Reportajes Especiales


Receta para los pibes:
El hambre que tienen los muertos


Detrás del folclor local (Hanal Pixán) y del importado  ("halloween") hay significados, desde luego, que rebasan lo que  inmediatamente vemos y cuando menos en el que mejor conozco,  nuestro Hanal Pixán, el significado encierra una especial ternura:  agasajar a los muertos con una fiesta de sabor, color y rezo que  muestra cómo el amor puede perdurar más allá de la muerte física.  De la manera más simple puede parecer que Hanal Pixán es una  costumbre que repetimos con cierta inercia divertida, pero rascando  un poco en sus ajetreos de ollas, masa aderezada, huecos ardientes  y mesas donde se congregan los familiares vivos en honor de los  familiares muertos, subyace, como debajo de cada tumba, la idea de  una permanencia espiritual, una presencia más que fantasmal porque  el recuerdo es vida y es amor.

Donde mejor se encuentra este significado que honra a quien lo  recibe y, quizá más, a quien lo ofrece, no es en las mesas urbanas  en las que la sofisticación puede restarle un poco de su magia  simpática, sino en las rurales, donde los oferentes ciertamente  piensan más en los homenajeados desaparecidos poniendo sus  fotografías entre ramitos de amor seco, y disponiendo aquellos  manjares que recuerdan cómo agradaban y a quienes ya no pueden  degustarlos como antes: ciertos dulces caseros, cigarrillos,  bebidas alcohólicas, frutas... Y flotando sobre las mesas  artísticamente presentadas, las oraciones: ese alimento verdadero  para su actual estado completamente espiritual.

 Esto es lo más rescatable de la inveterada costumbre que  mezclando las herencias española y aborigen ha encontrado un noble  punto de convergencia: la muerte es universal y en su eternidad es  una modalidad de la vida la que, desde este lado, es considerada  como superior y no de balde se dice con alguna envidia que puede  sonar irónica: pasar a mejor vida.

No podemos sino especular acerca de la calidad de esa vida mejor  porque al pensar en la muerte ajena (la única que nos hace pensar)  dilatamos las fronteras corporales y sentimos que no todo puede  agotarse en ella y como que una exigencia de trascendencia se  desprende de esta gana de vivir para siempre.

 Supongo que es de todo punto incomparable la meditación sesuda  de un grave filósofo ante el hecho incontrovertible de que la  ocasión mundana caducará, con la sencillez y simpleza de las manos  diligentes que impregnan de achiote la masa amarillenta de los  pibes, que escarban en la tierra para depositar el manjar crudo  sobre piedras recalentadas cubriéndolo con hojas y que después  decoran una mesa modesta pero rica en cariño. Son experiencias  incomparables ciertamente pero su sentido es el mismo, al cabo,  pues es creer que el cese de las funciones corporales no aniquila  sino que transforma y aparta pero no excluye definitivamente a las  presencias amantes, amadas y amables. Por un lado ese sentido  trascendente es un discurso enhebrado con elaboradas premisas,  mientras que por el otro es un trajín que culmina en un platillo suculento.

 Somos capaces de amar con tanta intensidad que no nos arrebata  completamente el zarpazo helado de la Parca a alguien tan nuestro  que después de todo los dedos del alma seguirán acariciándolo.  "¿Dónde está muerte tu victoria?", se pregunta San Pablo cuando  comprende que en el evento triunfante de la Resurrección de Cristo  está el significado completo del drama redentor: no en la cruz  infamante, no en la humillación de la corona espinada, no en el  flagelo de la traición más doloroso que los látigos romanos, no en  la muerte provisional, sino en una tumba excavada en la roca pero  ya vacía.

 Es la esperanza de la Resurrección lo que da más sabor a los  pibes que todos los recados y las carnes sazonadas. Es la confianza  de que hoy comeremos los vivos en honor de los muertos como  anticipación de un festín en el que, por fin, volveremos a estar  todos juntos compartiendo.

Por eso, sobre esas mesas gozosas (¿por qué habrían de ser  tristes?) la mejor ofrenda no es la comida ni la flor sino la  oración: es eso lo que las almas vendrían a recoger del homenaje  que les dedicamos y hay que dárselo.

Por eso, en este Día de los Muertos, compartamos el pan y la sal  con los comensales vivos y ofrezcamos a aquellas presencias  intangibles lo que mejor puede colmar su hambre de trascendencia:  una oración.- E. M. R. de O.- Mérida, Yucatán, octubre de 1999.

 

En Contexto

* El Hanal Pixán

* El mucbipollo

* El pan de muerto

* El Hanal Pixán, costumbre y tradición

Opiniones

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Receta para los pibes
El hambre que tienen los muertos

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