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100 años de la muerte de Giuseppe Verdi
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Publicación del sábado 27 de enero de 2001

Verdi y sus óperas

La música que unió a una nación

Por Cecilia SOTO

Originalmente titulé este artículo “Cien años sin Verdi”, pues este 27 de enero se cumple un siglo del fallecimiento del gran músico italiano. Pero, pensándolo mejor, resulta evidente que durante el siglo 20 disfrutamos más de su talento que sus contemporáneos del 19, pues gracias a los avances en los equipos de sonido y en los medios de comunicación ya no es necesario vivir en alguna ciudad que cuente con una compañía de ópera para gozar de este hermoso espectáculo. Verdi quiere decir verde en italiano, así que no es un gran abuso pedir prestados los versos del Romancero Gitano de Federico García Lorca para rendir un pequeño homenaje a quien sigue llenando las salas de espectáculos y conmoviendo los corazones con los grandes temas del espíritu y el amor humanos y una música tan bella que no nos abandona y se queda, necia, como un tarareo en nuestros labios.

Verdi es el mejor ejemplo de la forma aparentemente caprichosa en que se reparte el talento. A veces lo vemos florecer en dinastías; otras lo asociamos a una educación privilegiada o a un ambiente cosmopolita y complejo en el que pareciera natural la maduración de un genio. Pues nada de esto se cumple en el caso de Giuseppe Fortunio Francesco Verdi, quien nació en La Roncole, un pequeño caserío del ducado de Parma, en octubre de 1813, cuando esa región del norte de Italia se encontraba ocupada por las tropas napoleónicas. Verdi, que tanto contribuyó al nacimiento de la república italiana, nace formalmente francés.

Los padres de Giuseppe eran campesinos analfabetas muy pobres, pero algo vio su padre en el pequeño que, cuando cumplió 7 años, le regaló una espineta, especie de clavecín o clavicordio muy sencillo que Carlo Verdi pudo comprar, ya que el pianoforte o piano, instrumento que gracias a los pedales podía oírse —como dice su nombre— quedo (piano) o fuerte (forte), ya había mandado a clavicordios y espinetas al rincón de lo obsoleto. El niño Giuseppe demostró tanto apego a la espineta que el padre lo llevó tres años después a Busseto, donde había coros en la iglesia, músicos locales e incluso a donde llegaban algunas compañías de ópera y de música ambulantes. Verdi quedó bajo la protección de Antonio Barezzi, hombre de recursos y aficionado a la música, quien supo captar las dotes del niño y le ayudó con sus primeros años de educación musical. Para ir a ver sus padres, Verdi recorría a pie todos los fines de semana los cinco kilómetros que lo separaban de La Roncole, pero lo hacía descalzo para no gastar su único par de zapatos. En una situación parecida a la de Benito Juárez y Margarita Maza, Verdi se casa más tarde con la hija de su mentor, Margherita Barezzi.

Verdi leyó de joven un libro que influiría en él profundamente, “I Promesi Sposi” (Los Novios), de Alejandro Manzoni, obra fundamental en la construcción de la lengua y la identidad italianas. Manzoni completa la obra iniciada seis siglos antes por Dante Alighieri en la construcción de una lengua nacional, pues hay que recordar que cada región tenía su dialecto. Para su obra, Manzoni deliberadamente escoge el toscano, lengua hablada en la amada Florencia del Dante, para ampliarla, liberarla de latinismos y antiguallas y construir el italiano moderno. Con el pretexto del drama de un par de prometidos que no se pueden casar, Manzoni describe la tragedia de Milán bajo la plaga de la peste en el siglo XVI y la situación de injusticia social causada por la monarquía y la explotación de los pequeños señores sobre una población fragmentada.

Verdi queda prendado de la profunda humanidad de los personajes de Manzoni y del proyecto de una Italia unificada, libre de la dominación del imperio austrohúngaro que asentaba su poderío precisamente en Milán. Surgido en un entorno de grandes carencias, frustrada su educación musical formal tanto en Busseto como en Milán, por su condición social, y habiendo perdido muy joven a su primera esposa y a sus dos únicos hijos, sus óperas proyectan a personajes llenos de pasión y matices y en los que se transparentaba el drama humano y político de la época, no importando que la censura le obligara a situar la trama en épocas y lugares completamente lejanos. Quizá el caso más ejemplar de su capacidad para interpretar el ánimo popular y hablarle al alma de los espectadores es la popularidad de su Va Pensiero (“Vuela sobre las alas doradas del pensamiento...”), himno del coro de Nabucco, su primera ópera exitosa, considerada por muchos como el verdadero himno de Italia.

Giuseppina Strepponi, soprano que participó en el estreno de Nabucco, fue su segunda mujer. Madre soltera, exitosa cantante e independiente económicamente, fue la fiel compañera de Verdi y juntos soportaron el rechazo social y la maledicencia de un pequeño pueblo como el de Busetto, donde se establecieron antes de comprar una finca rural cercana, en la que Verdi dedicó muchas de sus energías a la agricultura.

Verdi fue un patriota convencido. Son numerosas las anécdotas de las ocasiones en las que la policía tenía que intervenir para aplacar a los espectadores que interpretaban algún pasaje de su música como una invitación a la causa republicana y armaban un verdadero mitin político. Ya he escrito en otra ocasión cómo surgían “pintas” con la leyenda “Viva VERDI” que no representaba sino las iniciales de “Vittorio Emanuel, Rey de Italia”, el monarca escogido por Cavour para unificar Italia. El gran músico colaboró con fusiles, dinero y su prestigio para la causa de la unificación italiana. Fue diputado electo al primer Parlamento del reino de Italia y después fue nombrado senador vitalicio.

Pero lo recordamos sobre todo por su Traviata, adaptación de “La Dama de las Camelias”, de Alejandro Dumas hijo, sobre el drama de una mujer de la vida galante consumida por la tuberculosis y el amor por un joven de la “buena sociedad”. Muchos interpretan esta obra, que gira en torno el rechazo social y el amor verdadero, como una referencia a su propio drama con Giuseppina. Lo recordamos también por su Rigoletto, en el que la pasión por la venganza destruye a su perpetrador y se retrata además el desdén de los poderosos por los sentimientos y vidas de sus vasallos. El aria de La donna é mobile (la mujer es veleidosa), con todo y lo machista que nos pueda parecer a las feministas de hoy, es el perfecto himno de un conquistador, Il Trovatore. Aída, compuesta para la inauguración del Canal del Suez, es una obra que por su gran vistosidad sirve como iniciación perfecta para niños y jóvenes en el mundo de la ópera. Verdi rinde homenaje a Federico Schiller con Luisa Miller, basada en “Intriga y Amor” y con Don Carlos, basada en la obra homónima y a Shakespeare con Otelo y con Falstaff, esta última basada en “Las Alegres Comadres de Windsor”.

Es imposible asistir a sus óperas y permanecer indiferentes. Salimos tarareando La donna é mobile con el alma conmovida por el dueto entre Don Carlos y Rodrigo y su alabanza al tema de la amistad fraterna y la libertad. Bajamos las escaleras del Palacio de Bellas Artes —convertido en un verdadero palacio por la magia de la música—, casi bailando, con el pensamiento volando sobre alas doradas, liberados de la esclavitud del aquí y el ahora por el efecto poderoso de la belleza. íViva Verdi!— C.S.— México, D.F., enero de 2001.

 
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