Al
oriente del Monumento a la Patria se levanta, aún con algunos
de los elementos arquitectónicos que la caracterizaron
en la primera década del siglo XX, la casona, hoy adecuada
como establecimiento de una franquicia estadounidense de cómida
rápida.
El
primer propietario de la mansión, marcada con el número
468, fue el Sr. Alejo Puga, quien la mandó construir en
1912.
La
residencia que después perteneció a diferentes dueños,
integrantes de la familia que la erigió, cobró relevancia
histórica por un incidente que se suscitó durante
el período gubernamental del Ing. Humberto Canto Echeverría
en el que se pretendió (1938), sin éxito, cambiar
el nombre original del Paseo de Montejo.
En
la entrada de la residencia hasta poco antes de la adecuación
del inmueble, existió un pedestal en el que destacaba una
placa con el nombre del cacique maya "Nachi Cocom",
con el que fallidamente se intento rebautizar la avenida.
Otras
de las construcciones de estilo neoclásico, características
de principios de siglos que, en un tiempo, vistieron al Paseo
de Montejo, fueron la ya desaparecida casa principal de la quinta
San Jacinto y el Centro Deportivo Bancario. El primer inmueble
fue derruido para construir, en el terreno, el primer hotel de
cinco estrellas en la ciudad. El segundo complejo corrió
con un poco de mejor suerte, ya que se conservó la casona,
en el que ahora funciona un restaurante de una cadena nacional.
En los antiguos campos deportivos del local se levantó
también el establecimiento de una cadena hotelera.
El
recuerdo y la añoranza de aquellos paisajes arquitectónicos
que se recortaban en el horizonte del Paseo de Montejo, que víctima
de la incosciencia de décadas anteriores fragmentaron y
desarmonizaron en gran parte la vía, se testimonian en
libros o escritos de la época, que también dejan
constancia de la importancia que desde principios de siglo representó
la avenida más importante de la ciudad: "Hoy los tamarindos
y altos ramones, con su verde y perenne follaje y alineados a
doble fila a cada lado del encantador Paseo de Montejo, invitan
al viandante a sentarse bajo su fresca sombra en bancas y confidentes.
Lindos
palacetes y aristocráticas casa-quintas, se levantan a
ambos lados del paseo y en sus recintos se cultivan aromosos naranjos
y toda clase de frutales. Enredaderas de todos colores suben por
los muros y tapiales. Lirios, azucenas y otras mil bellas y perfumadas
flores, en eterna primavera, engalanan los jardines, pues los
molinos de viento giran sin cesar vertiendo chorros de agua para
el regadío de los huertos y jardines que embalsaman las
mañanas, las tardes y las serenas noches meridanas. En
las bancas y confidentes, a mañana y tarde, recuerdan los
ancianos sus mocedades, enjugan sus lágrimas los tristes,
departen las enamoradas parejas, conversan los amigos, descansan
los artesanos y juegan los niños de cabecitas blondas,
mientras surcan la ancha avenida raudos automóviles en
los que ríe la alegre muchachada o respira el aire embalsamado,
con semblante taciturno, el melancólico enfermo. En las
noches, puertas y ventanas están abiertas, llenas de luz
y alegría, ¡Noches de plenilunio pletóricas
de aromas! Brisas del cercano puerto que cantan entre las frondas,
risas y, a veces, lágrimas!...
Esto
es hoy, en las mañanas, en las tardes y las noches, el
largo y bien alineado desmonte de 1899" (Trujillo de Echánove,
Op. Cit.: 153-154).