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Humildad, clave del éxito

Juan José Pacho tras su primer hit, la fotografía se publicó en el Diario el 30 de junio de 1980.- Foto: Archivo
Juan José Pacho Burgos visita la redacción del Diario.- Foto: Ramón Celis
Juan José Pacho Burgos visita la redacción del Diario.- Foto: Ramón Celis
Juan José Pacho Burgos visita la redacción del Diario.- Foto: Ramón Celis
Juan José Pacho Burgos visita la redacción del Diario.- Foto: Ramón Celis
Juan José Pacho Burgos visita la redacción del Diario.- Foto: Ramón Celis
Juan José Pacho Burgos visita la redacción del Diario.- Foto: Ramón Celis

Juan José Pacho, yucateco de leyenda, sigue luchando por otras metas en la vida y el béisbol

Juan José Pacho pidió a sus peloteros mirarse a la cara durante un “meeting” previo a un partido de postemporada. Y mirarse bien, para que tengan todos en cuenta que, en la circunstancia en la que estaban, deberían ser honestos consigo y con los demás compañeros de los Venados de Mazatlán.

“En eso se basa el trabajo de equipo: en el que todos tenemos que ser honestos, profesionales. No se vale que uno esté trasnochado o se haya ido de fiesta la noche anterior, y se esté a menos del cien por ciento, cuando los demás compañeros descansaron, conscientes de que están en un playoff”.

Y dice: “Yo le llamo a eso ser profesionales para sí y para el equipo. Uno que no esté ‘completo’, le da al traste al esfuerzo de los demás”.

Juan José Pacho dirigió a un equipo que, en presupuesto y nómina, estaba por debajo de otras organizaciones como los Yaquis de Ciudad Obregón, los Charros de Jalisco y los Naranjeros de Hermosillo. “Nosotros, quizá con menos, hicimos una gran temporada y llegamos a donde muchos pensaron que no podríamos. Fue un momento feliz”.

Los Venados alcanzaron la serie final de la Liga Mexicana del Pacífico, estando a un paso de hacer otra sorpresa grande ante los Tomateros de Culiacán, a la postre campeones del circuito invernal y representantes mexicanos en la Serie del Caribe. “En el equipo había mucha comunicación y al final, llegaron dos o tres veteranos que, aunque parezca una ironía, refrescaron el ambiente. Aportaron su experiencia y ayudaron a los jóvenes a consolidar lo que estaban haciendo”.

A Pacho le agrada mucho el sentimiento de humildad que hallaron los nuevos y los que estaban “porque permitió unir fuerzas. Y fue lo que nos permitió llegar a la serie final. ¿Qué si pudimos ganarla? Claro. Pero así es el béisbol. Nos permitió, como ganancia, encontrar un núcleo muy valioso de peloteros mexicanos. Es increíble ver el talento de nuestros peloteros mexicanos”.

Pero la temporada anterior es cosa de la historia. Ahora, Juan José Pacho descansa un tanto de ese trajín. Se tomó unos días, una semana a lo más, para estar en Yucatán, especialmente visitando a su madre, Lilia Marbella Burgos Ayora, en Oxkutzcab y en Mérida. Le vimos el domingo feliz de la vida tomándose un café en Plaza Las Américas con su progenitora, a la que con seguridad esta visita le habrá caído de perlas.

De eso fue lo que charlamos de forma especial ayer en el Diario: de aprovechar los regalos que la vida da, no precisamente en el diamante.

Por principio, “Chelo” es un tipazo, una persona preparada que lo mismo puede hablar de béisbol que de otros temas. Y, como persona, el valor que trata de darle a lo que hace es, afirma, “poner de ejemplo muchas cosas que hemos vivido. En Mazatlán muchas veces nos vamos a hablar con los chavos que menos tienen, a tratar de motivarlos a que se esfuercen, que salgan adelante. No todos nacen con la fortuna de tener recursos para llevar una vida holgada. Tenemos que luchar siempre, y a veces muy fuerte”.

Lo dice una persona que se abrió paso poco a poco, jugando en la Liga Yucatán, que, tras debutar con los Leones en 1981, se fue a Estados Unidos a las filiales de los Indios de Cleveland, Medias Blancas de Chicago y Bravos de Atlanta. Ha vivido fuera del hogar paternal prácticamente toda su vida. “Pero sabes… Nunca me he arrepentido de lo que hice, ni creo que mis padres”.

Eso es definitivo. Pacho es, sin duda, uno de los personajes más importantes de Yucatán, en todos los ámbitos. Y emociona oírle. Revisamos brevemente nuestro basto archivo fotográfico, a través de Megateca, y vaya que las emociones les llegaron fuerte a él y a su hijo Juan José, presente en la entrevista. Imágenes de sus primeros años, de la boda de sus padres en 1960, el debut y su primer hit en la Liga Mexicana, el 29 de junio de 1980, y las más recientes, con los Leones cerrando su etapa como pelotero y luego siendo mánager.

Ser piloto le ha dado éxito especialmente en la Mexicana del Pacífico. En Mazatlán no es un ídolo, sino un mazatleco de primera.

“Me hace sentirme bien todo eso, pero creo que es lo que uno construye. Para que yo pueda destacar como pelotero, hubo un gran equipo a mi lado. Y para ganar como mánager, se necesita un buen equipo”, expresa el integrante del Salón de la Fama del Béisbol Mexicano.

Pocos, le dijimos en la charla, pueden presumir de ser campeones como jugadores en la Serie del Caribe y luego ser monarca como mánager. Pacho es uno de ellos. “Lo que puedo decir es que me siento orgulloso de ser yucateco. Y si algo he logrado, ha sido con mucho esfuerzo”.

Ha creado igual una familia estable, siguiendo el legado de sus padres, el maestro Juan José Pacho Vega (fallecido) y doña “Boxita” Lilia Burgos Ayora. Su esposa Emily Parra Briones y sus hijos Juan José y Rodrigo, aguantaron los duros embates que vive una familia de papá beisbolista profesional, con largos viajes y ausencias constantes.

Pero su legado de yucateco ilustre, de pelotero de Salón de la Fama, han merecido la pena. “Lo que logré lo hice por el béisbol. Y no me he retirado, aunque no dirija en verano. Tengo trabajo estable en Mazatlán y puedo seguir dirigiendo siempre que mantenga los deseos de hacerlo. Así lo siento ahora”.

Eso nos lo dijo ayer en la redacción del Diario. En Megateca tomamos su primera declaración como pelotero profesional, publicada el 30 de junio de 1980, tras su primer hit:

“Feliz de haber conectado mi primer hit en mi debut. Desde que salió la bola sabía que picaría, pues le di duro a una recta. Luego me sentí todavía mejor con los aplausos del público. Fue un instante feliz”.

Feliz en 1980, con 17 años; feliz en 2020, con 56. Y la vida sigue.— Gaspar Silveira Malaver

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