En
los albores de 1910, México se encontraba en plena efervescencia
social, motivada por los 30 años de la dictadura porfiriana.
El
movimiento preparado en Mérida, Yucatán, para que
estallara el 14 de octubre de 1909, para derrocar al régimen
que presidía Enrique Muñoz Aristegui, fracasó
y fueron encarcelados los organizadores y la gente del pueblo
que con entusiasmo secundaron la temeraria empresa.
A
principios de 1910 fue nombrado jefe político de Valladolid
el capitán retirado Luis Felipe de Regil, quien al llegar
a la ciudad empezó a dictar órdenes que no gustaron
al pueblo vallisoletano, creando una inconformidad general. Días
antes había llegado a esta ciudad oriental Maximiliano
R. Bonilla, después de haber estado en prisión como
cabecilla del fracasado movimiento insurrecional de Mérida
de 1909.
Bonilla se reunió con simpatizantes del movimiento revolucionario
de Valladolid el 10 de mayo de 1910 en el paraje Dzelkoop, entre
los que se encontraban Juan de Mata Pool, José Crisanto
Chi, José Candelario May y Miguel Ruz Ponce.
En
la madrugada del 4 de junio de 1910, Valladolid fue testigo de
la "Primera Chispa de la Revolución Mexicana",
cuando el grupo encabezado por Miguel Ruz Ponce, Maximiliano R.
Bonilla, Atilano Albertos, José E. Kantún y muchos
otros heroicos revolucionarios yucatecos que lucharon en aras
de la libertad y de un México nuevo, asaltó el palacio
municipal de la Sultana de Oriente, declarándose en plena
rebelión contra el régimen de Porfirio Díaz.
Este
movimiento revolucionario, se inspiró en el Plan de Dzelkoop
en el cual el revolucionario Miguel Ruz Ponce, en su calidad de
secretario, asentó lo siguiente: "Este pueblo, que
a diario siente en las espaldas el flagelo del caciquismo, no
puede soportar más tiempo las arbitrariedades del temido
dictador que ha visto impávido su agonía y su miseria
y se ha burlado de sus sagrados derechos por mantenerse en el
poder".
El
pueblo vallisoletano de aquel entonces, con esa valentía
y heroicidad legada de sus ancestros, se lanzó a la lucha
para defender sus derechos, con tal decisión que incluso
fue movilizada la guardia nacional bajo las órdenes del
coronel Ignacio A. Lara, con 65 soldados y 300 rifles para armar
a los hombres que cogiera en la leva. También fue movilizado
desde el puerto de Veracruz el 10° Batallón de línea,
al mando del coronel Gonzalo Luque, para ir a combatir a los rebeldes
de Valladolid, y otro contingente al mando del general Bravo desde
el vecino estado de Quintana Roo.
Después
de cruentos enfrentamientos por diferentes puntos de la ciudad
defendida por los valientes revolucionarios, los "federales"
-con mejor armamento-dominaron la plaza- cayendo prisioneros -entre
otros- Maximiliano R. Bonilla, Atilano Albertos y José
E. Kantún, quienes fueron sentenciados a la pena máxima.
Los demás fueron condenados a purgar largas condenas en
San Juan de Ulúa.
Se
formó un Consejo de Guerra, quienes trajeron instrucciones
especiales del presidente de la República para sentenciar
a muerte a los revolucionarios vallisoletanos.
La
sentencia se cumplió el 25 de junio de 1910, en el patio
del entonces abandonado templo de San Roque. A las 4 de la tarde
se formó el pelotón de fusilamiento de Bonilla,
Albertos y Kantún: 20 tiradores al mando del teniente Ferrer
Díaz cumplieron la ejecución.
El
sacrificio se había consumado. Pero la sangre de los revolucionarios
vallisoletanos que regó el suelo de esta heroica Valladolid,
no fue infructuosa, fue la chispa revolucionaria que encendió
la lámpara votiva de la libertad del pueblo mexicano.
Cada
año, en la noche del 3 de junio, se lleva a cabo en Valladolid
el simulacro de la toma de dicha plaza por las fuerzas revolucionarias.
En dicha fiesta hacen acto de presencia los representantes de
los tres poderes del Estado llevando ofrendas florales hasta el
lugar donde fueron fusilados estos verdaderos héroes, que
con su sangre y sus vidas escribieron una página en la
historia de Yucatán y México.