Más que nunca se cumplió el adagio taurino que nadie quiere: corrida de expectación, corrida de decepción.

Hubo quienes se aventuraron a decir que la tarde, con boletos agotados desde abril, sería lo que fue con la simple imagen de los toros a lidiarse: Puerto de San Lorenzo y La Ventana de El Puerto, ganaderías de fracasos recientes en Madrid.

Y se les cumplió, pero todo fue a un poco de más, o mucho más tal vez.

El encierro, de ocho toros en total, fue una total decepción. Ni los titulares, ni los sobreros, de José Vázquez y El Freixo (propiedad de “El Juli”) pusieron notas para algo relevante. La corrida de los “puertos” no pudo mover el volumen de su estructura y fue un desfile de toros con poco poder, vacíos por dentro.

Y así, la duodécima tarde de la Feria de San Isidro, celebrada en la Plaza de Las Ventas de Madrid, fue un petardo total.

Silenciaron en sus labores a José Mari Manzanares, Juan Ortega y Pablo Aguado, al que le sonaron los tres avisos en el tercero de la tarde tras atascarse con el descabello, luego de hacer, hasta entonces, lo mejor taurinamente hablando de la corrida, camino al fracaso global. Una pena ver a Aguado, torero artista, fino, fallando una y otra vez con el descabello. Se contaron más de diez golpes con el verduguillo, y el toro fue apuntillado cerca de las tablas.

Manzanares meció bien el capote a la verónica en el primero, al igual que Aguado en un quite por chicuelinas al sexto de la tarde.

Luego, tan solo detalles de muleta de Aguado en su primero hasta donde le permitió el toro, pues echó el freno en la tercera tanda.

Nada pudo hacer Ortega con un segundo bis de José Vázquez sin poder y un quinto sin entrega.

Lo mejor de la tarde fue un nuevo “no hay billetes” en los tendidos, el séptimo del ciclo isidril, en una corrida de bostezos, con la escasa bravura de los toros comprometiendo a los toreros, que igual se vieron mal.

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