El
Monumento a la Patria
Arq.
Tomassi López, 1951
La
nación -como unidad geográfica, política
y económica, y como entidad moral y jurídica en
el concierto de los pueblos libres del mundo- merece el más
acendrado amor, el más grande respeto, la admiración
más honda y eterna de todos sus hijos, de todos sus habitantes.
Para
la patria nuestro más hermosos canto, el más alto
pensamiento, la vida entera. Este sentido de atracción
intelectiva, espiritual y física que nos une a ella; esta
grandeza de sentimientos que nos impulsa a considerarnos parte
de ellamisma, es el mismo en todos los idiomas, en todos los paises,
en todos los tiempos de la historia. La veneramos en lo subjetivo
de nuestra conciencia; la admiramos en nuestra razón; la
defendemos en su realidad objetiva. lla está en cada uno
de nosotros, y todos participamos de ella y contribuimos para
que sea digna y gloriosa en su historia y sus leyendas, en su
cultura y evolución.
Por
estos conceptos que acabamos de sintetizar nos pareció
indiscutiblemente loable la iniciativa del que fuera gobernador
del Estado de Yucatán en 1943, al convocar para la erección
de un monumento a la patria en una de las glorietas más
amplias de la ciudad de Mérida. El hecho de que se hubiera
cambiado esa gran plaza por otra, tiene más importancia
de la que muchos suponen. Las proporciones del momumento, según
el proyecto aprobado en sencillo concurso, se acomodaban a las
dimensiones de la plaza en cuyo centro debía erigirse,
esto es, en el cruzamiento de las avenidas de los itzáes
y Colón.
En
el momento de comenzar las obras se prefirió, inexplicablemente,
una de las glorietas de Paseo de Montejo. La consecuencia de este
cambio irreflexivo tuvo consecuencias gravísimas de proporcionalidad,
de tránsito, de falta de perspectiva para poder apreciar
sus extraordinarias dimensiones. Recordamos al respecto, haberle
expuesto entonces al señor gobernador de Yucatán
nuestro punto de vista que luego anotamos en un memorandum explicativo,
fundado en razones urbanísticas, de estética y de
construcción.
Sin
embargo, el monumento a la Patria comenzó a labrarse en
piedra de Ticul. Nuestro comentario no tenía más
importancia que el advertir las impropiedades arquitectónicas
que se cometían con tan lamentable cambio de ubicación.
Dejamos que el tiempo demostrara nuestras razones, entonces expuestas.
Y así han pasado algunos años durante los cuales
la censura salía de los cafés, brotaba de las reuniones
hogareñas, se hacía cada vez más bullanguera
y ostensible. Todo era motivo para nuevos chascarrillos; por cada
golpe de cincel de sus pacientes escultores se dejaba oir una
ola de protestas. En efecto, el monumento a la Patria, que se
construye en una de las glorietas de nuestro principal paseo,
tapona la circulación, impide el libre tránsito.
Es una mole enorme de piedra calcárea que absorbe tiempo
y dinero, esfuerzo físico y muchas ilusiones por parte
de sus autores.
Así
las cosas, siempre preferimos callar ante el temor de que se malinterpretara
cualquier protesta pública nuestra. hasta que un día,
no hace muchos por cierto, el escritor Guillermo de Luzuriaga
publicó una interesante crónica con el título
de "La Historia de México Tallada en roca de Ticul",
en la que aseveró, entre otras inexactitudes, que el famoso
artista colombiano Rómulo Rozo, autor de los trabajos escultóricos
y director general de la obra, con su "arrolladora voluntad
de cincelador de montalas" había tenido que vencer
"envidias, intriguillas, ESTRECHECES PRESUPUESTALES",
mezquindades políticas" durante la realización
del "mejor Monumento a la Patria de cuantos hay en nuestro
dilatado territorio..."
Y
por ser de justicia, vamos a demostrar, con datos irrefutables,
cuán infundada e imprecedente es la afirmación del
señor de Luzurriaga al considerar al actual gobierno de
Yucatán como autor o responsable de esas "estrecheces
presupuestales" que podrían ser el origen, la causa
de la lentitud constructiva del simbólico monumento que,
desde el año de 1945, se viene erigiendo en la citada glorieta
del Paseo de Montejo. Tal parece que el referido escritor ignora
que no solo no ha existido la cicatería señalada,
sino que se han sostenido, desde el principio, las ESPLENDIDECES
ECONÓMICAS y las facilidades de diversa índole,
como se demostrará al final de este comentario, para lo
cual haremos un poco de historia.
Con
fecha 13 de abril de 1943, el entonces gobernador del estado,
como ya se dijo, subscribió personales invitaciones para
que unos cuantos arquitectos e ingenieros yucatecos participaran
en un concurso privado de proyectos, con el fin de construir un
monumento a la bandera nacional. La base IV de la convocatoria
respectiva imponía: "la condición de que el
costo del monumento NO DEBERÍA EXCEDER, en total, a la
cantidad de $120, 000.00". No nos referiremos a los demás
términos de la mencionada convocatoria por construir disposiciones
legales y especificaciones, etc.
La
máxima cantidad acordada para la construcción del
monumento fué reconocida por todos como la que en realidad
correspondía a los recursos del Departamento de Obras Públicas
y la economía del Estado. Sin embargo, el jurado que calificó
el concurso no respetó esa condición económica,
previamente fijada. Dictaminó en favor de uno de los dos
únicos proyectos presentados, sin tomar en cuenta, asimismo,
ninguna de las bases de la convocatoria.
Se
reconoció que la obra premiada, con la firma de los distinguidos
arquitectos Manuel y Max Amábilis -a quienes extraña
e inexplicablemente no se menciona ya como los verdaderos autores
del proyecto- era digna de todo encomio desde los variados puntos
de vista de su conjunto monumental, estilo arquitectónico,
proporcionalidad y sobresalientes detalles ornamentales y simbólicos.
La obra fué premiada por sí misma, por su originalidad
y belleza, pero sin que respondiera a la quizá más
importante condición establecida: el no excederse, por
ningún concepto, de la cantidad de $120,000.00. Con sólo
haber estudiado los planos y las dimensiones fijadas, el jurado
calificador se hubiera dado cuenta de que no era posible realizar
tan gigantesca obra con dicha cantidad. Pero ante una caprichosa
consigna, de conveniencia política, todo fué comprendido,
dispensado, aceptado y previsto, a excepción de la grave
responsabilidad económica de quien heredaría el
compromiso de terminar el monumento sin conocer, como hasta hoy,
su verdadero presupuesto e importe total.
El
escultor Rómulo Rozo, al hacer la maqueta, modificó
detalles ornamentales e introdujo elementos compositivos de alguna
importancia para la síntesis anecdótica e iconográfica
de nuestra Historia Patria.
Se
aprobaron aquellas innovaciones escultóricas a pesar de
que algunas siguen siendo muy discutibles...y en el momento de
comenzar los trabajos se cambió el lugar de su ubicación,
se alteraron sus dimensiones, se puso al revés el hemiciclo,
se obstruyó el Paseo de Montejo con una masa arquitectónica
excesivamente desproporcionada a su glorieta, que casi establece
una solución de continuidad vial.
El monumento resulta demasiado grande
para la glorieta en que está emplazado. Habrá que
ampliar esta para poderlo inscribir en el cono visual del expectador,
que debe situarse siempre en fáciles y cómodos puntos
de vista. No existe correcta relación proporcional entre
las dimensiones del monumento y la distancia a que puedan colocarse
los espectadores. Esto es: ya está erigido el monumento,
falta tan solo crear la glorieta que corresponda para apreciarlo
sin grandes esfuerzos visuales.
Su
forma semicircular es una de las soluciones más bellas
de la arquitectura monumental y conmemorativa. A cambio de ser
muy elegante es muy costosa, por los complicados problemas de
estereotomía que se presentan en cada sillar. El origen
del hemiciclo debe encontrarse en Grecia, cuando se reunía
el senado para deliberar. En Roma se le concedió belleza
arquitectónica. Durante la edad media se aprovecharon sus
características formales en la creación de los grandes
nichos para las imaginerías y los envitralados ábsides.
En el Renacimiento se utilizó la forma hemicicloidal para
fondo escenográfico de estatuas mitológicas y de
cantarinas fuentes públicas. En todos los países
del mundo hay monumentos en forma de hemiciclo. Recordamos el
erigido en Italia a la grata memoria de Víctor Manuel;
el del Parque de Madrid, en España, con la arrogante estatua
ecuestre de Alfonso XII; y en México la del benemérito
Juárez, sobre la avenida de su mismo nombre. Pero en ninguno
de ellos, ni en otros muchos que no mencionamos porque sería
interminable la lista, encontramos la particularidad que ofrece
el Monumento a la Patria, que se construye en el Paseo de Montejo
de la ciudad de Mérida: dar mayor importancia a su fachada
convexa. En todos, desde su origen, es la fachada cóncava
la que ofrece el motivo principal. Por eso decimos que dicho monumento
está al revés, pues debió haberse puesto
en su parte cóncava el más importante motivo escultórico.
En consecuencia, debió voltearse todo él hacia el
sur, esto es, hacia el Paseo de Montejo.
Su
composición arquitectónica tiene mérito indiscutible
y originalidad, a pesar de sus macizos cuerpos superpuestos. Su
monotonía escultórica consiste en la repetición
de los elementos ornamentales y la abrumadora horizontalidad de
todos los personajes históricos que decoran, a manera de
friso, los altos y gruesos muros semicirculares. Tal parece que
todos los personajes de nuestra Historia Patria tuvieron la misma
estatura. Estas imágenes se atropellan, se apretujan entre
sí, se apiñan como queriéndose liberar de
ese cautiverio, de esa esclavitud estética.
Consideramos
que es un error de concepto el haber señalado, intencionalmente,
las juntas de las piedras poligonales que recubren la albañilería,
con lo que se pretende adornar el tercer y más alto cuerpo
arquitectónico. Quizá ese mismo muro hubiera quedado
en mejores términos de elegancia y sencillez si se hubiesen
suprimido esas juntas de yuxtaposición. Esas piedras poligonales,
como enormes cantos rodados, ofrecen mejores condiciones decorativas
en las fachadas de pequeñas residencias, pero le restan
monumentalidad y sobriedad a los grandes muros de la obra que
comentamos. Ni como estilización de nuestras albarradas,
ni como elementos decorativos son aceptables.
Además,
el monumento va siendo pintado como si se tratara de un cartel
publicitario, con un tinte rojizo que le quita la calidad escultórica,
que debió haberse respetado, y cuyo claroscuro era bastante
para acusar su corporeidad. Con ese procedimiento se invade el
campo de la pintura. La policromía arquitectónica,
y especialemente la escultórica, no es invención
exclusiva de los antiguos mayas: policromadas fueron todas las
culturas primitivas. Los fondos, y aún las mismas imágenes
en relieve, eran pintados con una intención planista. La
mediatinta se obtenía con la modulación propia de
la escultura. Los arquitectos mayas ponían color rojo a
los fondos planos de sus bajo relieves para hacer resaltar, por
contraste, las figuras que cincelaban, las cuales también
policromaban pero con colores planos sin matices o tonos intermedios
degradados. Fué siempre signo de decadencia el intentar
"modelar" con pintura, que es lo mismo que se hace precisamente
con los decorativos y simbólicos muros del monumento a
que nos referimos. Se pretende aumentr la corporeidad de los bajorrelieves
con esfumados rojizos, iguales a los fondos. Loq ue sucede, en
verdad, es que esos relieves tiene poca profundidad, esto es,
poco realce en proporción a las dimensiones de monumento
y dentro del estilo maya de su arquitectura. Se desea obtener
una impresión de profundidad a base de datos monocromáticos,
en vez de dejar que se defienda por sí solo el modelado
escultórico.
Cuando
ese color desaparezca, con el tiempo y la interperie, surgirán
los defectos escultóricos, al pobreza corpórea de
su tridimensionismo. y al decir esto, no dejamos de reconocer
que Rómulo Rozo pone en su trazo, en su composición
y modelado, toda la sensibilidad de su alma creadora y la potencia
dinámica de su cultura. Su pulcritud técnica lo
hace acreedor a nuestra admiración más entusiasta.
Pero
volvamos a su aspecto económico, ya que este paréntesis
estético podría ser prolijo, interminable.
Con
el estado de la cuenta oficial de erogaciones, que copiamos a
continuación, podrá enterarse Don Guillermo de Luzuriaga
de las esplendideces presupuestales del actual gobierno
del estado en la erección del citado monumento, cuyo importe
total , de haberse previsto, hubiera bastado para edificar 100
escuelas rurales, poe ejemplo, en otros tantos municipios, pues
también construyendo escuelas se honra a la Patria, quizá
con mayor utilidad y beneficio colectivo, aunque con menos monumentalidad
arquitectónica y significación estética.
Las
cantidades erogadas hasta ahora son las siguientes:
Al
primer de enero de 1945.........$4, 784.55
Al primer de enero de 1946.....$330, 000.00
Al primer de enero de 1947.....$184, 113.00
Al primer de enero de 1948.....$229, 000.00
Al primer de enero de 1949.....$312, 000.00
Al primer de enero de 1950.....$201, 000.00
Suma..................................$1,
330, 897.55
A
esta cantidad habrá que sumarle, aproximadamente 600, 000
pesos por los gastos de jornales y materiales durante los años
de febrero de 1950 a febrero de 1952, en que tal vez se terminen
las obras de construcción, con lo cual se obtiene la fantástica
erogación total de cerca de 2 millones de pesos. Hasta
el primero de febrero de 1950, ya se llevaba gastado más
de diez veces la cantidad de 120,000 pesos, fijada como máxima
en la convocatoria respectiva.
Y
cuando las obras se terminen, si es que algún día
pueden terminarse sin sorpresas desagradables, ya se habrán
invertido cerca de veinte tantos más de dicha cantidad
presupuestada. En consecuencia, ¿puede culparse al Gobierno
de Yucatán de haber interpuesto dificultades y ESTRECHECES
PRESUPUESTALES? Se ha demostrado todo lo contrario. ¡Es
magnífica y espléndida y única, para un artista
mediocre o consagrado, la oportunidad de realizar la obra de su
vida durante un tiempo que no se fija y con un presupuesto que
no se limita!...Pero así están las cosas urbanísticas
y administrativas de nuestra Mérida...