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La despedida de los Leones. El valor del aprendizaje

José Juan Aguilar: los Leones tienen que aprender del error

Pedro César Góngora Navarrete

¿Perder fue un fracaso para los Leones? Yo creo que no.

Sí fue un fracaso para el mánager, un piloto que tenerlo en el equipo le sale muy barato a la directiva: solo usa a nueve jugadores, aunque muchos bateen menos de .100, y cinco relevistas. Entonces, el equipo se ahorra, mínimo a diez jugadores, que están fastidiados en la banca y se podrían ahorrar a un mundo de coaches, que la verdad no sabemos para qué sirven. Tenemos uno de bateo de varios años y cada día batean más mal. El club tiene que hacer un esfuerzo extraordinario y traer un verdadero coach de bateo, que enseñe a los jugadores y al coach actual para que a su vez, él aprenda a enseñar.

Los Leones tienen peloteros de los que nos tenemos que sentir muy orgullosos, por ejemplo Alex Liddi. La gente lo admira por su bateo, sin ver la maravilla que es jugando la tercera base, su colocación, su brazo educado, muchos equipos de Grandes Ligas desearían tener un tercera de su clase, y así podemos mencionar a muchos, “Pepón”, Drake, Valle, ejemplo de mal bate, pero gran receptor. Creo que todos son muy buenos y tratan de dar lo mejor de sí, pero tratan, no pueden o no quieren aprender. J.J. Aguilar, por ejemplo, si aprendiera a batear a la banda contraria, otra cosa sería.

La Biblia nos trae la historia de un pequeño. Se llamaba Zaqueo y no era pequeño de edad sino de estatura y debe haberlo sido bastante donde lo consigna el Evangelio. También nos dicen que era rico y debe haber sido inteligente porque ocupaba el puesto de jefe de publicanos, es decir, recaudador de los impuestos que los judíos pagaban a los romanos, por lo que no era muy apreciado ya que los publicanos eran considerados como desleales a su pueblo y a su religión. Es casi seguro que no era muy honrado, ya que él mismo dice: “Sí he defraudado...”, que es la forma en que los humanos confesamos nuestras culpas, no aseverando sino dudando que seamos capaces de cometer malas acciones.

Creo que al terminar la temporada y empezar a preparar la próxima, directivos, mánager y peloteros tienen que pensar igual que Zaqueo: “Sí he defraudado...”.

Zaqueo quería conocer a Jesús. Le habían comentado que sus palabras llegaban al corazón, que podía descubrir los secretos del alma, pero debido a su corta estatura no lograba verlo. Quien no sepa lo que eso significa quizá piense que es un problema mínimo, pero no lo es, sobre todo cuando una multitud rodea a la persona, todas más altas, más fuertes, son como una muralla que impide alcanzar al objeto de interés. Los Leones siempre están rodeados por una muralla de gente que les impide verlo.

Jesús le dice: conviene que hoy me hospede en tu casa. Como siempre las gentes comenzaron a murmurar: “Va a alojarse en la casa de un pecador”, y decimos como siempre porque invariablemente nos parecen más grandes los pecados que cometen los otros que los propios. Y por eso se han publicado por internet cosas horribles, que estoy seguro, jamás, algún pelotero o directivo se atreverían hacer.

Señores directivos, mánager y jugadores: todos somos pecadores, pero lo que verdaderamente importa es saber que somos pecadores y conocer nuestros propios errores para corregirlos.

Estamos, la mayoría, muy agradecidos con ustedes, nos dieron grandes satisfacciones a lo largo de la temporada, no tienen por qué sentirse avergonzados por haber perdido una batalla.

Desde hoy, tienen que seguir con sus sueños, sus deseos. Hay un momento en el que para alcanzarlos tienes que saltar, tienes que separarte del suelo para poder llegar a ellos. Ese instante, o ese tiempo, te produce vértigo, te puede paralizar el miedo o sencillamente el deseo puede que no tenga tanta fuerza como para saltar y correr el riesgo de fracasar, de darte un buen golpe. Si no saltas, nunca lo alcanzarás.

El suelo son nuestras seguridades, lo conocido, lo que ya tenemos. El suelo es nuestra realidad. No tiene sentido vivir como si no existiera, esa es la actitud del escéptico. Renegar del suelo es vivir maldiciendo nuestra realidad no aceptándola.

Cuánta amargura, y cuánto cansancio se acumulan por esta incapacidad para conocer el suelo que pisamos, por negarnos a aceptar la realidad, le echamos la culpa al empedrado por no aceptar que somos nosotros (y nuestras limitaciones) los que no conseguimos caminar con entereza en la vida. El que no acepta el suelo por el que pisa no puede saltar, nunca será lo suficientemente plano, nunca será el momento oportuno o nunca estarán las cosas suficientemente claras. El que no acepta su realidad no puede pretender otra distinta, nunca puede llegar a su destino el que no ha empezado el camino.

Apreciados Leones, en unos días más, se integrarán a un nuevo equipo, pero antes les sugiero que se tomen una hora en analizar si sus sueños se están cumpliendo. Cuando eres consciente de tus limitaciones, pero pisas con la confianza del que sabe que la vida está llena de nuevas posibilidades, de metas que todavía no has superado, de encuentros que todavía no se han producido, de llamadas a las que no has respondido, entonces es posible descubrir el deseo que tira de ti. El deseo que te invita a saltar, perdón, a soñar, desde lo conocido a lo nuevo. Un nuevo proyecto, un nuevo compromiso, una nueva amistad; y están, por supuesto, los momentos del riesgo, y del hormigueo en el estómago. Pero también está la confianza de que podemos y queremos saltar, no al vacío, sino al encuentro.

Porque sí, el trabajo se puede vivir tan solo como tarea, un desempeño por el que recibirás una compensación y con el que dejarás algo así como una huella en forma de realizaciones concretas. Pero se puede vivir como algo más. A eso (con el “más” añadido), lo llamamos vocación. Sentir la vocación para hacer algo va más allá del trabajo. La vocación no responde a la pregunta, ¿tú qué haces? En realidad, responde a algunas preguntas mucho más profundas. Quizás la principal sea ¿quién eres? Más aún, ¿quién quieres llegar a ser?

Estamos en una sociedad que todo lo adelgaza. Todo es banal, superficial e intrascendente. Todo es prescindible, trivial, y olvidable… ¡Pero no! La vida es seria. El amor es serio. Y la justicia. La verdad. La vocación. El talento. Y el perdón. No podemos estar jugando con las palabras ni con la virtud. No podemos estar jugando a ser lo que no somos. Y mientras no entendamos esto, nos convertiremos en charlatanes, vendedores de humo, y manipuladores.

Y decía Sófocles: Noble cosa es, aún para un anciano, el aprender. El aprendizaje constante nos dota de un porvenir mejor. Mérida, septiembre de 2021

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