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El hambre alimenta las ilusiones siempre

La tauromaquia y los sueños de dos jóvenes yucatecos

Amigos aficionados…

La de torero, como otras de las prácticas que realiza el ser humano para alcanzar sus metas, siempre están llevadas por la necesidad, ambición y deseos.

Roberto Gómez Valladares y su familia (esposa Alejandrina e hija Renata), con el rejoneador español Diego Ventura, en la Plaza Mérida
Una larga cambiada de Alejandro Aké Canul, un joven hunucmense que aspira a ser un buen torero

Una, puede ser el hambre. Desde la imperiosa necesidad de llevarse algo a la boca para subsistir hasta la del sueño de ser alguien. Siempre algo nos lleva a un destino siguiente.

Hablemos del toreo: el libro “O llevarás luto por mí”, un best seller de Dominique Lapierre y Larry Collins que narra las vivencias de Manuel Benítez “El Cordobés” antes de su ascenso a la cima del toreo y en sus años de grandeza, es un reflejo de lo que puede sentirse en carne propia cuando hablamos de las intenciones de convertirse en torero. Porque se puede ser torero de herencia sanguínea, por ser parte del entorno y nada más porque sí. Pero de allí a intentar serlo, el paso que hay que dar es grade. Si hay vocación, puede ser la diferencia.

Referiré en este espacio dos casos muy nuestros, conocidos medianamente (más uno que otro): Roberto Gómez Valladares y Alejandro Aké Canul.

De Roberto, conocido como “El Zorrilo”, sabemos de su largo recorrido en esto del toro. Y el salto que dio el 1 de enero de 2019 cuando estoqueó de forma increíble a un enorme toro, “Obelisco”, de más de 600 kilos, en una gesta de Año Nuevo en la Plaza Mérida. Roberto, que ayer cumplió años, tomó ese acontecimiento como un parteaguas en su vida.

Torero de pueblo desde hace muchos ayeres, ha querido crecer en este mundo tan complicado como el de la fiesta brava. Sacrificó los pesos que ganaba arreando los toros matreros en los ruedos de ferias patronales, de festejos choneros, duros, yéndose varios meses a Tlaxcala para aprender. Sí, aprender. Con casi 30 años de edad, siente que tiene que aprender para ser alguien.

La pandemia fulminó prácticamente a todos los toreros como él. Pero Roberto, sacrificando otra vez lo poco que tiene en plata (puso en venta el traje usado en su memorable tarde de 2019) y quiere volver a tierras tlaxcaltecas para aprender. En la anterior, personalmente le comenté de las dificultades propias del toreo, la edad, la difícil competencia y muchas más. Aquí, mal que mal, tenía asegurada la “papa” para él y su familia. Ahora, con la crisis fea de la pandemia, será más complicado. Pero insiste. Sacrificará más, especialmente comer, para intentarlo. Y el que quiere hacerlo, lo intenta.

Caso segundo: Alejandro Aké Canul. Nacido en Hunucmá, se aficionó a los toros porque su papá y en su familia eran aficionados antes de que él naciera. Aprendió por cuenta propia y luego se unió a la Escuela de Tauromaquia “La Verónica”, que abrió entusiasta Armín Puerto “El Maya”, cuyo deceso repentino hizo que se cerrara en parte el aprendizaje en ese lugar.

Alejandro ha recorrido la legua. Juntando dinero de aquí y de allá, mientras estudiaba, se hizo torero. Pagó sus vaquillas y debutó vestido de luces, con ayuda de sus padres. Ayer me comentaba: “Pude y tuve la dicha de presentarme en varias plazas de aquí de Yucatán y disfruté el día que debuté como novillero y poder vestirme con un traje que con mucho esfuerzo y sudor mis padre juntaron para poder regalarmelo; hasta el día de hoy tengo: ese traje”.

Mi pregunta fue para que me sacara con varias respuestas: ¿por qué quieres ser torero? Algunas de sus frases se las contaré en otra entrega. Ahora solo les comentaré que Alejandro no quita el dedo de la llaga, se dice consciente de las circunstancias que se viven en la Fiesta, dentro y fuera y asume los retos que puedan llegar en esa extenuante lucha por ser torero, tocando puertas, preparándose y sumando sus ahorros (porque para torear, hay que comprar vacas y enfrentarlas).

Tiene 25 años, una carrera profesional (es ingeniero en Mecatrónica), esposa y dos hijos y toda una familia que está dispuesta a ayudarle a alcanzar sus sueños de ser torero. Digamos que no pasa hambres, pero sí siente necesidad, ese yo interno que todos tenemos. Y por eso insiste. La historia abierta desde su niñez le da alas para volar a esa meta.

Me llama la atención una frase suya en esta pregunta de muchas aristas: “¿Sabe? Ser otro torero no, ser uno de los mejores, ese es mi sueño”. Y pues si no se sueña, no se pueden poner metas.

Ustedes tal vez no sepan, pero les diré que, en semanas recientes, una cirugía ocular me hizo estar casi tres días, que fueron inmensamente largos, con los ojos vendados o viendo borroso por los tratamientos. Y no tienen idea de lo increíble que es soñar despierto. Me vi de niño jugando pelota en la calle en mi Tixko querido, haciendo con mis hermanos nuestro estadio de béisbol en casa, entre matas y tierra; leyendo periódicos, hablando con mi abuelo Fidel mientras escuchaba los juegos de los Leones, los de Valenzuela, creando ideas e ídolos, porque siempre quise ver a Pipino Cuevas o saludar al “Chino” Márquez, cátcher de los melenudos. Quise escribir y lo hacía. Soñaba, no les miento, estar desde donde puedo escribirles hoy. Y van casi 32 años que desde el Diario redacto, reporteo, les cuento historias y sigo creyendo en que la grandeza de un ser humano es hacia dónde lo llevan sus sueños, a pasos sólidos. Por eso me emociona cada letra que tecleo.

En el caso de Roberto y Alejandro, hambres muy distintas, pero legítimas, como tuvo “El Cordobés” y se cuenta en ese libro (obsequio de Pablo Cicero) de gran valor taurino y social.

La pregunta del día: ¿De dónde era originario el célebre Manuel Benítez?

Respuesta a la pregunta de la semana pasada: El toro “Rey Mago” que revivió a “El Pana” en 2007 en la México era del hierro de Garfias. ¿Ven? Rodolfo Rodríguez nunca dejó de soñar. Y le salió el toro de su vida.

 

 

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