nada de santa.
Tenemos el caso revelador de la radiografía que muestra, en el tórax de Flora Ileana, las esquirlas de metal que delatan el disparo de contacto que marca el suicidio. La C. jueza prohíbe que la defensa lleve a dos radiólogos que interpreten la radiografía.
La señora Cobá, si quisiera tener, en interés de la justicia, una certeza que le indicara la verdad, no se limitaría a autorizar que dos radiólogos interpretaran la radiografía: ella, la C. jueza, con las facultades que le otorga la ley, solicitaría al cuerpo médico yucateco que seleccionara a seis competentes radiólogos para que la auxilien en la correcta interpretación de una evidencia de tal importancia.
Las intervenciones de la C. jueza en los careos rayan en lo inverosímil. Hay que verlas y oírlas para creerlas. Pero, por increíbles que parezcan, las hemos visto, las hemos oído, las hemos publicado. Son hechos, no peritajes. Son sucesos, no documentos.
-Su Señoría -informa el abogado de Medina Millet en el careo-, la defensa desea presentar esta prueba...
-¿Para qué? No, no lo voy a permitir..
-Su Señoría, es necesario presentarla porque es parte del peritaje...
-No, de ninguna manera.
-Su Señoría, a los peritos de la acusación y de la Procuraduría les permitió usted que presentaran todas las pruebas que quisieron.
-Bueno, pero vamos a preguntarles primero -dice la C. Jueza.
-Señores peritos de la acusacion, ¿desean que la defensa presente la prueba?
-No lo deseamos -responden a coro.
-Señores de la Procuraduría, ¿consideran ustedes que es necesario que la defensa presente esa prueba?
-No, no lo consideramos necesario.
-¿Ya lo ven? -señala la C. jueza, dirigiéndose a la defensa-. No quieren. No es necesario que se presente la prueba.
Este diálogo, síntesis compacta de horas perdidas en discusión, es una evidencia, una más entre muchas, de que el caso Medina Abraham ha traspuesto la frontera de lo absurdo.
Si resucitara el Nazareno, que pronto va a resucitar, con el látigo sacaría de nuevo a los mercaderes del templo. Porque un juzgado debe ser un templo a la justicia. Porque el caso Medina Abraham ha convertido al tribunal en un mercado. Esa es nuestra impresión. La C. jueza no levanta un dedo para borrarla.
Sin recato, como si fuera el pan nuestro de cada día, o una tradición noble y entrañable heredada de nuestros antepasados, la señora Cobá Magaña ha demolido durante tres años, sin dejar piedra sobre piedra, los procedimientos judiciales, los derechos humanos y el sentido común frente a frente, cara a cara con la infinita paciencia del Colegio de Abogados. Arruinada, desvestida de su manto, la justicia cumple las faenas de una pupila de casa de asignación. Si el periodista fuera juez presentaría una demanda. Leticia Cobá ha devaluado, ha desacreditado el oficio hasta convertirlo en léxico de carretillero.
Nuestra impresión final lleva necesariamente a tres opciones que conducen a una sola conclusión inevitable:
1) Leticia Cobá Magaña no tiene noción de lo que significa ser juez. No sabe para qué se hace un juicio. Ignora para qué sirve un juzgado.
2) Sí sabe lo que significa ser juez, entiende para qué se hace un juicio, comprende para qué sirve un juzgado, pero se ha vendido. Es una juez venal, corrupta.
3) No es ignorante. Tampoco se ha vendido. Pero pone arriba de su dignidad, por encima de la verdad y la justicia, la consigna infame que recibe de sus superiores.
Cualquiera de las tres opciones identifican a Leticia Cobá Magaña como un peligro para la sociedad, como una amenaza al bien común.
En Estados Unidos, por ejemplo, por una sola de las irregularidades que vician la averiguación previa de la muerte de Flora Ileana Abraham, el juez ya habría puesto libre al acusado por falta de elementos: "Yo no sé si eres culpable o inocente, pero las pruebas presentadas contra ti no tienen ningún valor".
En inglés, el verbo "disbar" no significa "desbarrar". La traducción equivocada se ajusta bien a la trayectoria descarrilada de la C. jueza, pero la traducción correcta le viene mejor. "Disbar" significa "expulsar del foro". En los Estados Unidos, en Europa, las Barras de Abogados (o Colegios) prohíben el ejercio de la profesión a los abogados que la deshonran.
Nuestra impresión, formada y confirmada después de tres años de observarla de cerca, es que se hará un bien a la sociedad si a Leticia Cobá Magaña se la inhabilita en forma vitalicia para el cargo de juez, mientras se la somete a la averiguación judicial y el juicio que determinará, en su caso, si ella merece la condena que "al chaleco" quiere dictarle a Armando Medina Millet.
La inhabilitación es urgente, porque el Tribunal Superior de Justicia, cómplice o autor intelectual de los descarrilamientos del caso Medina Abraham, se ha atrevido en estos días a llamar a Leticia Cobá Magaña para que se encargue de ¡cursos de capacitación! a los jueces penales. La Iglesia en manos de Lutero.
Nuestra impresión final se puede resumir en seis palabras: "Su Señoría es notoriamente improcedente".
La sorpresa del procurador |
El caso Medina-Abraham |
Para bien o para mal |
¿Está dividida
la sociedad yucateca? |
El silencio de las
instituciones |
El rompecabezas |
Su Señoría es
notoriamente improcedente |
El silencio de los
acusados |