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Caso Watergate: a medio siglo de la trama de espías que tuvo un triste final

El caso de espionaje más sonado de los medios, llevó a la renuncia del presidente Richard Nixon. Así es como Diario de Yucatán reportó el caso hace 50 años.
jueves, 16 de junio de 2022 · 07:50

En la semana de junio de 1972 en que ocurrió el incidente que originó el “caso Watergate” estaban sucediendo acontecimientos relevantes para México y el mundo.

El presidente Luis Echeverría Álvarez se encontraba en esos días en Estados Unidos para encabezar una serie de reuniones, entre ellas unas con Richard Nixon. En la UNAM se reportaban actos de violencia estudiantil. La guerra de Vietnam continuaba —su final ya estaba muy cerca—, el chileno Salvador Allende hacía cambios en su gabinete en un intento por reconducir la política del país que un año después viviría un golpe de estado, y pilotos de aerolíneas internacionales emplazaban a una huelga, cuyos efectos se habrían de sentir incluso en Mérida, para exigir medidas contra la piratería aérea.

Así reportó el Diario de Yucatán el caso Watergate

A nada de ello pudo arrebatarle su lugar en la portada del Diario la noticia de la detención, la madrugada del 17 de junio de 1972, de cinco intrusos en la sede nacional del Partido Demócrata de Estados Unidos en el edificio Watergate, en Washington.

Este incidente, enmarcado en el proceso electoral que en noviembre confirmaría a Nixon para un segundo mandato, fue adquiriendo trascendencia internacional con el paso de los meses gracias a las revelaciones de investigaciones periodísticas, en especial las de Bob Woodward y Carl Bernstein para “The Washington Post”, pero también de reporteros de “The New York Times” y “Los Ángeles Times”.

De hecho, la primera vez que este periódico publicó información de una agencia de noticias sobre el suceso fue el 30 de agosto de 1972, dos meses y medio después del arresto de los hombres que pretendían instalar equipos de espionaje en las oficinas del Partido Demócrata: el cable de United Press Internacional (UPI) recogía la admisión del presidente estadounidense de que se habían registrado “violaciones técnicas” en la administración de los fondos de su campaña, “pero agregó que los demócratas a su vez eran culpables de análogas imputaciones”.

“Nixon señaló también que una investigación encomendada a un abogado de la presidencia, John W. Dean, había demostrado que ‘ningún miembro actual del personal de la Casa Blanca o de esta administración’ guardaba relación alguna con la irrupción descubierta el pasado junio en la sede nacional del Partido Demócrata, en Washington”, añadía la agencia.

“Nixon calificó lo ocurrido como ‘un incidente curioso’ y agregó: ‘Estamos haciendo todo lo posible por investigarlo y no ocultarlo’”.

Denuncias y triunfo de Nixon

En septiembre de ese año, los lectores de este periódico conocieron la demanda judicial del Partido Demócrata contra integrantes del Comité Pro Reelección de Nixon por la operación de espionaje y su financiamiento con recursos de la campaña presidencial.

Al mes siguiente, un cable de UPI citaba a George S. McGovern, candidato demócrata a la presidencia, que afirmaba que la vergüenza por la guerra de Vietnam y “la entera mezcla de corrupción, sabotaje y espionaje” en Washington le asegurarían el triunfo en las votaciones.

Sin embargo, las denuncias de vigilancia ilegal no fueron suficientes para impedir que Richard Nixon ganara las elecciones del 7 de noviembre.

El escándalo aumentó de dimensiones en 1973, a raíz de la creación en febrero de un comité en el Senado estadounidense para investigar los hechos. Uno de los intrusos ya convictos confesó en marzo que la operación de espionaje involucraba a funcionarios cercanos al presidente, entre ellos John Dean, L. Patrick Gray, director interino del FBI, y Henry E. Petersen, a cargo de las averiguaciones en el Departamento de Justicia.

En abril, tal como lo reportó el Diario con un cable de UPI, renunciaron Gray y Jeb Stuart Magruder, secretario adjunto de Comercio y uno de los directores de la campaña de reelección del presidente. Este último confesó que la vigilancia ilegal era conocida y aprobada por el círculo cercano de Nixon, que trató de encubrirla.

Al renunciar su secretario de Justicia (Richard G. Kliendienst), el jefe de personal (H.R. Haldeman), el asesor de política interna (John D. Ehrlichman) y Dean, Nixon dirigió un mensaje a la nación en el que, de acuerdo con UPI, aseguró que “la responsabilidad recae aquí, en esta oficina; yo la acepto, la Casa Blanca no encubrirá a nadie”.

“Deseo que el pueblo americano, deseo que ustedes no duden que durante mi período de ejercicio la justicia será resguardada limpia, completa e imparcialmente”.

El presidente estadounidense, bajo sospecha

Para entonces la sombra de la sospecha ya envolvía al presidente. Una encuesta de la firma Gallup, cuyos resultados publicó el Diario el 5 de mayo de 1973, mostraba que para el 50 por ciento de los consultados Nixon había participado en el encubrimiento del escándalo y el 35 por ciento declaraba lo contrario.

El 17 de mayo empezaron las audiencias públicas de los testigos ante el Senado, que se transmitieron por televisión. El mandatario seguía insistiendo en que desconocía la operación y a nadie había prometido perdón por declararse culpable.

“La conversación por teléfono de Nixon es grabada” fue el título del artículo publicado por este periódico en su portada del 17 de julio de 1973, que daba cuenta de una revelación que incidiría en el curso del escándalo. Hasta entonces, la investigación se había basado en testimonios orales y documentos. Eso cambió cuando Alexander P. Butterfield, exasistente interno de la Casa Blanca, confirmó que desde 1970 se grababan todas las conversaciones y llamadas telefónicas que recibía el presidente estadounidense en la Casa Blanca y su residencia de descanso de Campo David.

Según afirmó Butterfield, el propio mandatario así lo había solicitado.

''La masacre de la noche del sábado''

La Casa Blanca se opuso en principio a entregar las grabaciones al comité investigador y al fiscal especial del caso, Archibald Cox, con el argumento de que estaban protegidas por el privilegio ejecutivo. Esa negativa condujo a la “masacre de la noche del sábado”, en la que, como dio cuenta el Diario el 21 de octubre, Cox fue despedido por órdenes del presidente debido a su actitud de “desafío descarado y escandaloso” al Ejecutivo.

En la “masacre” rodaron asimismo las cabezas de William D. Ruckelshaus, quien fue cesado como subsecretario de Justicia por oponerse a despedir a Cox, y Elliot L. Richardson, secretario de Justicia, quien renunció por la decisión del primer mandatario.

Pero la investigación no se detuvo y la Casa Blanca terminó por ceder y entregar las primeras grabaciones de las reuniones presidenciales. El 1 de noviembre se nombró a Leon Jaworski como nuevo fiscal especial.

En marzo de 1974, siete altos funcionarios de la Casa Blanca fueron acusados formalmente —y eventualmente hallados culpables— de obstrucción de la justicia, encubrimiento, perjurio y destrucción de documentos probatorios en relación con el escándalo. En julio, el Congreso de Estados Unidos debatió la posibilidad de someter al mandatario a juicio político, lo que finalmente acordó recomendar la Comisión de Justicia de su Cámara de Representantes.

En agosto, Nixon admitió que días después de la irrupción en las oficinas del Partido Demócrata ordenó al FBI limitar su investigación del hecho para ocultar que integrantes de su comité de reelección estaban involucrados. Esto se podía escuchar en una de las 64 cintas adicionales —en específico la conocida como “pistola humeante”— de conversaciones que la Suprema Corte le había ordenado entregar.

La revelación convenció de su culpabilidad incluso a quienes lo seguían defendiendo en el Congreso, lo que llevó a varios de ellos a pedirle al presidente que renunciara para evitar ser enjuiciado y hallado culpable.

La renuncia del presidente de Estados Unidos

El 9 de agosto tuvo lugar la esperada dimisión, la primera de un presidente en la historia de Estados Unidos. En un discurso por televisión la noche anterior, Nixon declaró que “nunca he abandonado un cargo” y que hacerlo “antes de que finalice mi mandato es repulsivo para cada instinto de mi cuerpo”; sin embargo, “como presidente, el interés de los Estados Unidos es primero”.

“Si alguno de mis juicios fueron equivocados —y algunos lo fueron— creo que fueron hechos en el mejor de los intereses de esta nación”.

Manifestó asimismo que hubiera preferido someterse al juicio político, pero eso habría sido un “esfuerzo peligrosamente desestabilizador”.

Al mediodía del 9 de agosto, el vicepresidente Gerald Ford tomó posesión como mandatario en una ceremonia en la que aseguró que “nuestra larga pesadilla ha terminado, nuestra Constitución funciona, pues nuestra gran república está gobernada por la ley y no por los hombres; aquí es el pueblo que gobierna”.

Un mes después, el 8 de septiembre, Ford otorgó el “perdón pleno, libre y absoluto” a Nixon por las ofensas cometidas cuando ejercía la presidencia.

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