El
Día
de Muertos: Una celebración auténtica
Mi
mamá, educada por mi abuela y ésta a su vez por la suya,
estaba segura de que las obras de misericordia... con las
que siempre me revolví
y me hice bolas, y nunca supe bien a bien cómo
eran... (me daban mucha risa cuando mis compañeros del
catecismo las tergiversaban
todas y las recitaban al revés: enseñar al
desnudo, dar de beber al enfermo, visitar al sediento,
dar de comer al que
no sabe, etc...
Pero les decía
que mi mamá pensaba, estaba segura, de que estas
obras de misericordia deberían de cumplirse literalmente...
y ahí nos mandaba
a aquellos tétricos velorios de los hijos de Justo, a
cumplir con la más terrible, la de enterrar a los muertos.
Que el niño
se moría... y tal cual lo ponían en el suelo con sus velones, porque el contacto con la tierra daba
indulgencias. Y nosotros
ahí... Y ahí, en ese suelo de tierra apisonada lo
amortajaban, y nosotros ahí... Luego le traerían su cajita
blanca y comenzarían los rezos y el chirriar de tripas y el crujir de
dientes. Y nosotros ahí... Todos xiláan, como se dice,
erizados como pollos
pelones con las plumas esponjadas y horripilados, mirando como hipnotizados al finadito sin quitarle los ojos
de encima. Lucindo,
me acuerdo que se llamaba el pobre niño. Quién
sabe de dónde sacaban esas cosas, pero el niñito aquel
quedaba vestido de
blanco y con unas flores y una vara como de San José y
creo que hasta una corona, no me acuerdo muy bien -que
así, como un reyecito lo pondrían en aquella mesa, ahora que lo pienso tendría
que ser la misma mesa de los santos y la comida- así, entre
cánticos sollozantes.
Le rezaban y le
lloraban y tal pareciera que le estaban dando
pormenores de que ya no estaba en el mundo de los juegos,
con nosotros, y que
ya había que tomarse las cosas bien en serio, como
les digo. Tampoco sé de dónde salieron tantos vecinos y
parientes, pero de
pronto llegaban y llegaban a la casita aquella,
cariacontecidos y chinchinpiles, las mujeres escondiendo
la cara tras sus
rebozos, cada quien con su óbolo, sus botellas de
aguardiente, sus gallinas -vivas naturalmente- y sus condimentos
y sus pañuelitos,
hechos chach, como con envoltorios de dinero.
Pasarían
luego, después del entierro -a donde sí no nos dejarían ir o más bien no nos mandaban, que no es lo mismo- los días
del novenario, con
sus nocheras y sus horchatas y majablancos, en donde
el animita de aquel niño se iba enterando poco a poco,
durante ocho días,
de su nueva situación de difunto, para que, al fin de
cuentas, seguramente libre de polvo y paja, como uno de
esos globos de gas
que se escapan, pudiera tomar su camino al cielo...
He dicho que al
cementerio no nos mandaban. Es cierto. En
Yucatán, los niños y las mujeres no van al cementerio.
Creo que hasta hoy.
En otros lados, las mujeres comen encima de la tumba de
sus familiares, se emborrachan los deudos, juegan los niños...
lloran todos juntos. Aquí no. Cuando menos no nosotros,
digo, en mi casa.
Tal vez le hemos sacado demasiado al parche, pero yo no
conozco los panteones más que de pasadita.
Sólo cuando murió
mi madre... (esa vez fui por primera vez...
recuerdo que los coches de los asistentes al duelo a la
puerta de mi casa
eran tantos que parecían darle la vuelta al mundo) y cuando
murió mi padre... cuando yo, como varón hube de presidir
el duelo... y más nunca. Alguna vez, digo, al entierro de un amigo,
a la ceremonia de
algo, pero no muchas veces... Ni en mi casa de
soltero ni en la de casado... ni somos, ni hemos sido de
ir a los cementerios, y tal pareciera que somos seguidores de aquello
de que el muerto
al hoyo y el vivo al bollo. Pero no. Yo les juro que a
mis muertos, familiares, amigos, los adoro y para mí, aún
viven conmigo, y
como y bebo y me baño y camino con ellos a donde quiera
que yo vaya, como si fueran parte de mí mismo. Pero a los
panteones no.
Todo esto lo viví,
lo vi yo mismo con estos mis propios ojos
que, desgraciadamente, se los va a comer la tierra... -no
se sonrían- igual
que a los de ustedes. Nada de esto me gustó haberlo
visto, pero en cambio, eso sí, hasta hoy lo recuerdo muy
bien.
Tanto como recuerdo
haber sido testigo ahí mismo de la
celebración más auténtica del Hanal Pixán. El 1 de noviembre.
Todo empezaba cuando
aquel Justo, con sus artes de bombero, comenzaba a
escarbar un hueco en la tierra para hornear los pibes.
En él meterían entre él y sus hijos una cama de leña seca a la que
luego le prendían
fuego como para hacer carbón... y ya cuando estaba la
candela asomándose y saliéndose por los bordes, le echaban
unas piedras de gran
tamaño, como de albarrada...
Ahí, en ese
agujero, hornearían todo lo que era horneable:
pibispelones, pibinales, mucbipollos y chachachuajes...
luego le echaban
agua, un poco, para que aquello vaporizara, y lo tapaban
todo con tierra... Y yo, ahí me estaba, a las orillas,
cerca de la veleta,
mirándolo todo, agachado y meditabundo...
A mí me gustaba
hacerle k'oy a la masa cruda revuelta con la
manteca y el achiote -y sacarle un tremendo tsuk'aso-,
antes de que terminaran
de tortear las tapas de los mukes y comenzaran a
envolverlos en sus hojas de plátano. En todas las casas
yucatecas hay, todavía,
su rincón de matas de plátano para estos menesteres y
los tamales... antes, hasta para tortear sobre sus hojas.
Comerme el ts'uk
de masa de aquel k'oy, saborear el gusto de la mantecada y
el achiote, era como un anticipo, un adelnto del agasajo
inminente.
Si
estos amasijos y t'anes -porque la vianda siempre lleva su
t'an- se hacían en la cocina de mi casa, adentro, como
se dice... allá afuera,
en aquella casa depaja mientras tanto, hervía el
relleno negro con su santo aroma de epazote y chiles quemados
-qué tos Dios mío,
qué tos-, para que reinara entre todos los platos de
la dichosa mesa que luciría magnífica, entre flores, velas
y delicias, mil delicias
para que sólo las vieran los finados y nos
las comiéramos los puros vivos.-Fernando Espejo. 30 de
octubre de 1999