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Yucateca Andrea Basteris fotografía Chernóbil y expone en Europa

sábado, 25 de junio de 2022 · 01:30

En el año 1986 ocurrió el desastre nuclear más grave en tiempo de paz de toda la Historia: una explosión en el reactor nuclear de la planta de Chernóbil, en la extinta Unión Soviética, propició el éxodo simultáneo de miles de habitantes de aquella joven ciudad, que escapaban de los efectos de la radiación, convirtiéndola en menos de una semana en un pueblo fantasma condenado a quedar así por cientos, tal vez miles de años antes de que pueda volver a ser habitable.

En ese mismo año, al otro lado del mundo, en Mérida, Yucatán, nacía Andrea Basteris Rubio, quien al cumplir sus primeros 17 años de vida comenzó a experimentar con el arte de dibujar con la luz y capturar un instante para preservarlo por siempre: la fotografía.

Treinta años después del desastre de Chernóbil y de su nacimiento, Andrea Basteris salió al encuentro de lo que sería, hasta ahora, la aventura fotográfica más extraordinaria y peligrosa que jamás ha emprendido: documentar, cámara en mano, los vestigios y mudos testimonios de lo que en la actualidad es esa ciudad.

Ya pasaron seis años de aquella experiencia que la marcó como persona y como artista de la lente (para ella no es lo mimo un fotógrafo que un artista).

Yucateca en el Soho Works de Londres

Ahora, sus mejores 40 capturas de espacios y elementos de Chernóbil, obtenidas en las 16 incursiones que realizó a la peligrosa zona, serán mostradas y puestas a la venta el próximo martes 28 en la exposición y subasta titulada “Life in the Half Life (La vida a medias)”, a partir de las 6 de la tarde en el Soho Works londinense.

En entrevista con Diario de Yucatán, Andrea Basteris se sumerge en los recuerdos de aquella experiencia para revelarnos no solo la intensidad y el dramatismo que envuelven las imágenes de una gran ciudad fantasma, sino que indirectamente las mismas nos hablan de un suceso que marcó el curso de la vida y la historia de las familias que ahí habitaban.

Una mórbida curiosidad mueve a la yucateca a adentrarse a un mundo paralelo, donde el tiempo se detuvo, y que ahora comparte a través de sus fotografías.

La Licenciatura en Nutrición, la cual concluyó en la Universidad Anáhuac, parecía llenarle con futuro y recursos. Dedicada a los estudios, nada en la vida de Andrea Basteris le hacía siquiera suponer lo que el destino le iba a deparar.

Si bien para ella la fotografía no era algo nuevo, toda vez que disfrutaba de practicarla desde los 17 años de edad, en el fondo sabía algo muy importante: la fotografía es un hermoso pasatiempo pero no se vive de él, al menos no en México.

Estudios de fotografía en Nueva York

Por esos azares que tiene la vida, Andrea Basteris tuvo la oportunidad única de estudiar fotografía profesional en una prestigiada escuela de la ciudad de Nueva York, el International Center of Photography. Ahí llevó algunos de los trabajos fotográficos realizados por ella hasta entonces, imágenes coloridas de paisajes y entornos, y le dijeron: “Tu trabajo es muy bonito, pero queremos saber hacia dónde te diriges. ¿Vas a ser fotógrafa o artista de la lente?”.

“Esta pregunta me hizo pensar qué era lo que yo quería, porque se puede ser un muy buen fotógrafo sin ser un artista, pero para ser un artista de la fotografía se necesita algo especial; mi respuesta fue ‘artista de la lente’”, cuenta Andrea.

“Lo que quiero, a través de las imágenes que capturo, es causar sensaciones en quien las ve, crear conciencia, asombrar, en fin, que una fotografía hable, diga y perdure, sea testimonio y por tanto una lección para aprender”, añade.

Tras cuatro años de estudiar fotografía en Nueva York, Basteris se mudó a Europa; por mucho tiempo se dedicó a capturar imágenes, tanto de paisajes como de la vida en algunas grandes ciudades.

Yucateca en Irlanda

Estando instalada en Irlanda, en cierta ocasión encontró una empresa que se dedicaba a planear recorridos por diversos lugares para darle a los fotógrafos la oportunidad de desarrollar sus habilidades y talentos en entornos diferentes o poco conocidos. Uno de esos recorridos era Chernóbil y el objetivo, levantar imágenes que servirían para realizar posteriormente un documental sobre el desastre nuclear en ese sitio, en el 30o. aniversario de aquel fatídico día.

A Andrea Basteris le dio una enorme curiosidad realizar su trabajo fotográfico en Chernóbil, la historia del desastre estaba ligada al mismo año de su nacimiento, 1986; el lugar tenía deshabitado tantos años como ella de edad.

“Chernóbil es un suceso que de alguna manera está unido a mí, al menos porque ocurre en el año en el que yo nací; cada vez que escuchaba lo sucedido y todo lo que se generó después de que la ciudad quedó deshabitada, más me pongo a pensar en todo aquello que vivieron sus habitantes, cómo de un momento a otro la vida les cambió. Quizá por todo ello yo tenía una enorme curiosidad por estar ahí, adentrarme a un lugar en el que el tiempo se detuvo, donde nadie podrá habitar en los próximos 5,000 años”, expresa.

Participar en el proyecto no sería fácil, los interesados en el mismo debían llenar una solicitud y presentar una serie de requisitos, pues no cualquiera podía ser considerado para ir al lugar. De hecho, Andrea recuerda que después de hacer todos los trámites pasó tanto tiempo sin recibir respuesta que se olvidó por completo del asunto.

El viaje a Chernóbil

“Pasaron las semanas y no recibí repuesta, supuse que no me consideraron, pero tres meses después esta empresa se puso en contacto conmigo y me dijo que había quedado en el equipo de cuatro fotógrafos que irían a Chernóbil: un inglés, un irlandés, un alemán y yo; fui incluida como ‘la mirada americana hacia Chernóbil’”, relata.

Desafortunadamente para “la mirada americana”, la visión europea gozó de más facilidades para partir de inmediato a la zona del desastre, mientras que ella tuvo que reunir una serie de documentos y requisitos extraordinarios que retrasaron su partida. Para cuando pudo hacerlo, el grupo europeo, todos hombres, ya había concluido su permanencia, de modo que le tocó hacer el recorrido sola.

“La agencia puso a mi disposición un guía, un hombre que vivió en Chernóbil durante su infancia y que presenció aquel momento y los días subsecuentes, cuando su familia se vio forzada a dejar atrás su hogar”, evoca Andrea.

El guía no hablaba español y su inglés no era del todo fluido; ella no hablaba ruso y su inglés tampoco era de lo mejor, sin embargo se acopló al guía y poco a poco la barrera del idioma fue derribada.

¿Cómo es visitar Chernóbil?

“Recuerdo que cuando llegué a la frontera, a pocos kilómetros de Chernóbil, el lugar estaba lleno de militares y científicos, los primeros uniformados y los segundos de batas blancas”, relata. “Para acceder a la zona contaminada es necesario portar siempre un dispositivo que, a manera de dije colgado al cuello, almacena información sobre los niveles de radiación a la que cada persona se expone. Esa información sirve para efectos de investigación pero además es una especie de ‘seguro médico’ que permite a los especialistas saber si una persona está en riesgo por una sobrexposición”.

Asimismo, antes de que se le permitiera pasar a la zona contaminada se le explicó que no podía tocar nada del lugar ni sustraer ningún objeto, nada a manera de “souvenir”, hacerlo era una violación a los protocolos de seguridad impuestos en la zona con la intención de mantener aislada la radiación. No obedecer es hacerse acreedor a una sanción y no se le permitiría entrar nunca más al lugar.

“De las cosas que recuerdo y que me impactaron fueron los juguetes, los juegos infantiles, parques recreativos, muñecas, el interior de las casas, las habitaciones, las camas y las cortinas, así como las tiendas y los negocios; una ciudad entera de jóvenes —se dice que el promedio de edad de los habitantes de Chernóbil era 35 años y tenía una creciente población infantil— desapareció en unos cuantos días y nadie podía llevarse nada”, apunta Andrea.

“La ciudad luce los estragos del abandono y el paso del tiempo. La radiación no es pareja en toda la ciudad, hay lugares donde el nivel es tan alto que está absolutamente prohibido siquiera acercarse, pero por otro lado hay zonas donde el nivel es relativamente bajo y en consecuencia el riesgo es menor”, añade.

Yucateca en Chernóbil

“No era miedo lo que yo sentía, mis emociones eran un poco más de empatía con las familias del lugar: cómo fueron esos momentos y cómo cambió la vida, no solo de los habitantes de Chernóbil sino también de las comunidades aledañas”, revela.

“Mi guía me contaba las cosas que vio y vivió en esos momentos y los días siguientes, su abuelo, que era bombero, fue de los primeros en responder al llamado de emergencia cuando el reactor nuclear de la planta hizo explosión”, agrega.

No está permitido pernoctar en Chernóbil, hay que salir de la zona de exclusión y pasar la noche fuera, en los límites de la ciudad; ahí hay una tienda para comprar algo de beber o comer, muy cerca funciona un espacio habilitado como dormitorio y un galerón donde militares y científicos pueden alimentarse.

“A mí me veían como algo raro, pocas mujeres fotógrafas llegan solas al lugar y se adentran a la ciudad, pero siempre me respetaron”, expresa.

Fotografías a subasta

El proyecto documental estaba a punto de concretarse cuando la pandemia del Covid-19 lo frenó. Es apenas ahora que tendrá la oportunidad de presentar su visión sobre Chernóbil a través de la exposición y subasta “Life in the Half Life (La vida a medias)”. Los fondos obtenidos se canalizarán a obras de la Organización de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) y servirán para atender a las víctimas de la guerra en Ucrania.

Andrea Basteris tiene el enorme deseo de regresar pronto a Yucatán y traer consigo una muestra del trabajo realizado en Chernóbil.

“Hay que atreverse a sentir y la fotografía es un medio que despierta esa sensibilidad a través de las imágenes, eso es lo que hace especial a la fotografía”, manifiesta.

“Y ahora que, literalmente, has metido la cabeza en la boca del lobo ¿queda algún reto para ti?”, se le pregunta a la yucateca, que responde: “Los retos ahí están siempre para asumirlos, afrontarlos y superarlos, creo que hay muchos desafíos para explorarme como artista de la lente, estaré buscando y seguiré trabajando en ello”.

Andrea es hija de los señores Ramón Basteris Ramírez y Rosa María Rubio Escalante, y hermana de Lorena y Juan Enrique Basteris Rubio.

La profesional yucateca trabaja de manera independiente como fotógrafa en eventos especiales, como deportivos y periodísticos. Su trabajo también está plasmado en un libro en Nueva York con imágenes que capturó de la cotidianidad londisense durante la pandemia del Covid-19. Asimismo, hace aportaciones para diferentes revistas y periódicos internacionales.— Emanuel Rincón Becerra