Para los habitantes
de Mixquic . Al final del siglo el cambio domina la marcha de las naciones.
Es tan brusco y arbitrario que a muchas les hace perder
el paso, el rumbo
y en no pocos casos su
identidad. Como consecuencia, cuando
las naciones se miran al espejo, observan su rostro casi
siempre borroso.
Sólo la historia les recuerda quiénes han sido y
ocasionalmente les indica hacia dónde van.
El
vértigo que produce el cambio subyuga a la política y a los políticos. Nadie se salva: ni los estadistas. Quienes intervienen
en la cosa pública no tienen más remedio que gobernar con
y para el cambio.
Esa es la ley de su sobrevivencia. Si alguno se equivoca y
lo intenta frenar, tarde o temprano paga una costosa factura.
Al cambio sólo se
le puede gobernar con el cambio mismo.
El
cambio se interconecta con la vida diaria de los que habitan el planeta. Lo que sucede en un rincón de la tierra a unos
pocos, repercute
en otros muchos a miles de kilómetros de distancia. La
idea de la aldea global surge no como una defensa de fronteras
ya perdidas, sino
como una oportunidad para insertarse en un mundo en
donde nadie es ajeno al cambio permanente.
La
globalidad como un hábitat colectivo y el internet como su modalidad de comunicación individual confirman lo que decía
Heráclito de Efeso 500 a.C.: "El mundo es un flujo
perpetuo -no es posible
meterse dos veces en el mismo río ni tocar una sustancia
mortal en el mismo estado-. A causa de la velocidad del
movimiento todo se
dispersa y se recompone de nuevo, todo viene y va".
Ese
constante cambio que perturba la marcha de las naciones y la vida de las personas vence en casi todos los campos y
circunstancias. Sólo se salvan algunas creencias y ciertas
tradiciones que permanecen impávidas ante el transcurso
de los siglos y las
asechanzas del perpetuo cambio. También sobreviven
algunos vestigios, aun cuando paradójicamente no siempre
se conservan las
creencias y las tradiciones que en otra época les dieron origen. Las pirámides de México y de Egipto son un claro
ejemplo de ello.
Las
creencias y las tradiciones forman el alma colectiva de los pueblos. Son las que les dan identidad, independientemente
de que cambien los
contornos del Estado donde se alojan temporalmente.
Esas almas colectivas subsisten a pesar de conquistas,
invasiones, diásporas
o migraciones y también no obstante al avance de la
ciencia o de la técnica, o del mal o buen desempeño de
la economía o de las modificaciones en las condiciones materiales de
subsistencia. Las creencias y tradiciones corren transversalmente
entre ricos y pobres, entre jóvenes y ancianos, entre mujeres
y hombres, y entre los que pertenecen a una y a otra época.
Por
ejemplo, ni la invención de las computadoras, ni los
trasplantes de corazón, ni las guerras, ni los nuevos Estados,
ni los desastres
naturales, ni la miseria han variado la creencia de
un solo Dios en pueblos de Oriente y Occidente. Las diversas
religiones dan cuenta de ello, pero lo hacen cargando miles
de años a cuestas.
Esa es su carta de presentación ante el cambio que
algunos piensan puede trastocarlo todo y más aún cuando
está por inaugurarse un nuevo milenio.
Las
tradiciones como las creencias perduran generación tras
generación y se transmiten a través de padres a hijos
principalmente. Sin embargo, a diferencia de las creencias
que en ciertos casos abarcan
el pensar y el sentir de personas que se localizan en los cuatro continentes y que cruzan a casi todas
las naciones, las
tradiciones se asocian más concretamente con un
pueblo o con una región determinada. Eso sí, unas y otras
se esconden del tiempo. En el caso de las tradiciones son, como
acertadamente lo señaló Stefan Zweig: "murallas de
piedra hechas de pasados
que se ciñen en el presente".
En
México una de sus tradiciones más antiguas ha sido festejar
el culto a los muertos. Esta tradición se ha convertido
en un vaso comunicante
entre los mexicanos de todos los tiempos y por ello
forma parte fundamental de su identidad. La manera de cómo
los mexicanos perciben a la muerte los hace distinguirse de las
demás naciones. Octavio
Paz decía: "Que la muerte mexicana es el espejo
de la vida de los mexicanos". Tenía razón. La vida
como la muerte no
son actos solemnes; se les trata de tú a tú. A la muerte no se
le asocia con un ritual trágico y doloroso de separación,
por el contrario,
el Día de Muertos recuerda que la muerte permanece
siempre cercana a la vida.
Tanto
la tradición prehispánica de los antiguos mexicanos, como
la católica, han considerado a la muerte como una co
ntinuación
de la vida. Estas
dos ideas han permitido que de manera sincrética desde hace más de cuatrocientos años, se celebren en México
a los muertos los
primeros días de cada mes de noviembre. Aparentemente
el primero de estos festejos ocurrió en 1563, cuando el
religioso Sebastián
de Aparicio colocó una ofrenda de muertos en la Hacienda
de Careaga.
La
fiesta del Día de Muertos es una de las más populares entre
la población. Cada 1 y 2 de noviembre se ponen ofrendas
para que los difuntos
regresen a visitar a sus deudos. El primer día se hace
la ofrenda a los niños que está hecha con frutas, dulces
y juguetes, aparte
de las velas, del incienso, del copal, de las
flores de cempasúchil, del papel picado, de los crucifijos,
de algún santito, de las alfombras de pétalos y por supuesto de
los panes de muertos
cubiertos de ajonjolí y las calaveras de azúcar.
Al día siguiente se ponen las ofrendas para los adultos
difuntos, que incluyen
todo lo anterior -salvo los juguetes- y comida
picante, bebidas alcohólicas y también cigarros, dependiendo
del gusto, de las aficiones y hasta de los vicios del muertito.
Todas
las ofrendas tienen calaveras representadas en múltiples formas: la catrina, la dientona, la tilica, la flaca, la parca
y muchas otras que
toman del patrón de las famosas calaveras de
Posadas o de la inventiva popular. Las ofrendas son el
puente a través del cual se reencuentran vivos y muertos. En estas
festividades departen y comparten bebidas y alimentos,
juguetes y también
alguna otra prenda, mueble o enseres con los cuales se hubiere encariñado el difunto.
El
Día de Muertos no se festeja con la solemnidad acostumbrada
en el mundo occidental. En México cada año a los difuntitos
se les apapacha como
a uno más de la familia. Eso también lo hace ver
Octavio Paz en su Laberinto de la Soledad: "Para el
habitante de New York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás
se pronuncia porque
quema los labios. El mexicano en cambio, la
frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja,
es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente".
Siempre
es bueno recordar que las tradiciones tienen más fuerza
que el cambio que la historia produce. Su resguardo lo
encuentran en las
más profundas convicciones del pueblo. Ahí donde no llegan
ni guerras, ni confrontaciones políticas, ni discusiones
ideológicas. Es donde los mexicanos nos reencontramos,
aunque para muchos
pase inadvertido un día como el de muertos. Santiago Creel Miranda.
México, D.F., 3 de noviembre de 1999.