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Joselito “El Gallo”, rey de los toreros

El matador José Gómez Ortega

A 100 años de la muerte de José Gómez Ortega

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Se cumple en estos días, el sábado 16, el primer centenario del fallecimiento de José Gómez Ortega. En su tiempo, y aún ahora, le llaman el mejor torero de la historia. El mayor reconocimiento a su corta, pero mayúscula trayectoria se le da en libros, historias que se cuentan y, por sobre todas las cosas, cuando cada 16 de mayo en todos los ruedos de España, que usualmente en esa fecha tienen corridas, después del desfile de cuadrillas le tributan un minuto de silencio. Infaltable desde el 16 de mayo de 1921, en el primer aniversario de su muerte trágica en Talavera de la Reina.

Cosas del destino: siendo un torero considerado maestro a pesar de su corta edad, un leve descuido propició que “Bailador”, de la Viuda de Ortega, un toro chico y burriciego, le infringió una cornada en el vientre que le causó la muerte de forma prácticamente instantánea. Tenía solo 25 años de edad.

La suya es una historia muy propia de la fiesta de los toros de esa época. José Miguel Isidro del Sagrado Corazón fue Joselito III, tras su padre y su hermano, que antes de que “Gallito” irrumpiera era la gran figura.

Protagonizó junto a Juan Belmonte, con el que mantuvo una rivalidad legendaria, la llamada Edad de Oro del toreo durante la década de 1910. Su muerte prematura e inesperada en Talavera, en la cúspide de su carrera, no hizo sino engrandecer su leyenda como gran maestro de la vieja lidia y transición definitiva hacia el toreo moderno.

Pepe Alameda cita en su libro “Crónica de Sangre”, algunas remembranzas de la época, tan bien apuntaladas, que vale la pena reflexionar con ellas. Una, suya, es que la partida de José “deja a la Fiesta sin rienda, vacía, a la deriva”... Alameda continúa con “no dijeron, se fue José, pero ahí está Juan... Dijeron: la tauromaquia ha quedado huérfana”.

Recogimos varios apuntes en libros y enciclopedias para este apunte sobre Joselito. Gerardo Diego, poeta y escritor de la época, le señaló, en su Elegía a Joselito, “Te entregaste tú mismo, estoy seguro”, dando nueva vida, con su sangre, al mito del ángel caído. Antes de perecer en Talavera, la magia torera de José Gómez Ortega mandaba en los ruedos. Le llamaron algunos el “ingeniero de la tauromaquia”. Y fue por él especialmente que se hizo un poco de menos a una figura también mítica de entonces, Rodolfo Gaona, nuestro inmortal califa de León de los Almada.

José, Juan y Rodolfo formaron un trío de proyecciones toreras fuera de toda proyección. Pero a la muerte del primero, Belmonte se quedó con el peso de la púrpura y entonces tuvo lugar, en su toreo, la mayor de las revoluciones de todos los tiempos. Hoy en día difícilmente un torero podría morir con una cornada como la que mató a Joselito.

Increíble. Los toros pudieron matar a cualquiera, menos a José Gómez Ortega.

Este año no habrá minuto de silencio en las plazas. No habrá toros. El coronavirus que ha pegado un cornada como la de “Bailaor”, ha matado prácticamente a toda la temporada en el mundo.

Pero la Fiesta, aquella que quedó “huérfana” al irse José en Talavera en 1920, sigue tan viva como hace un siglo.

Mi réquiem, pues, por el genio al que recordarnos siempre, y mi aliento para que la Fiesta siga viviendo.

 

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