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Crónica de vida, muerte... y vida

Foto: Megamedia

”Rafaelillo”, la cornada de 1977, de la que renació, y su reencuentro con el doctor Sauma

Amigos aficionados…

Llegó “Rafaelillo” a Mérida a remover la memoria y el baúl de los recuerdos el jueves pasado. No se puede decir de otra forma.

Rafael Gil, tan gitano, tan puro en su esencia de ser como es. “Morí en la Mérida y volví a vivir con la sangre de los yucatecos. Y por las manos del doctor Sauma”.

La frase, enarbolada durante su sentida, pintoresca intervención en la presentación del libro “Legado de la Fiesta en Yucatán”, hizo recordar, para tener presente siempre, que el verdadero legado de la fiesta de los toros es el sol, la arena, el triunfo, la sangre y el drama. Y que, pasen los años, las décadas y los siglos, se mantendrán vigentes los momentos memorables acontecidos en la Plaza Mérida, a la que se dedica la obra presentada.

Esta es una historia de vida y muerte. Sí, de vida, porque un torero joven, bullidor, artista, de esos que quieren comerse la gloria lo mismo que un plato de frijoles, la perdió, literal, al ser empitonado por “Cariñoso”, de Santo Domingo. Su obituario pudo escribirse el 15 de mayo de 1977 en Mérida. Pero se escribió la crónica de un verdadero milagro, de Dios y de la ciencia médica.

Y vuelve la historia de la vida. Cuando el torero mencionó a su amigo inmortal, agradeciéndole por salvarle la vida, el doctor Santiago Sauma Ríos, sentado en primera fila en un reducido cónclave en el Cortijo Marbella, hizo una señal con el dedo índice, apuntando hacia arriba, al cielo. “Fue Dios”, nos dijo después.

Resultó increíble ese encuentro. Eran casi inexistentes las posibilidad de que torero y médico pudieran volver a encontrarse. En 1977 eran dos jóvenes con aspiraciones diferentes. En estas épocas en que un toro muy peligroso, el coronavirus, está matando a cornadas a miles, andan con sus reservas, entre estrictos protrocolos. Pero se abrazaron efusivamente por casi un minuto. Al torero le ovacionan siempre. Al médico, no. Pero el abrazo hizo que los presentes, ofrecieran sus palmas para sellar este emotivo momento. Para los dos, para la eternidad.

Y, comenzaron a trabajar las mentes de muchos presentes. El torero contó su vida, su historia. Hay un antes y un después del 15 de mayo de 1977, “y es que, una semana antes, le había regalado una casa a mi madre para que viviéramos felices, y que luego casi me muero de la cornada y ella casi se muere de la angustia, infelices en ese momento”, nos relata Rafael Gil “Rafaelillo”, un torero que nació en Tijuana en 1950 y, como apunta firmemente, “mi acta de nacimiento debería decir que nací otra vez en Mérida y que por mis venas corre sangre yucateca”.

El doctor Sauma Ríos, con su vida tranquila, que era la de un joven médico recién llegado de su especialización, y que dormía esa tarde en su domicilio, una casa rentada en la cercana colonia Yucatán.

“Luego de comer con mi madre, en una reunión familiar, pues no estuve el 10 de mayo, nos fuimos a dormir”. La siesta le fue interrumpida con una urgencia “para que vaya a ver a un torero que habían corneado. Yo había ido a la Mérida, recuerdo, solo a una charlotada y tal vez una o dos veces a una corrida formal. Y ahora, puedo presentir las cosas con solo ver el movimiento del toro o la sensación que deja ver el torero. Te das cuenta que el que torea es el toro, que el que manda en la lidia es el toro. Y estás listo para irte corriendo o a paso veloz a la enfermería”.

Le dimos cuerda a la memoria del torero, del doctor y de muchos aficionados que han hecho algunas opiniones. Lo que contamos en el libro, del que soy editor, es un muy sencillo recuento (la inmensidad de la información taurina así lo ameritó). Regresamos al archivo del Diario, y extrajimos los PDF y más fotos para ver la dimensión de este drama.

La crónica de Mateo Rueda es sencillamente de orejas y rabo. Don Eduardo R. Huchim, que era el nombre de pila de nuestro cronista, no deja un solo momento de desperdicio. Su larguísimo, pero pulcro, descriptivo y analítico resumen de aquella tarde, lo apostilla al final diciendo: “La cogida de Rafaelillo, por otra parte, es la más grave —y la primera, si la memoria no nos traiciona— en los últimos diez años”.

No solo de 1977 y diez años para atrás. También de 2020 hacia todos los años de vida de nuestro coso. Ninguna como la de “Rafaelillo”.

Y en nuestros “Domingos Especiales en www.yucatan.com.mx”, dedicaremos amplios espacios para las revelaciones que hacen, a 43 años de distancia, el torero empitonado y salvado, y el doctor Sauma Ríos que, acepta sincero, no fue el único causante del milagro, así como exponiendo los detalles de la crónica de Mateo Rueda. Para el autor de estas líneas, los tres apartados le merecen suficiente para ponerse de pie en señal de respeto y agradecimiento.

Y vaya que hay muchas historias sobre esta efeméride.

“Si no fuera por el doctor Juan Olivera (ortopedista), que le taponó la herida, a lo mejor el torero no se salvaba o no salvaba la pierna. Se desangraba tras la cornada, y se tiró al ruedo desde una barrera y tapó el boquete, con la femoral seccionada metió la mano. ¡No sé como! Esa fue la primera razón que hizo que ocurriera el milagro”, narra el galeno en su consultorio.

“Hasta Jacobo Zabludovsky me llamó esa misma noche. Quién sabe quién le dio mi teléfono porque nadie lo sabía. Y de verdad, nadie lo sabía. El doctor Fernando López Becerra (anestesiólogo) sabía dónde vivía y por eso me fueron a ver a la casa. Estaba durmiendo. Me dijo: ‘¡Cornearon a un torero y está muy grave. Necesitamos que vayas!”. Raudo y veloz, partieron hacia el hopsital donde el torero esperaba para que le hicieran la otra parte del milagro médico.

Y así se dio la segunda parte de una fecha icónica en los acontecimientos sangrientos en la Mérida. La primera, era la corrida de alternativa de Enrique Fraga, en una corrida en que un par de banderillas de “Rafaelillo” estaban siendo lo más destacado y, hasta entonces, serían, en el imaginario del cronista, para encabezar la reseña, como cuenta en su crónica del 16 de mayo. Pero, al día siguiente, el título fue a ocho columnas, totalmente funesto, con otro matiz: “Gravísima cornada a “Rafaelillo” en la Plaza Mérida”.

El torero deambuló entre la vida y la muerte. Lo llevaron a México pese a las recomendaciones médicas locales y, tras “exhaustiva” revisión allá, tuvieron que aceptar que lo hecho por los médicos locales, era absolutamente lo correcto.

Y a eso se debió el reencuentro entre ambos, 43 años después.— Gaspar Silveira Malaver

 

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