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Encontrar cadáveres es algo normal en el Everest

El atasco en el Everest

Algunos se usan como referencia durante el camino

La montaña no perdona y es capaz de transformar aventuras en tragedias; si a eso le añadimos la moda del alpinismo, reconvertido en un reclamo turístico cada vez mayor, y lo ponemos todo en un “shaker”, el coctel resultante puede ser explosivo y, sobre todo, mortal.

En el Everest, la montaña más alta del planeta con 8,848 metros de altitud, las historias de alpinistas fallecidos son abrumadoras. Casi 300 personas han perdido la vida tratando de coronarla. Aun así, a pesar de ser la montaña más atractiva para conquistar, su nivel de letalidad es bajo comparado con otras como Annapurna y K2.

Este año, con la aparición del Covid-19 las expediciones se han frenado en seco y el número de fallecidos disminuirá considerablemente.

Muchos alpinistas coinciden en catalogar al Everest como un cementerio de cuerpos congelados y abandonados en multitud de puntos a lo largo de su recorrido.

Para muchos que no conozcan este deporte, abandonar un cuerpo puede resultar desagradable. Pero los alpinistas que se atreven con alguno de los ochomiles saben a lo que se enfrentan, como el gobierno de Nepal.

Para muestra un botón: todo aquel montañero que quiera lanzarse a la aventura debe firmar un documento llamado “Body disposal form”. Este documento tiene algunas aclaraciones y acuerdos con el deportista sobre qué hacer con su cuerpo si fallece durante el ascenso o el descenso: si el alpinista muere por encima de los 7,800 metros de altura, su cuerpo no se rescatará.

Si lo hace por encima de los 5,300 metros, el cuerpo se colocará en una grieta y se marcará el deceso de manera respetuosa por los compañeros de expedición.

Si el fallecimiento acontece debajo de los 5,300 metros, puede elegir el rescate del cuerpo con la posterior cremación, eso sí, con un costo adicional entre 5,000 y 10,000 dólares. Por último, si el fallecimiento ocurre en la parte más baja de la montaña, puede incluirse una repatriación del cuerpo.

Para el montañero, encontrar cuerpos ahí es algo normal, no es algo que le genere sorpresa. Incluso muchos de ellos, congelados aún, son utilizados como puntos de referencia para seguir rutas. Bajarlo puede ser un problema y murieron haciendo lo que más querían.— Javier Caballero Lendínez

 

Historias nunca olvidadas

Pajlor Tsewang murió por agotamiento físico a 8,500 metros de altura en 1996. Su principal característica para el resto de alpinistas eran unas botas verdes. Hoy, el “botas verdes” es utilizado en la montaña para hacer una referencia.

En ese mismo punto, sin oxígeno y agotado, murió David Sharp 10 años después sin recibir ayuda de más de 40 alpinistas que pasaron delante de él mientras agonizaba: “Mi nombre es David Sharp y estoy con Asian Trekking (la empresa que contrató para ir al campo base). Tengo mucho sueño”.

Una de las historias que más se recuerdan en el Everest fue la que sufrió el matrimonio formado por Francis y Sergei Arsentiev. Ambos decidieron subir sin oxígeno suplementario. Después de llegar a la cumbre, ya durante el descenso, Francis se perdió y Sergei, como pudo, trató de buscarla.

Una expedición que subía a la cima se encontró con Francis a quien trataron de auxiliar durante una hora, pero tenían que seguir su camino. Ella imploró que no le abandonaran. La misma expedición, tiempo después se cruzó con Sergei, quien poco después se despeñó cerca del cuerpo de su esposa.

Subir al Everest es egoísta, según Edmund Hillary, primer conquistador de esta montaña: “Subir es horrible. A los alpinistas no les preocupa dejar a alguien morir tirado bajo una roca. Su prioridad es llegar a la cima y anteponen su satisfacción personal a la supervivencia de un semejante”.— Javier Caballero Lendínez

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