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¡La Fernandomanía!

Fernando “Toro” Valenzuela fue un verdadero fenómeno para la pelota caliente mexicana, que veía a su ídolo lanzar en el más alto nivel: las Grandes Ligas

Se cumplen 39 años de la primera apertura del “Toro”

Tom Lasorda lo había platicado varias veces con su coach de pitcheo Ron Perranoski durante la pretemporada en Vero Beach.

Y la llamada al novato de cabellera larga y sonrisa tímida llegó. ¡Fernando Valenzuela abre mañana!

El Diario relató en su edición del 10 de abril de 1981 el debut del “Toro” como abridor angelino

Es el 9 de abril de 1981. Y los Dodgers de Los Ángeles  abrían la temporada en su casa, en Dodger Stadium.

Fox Sports publica una reseña: “¿Escuchas los tambores, Fernando? Es el inicio de una canción del grupo sueco Abba. Famoso en los setenta  y ochenta. Ese era el Fernando más famoso en los Estados Unidos antes del 9 de abril de 1981, hace exactamente 39 años.

A partir de ese día, el Fernando más famoso, no solo de Estados Unidos, sino del mundo, fue un muchacho de Etchohuaquila, Sonora, México, que jugaba con los Dodgers de Los Ángeles: Fernando Valenzuela.

Valenzuela era un joven regordete de 20 años, con una zurda demoledora, que adoptó el “screwball” o tirabuzón como su marca registrada, además de mirar al cielo en cada lanzamiento. Esa noche contra los Astros de Houston su vida cambió.

También cambió la vida de muchos. Abrió, de forma especial, un sendero para quienes comenzaron  a soñar en ser como Fernando Valenzuela. Miles de “Toros” Valenzuela comenzaron a salir de todos lados.

El joven pitcher fue anunciado para abrir, ante la sorpresa de propios y extraños. Los más puristas criticaron sobremanera a los Dodgers por darle la oportunidad, en el juego inaugural a un novato y además mexicano. Cero experiencia en situaciones así, y quien no subía  a la loma ese día era uno de los zurdos más  reconocidos para entonces: Jerry Reuss. Lasorda tenía igual a hombres experimentados como Burt Hooton y Bob Welch. Pero, conocido como mánager de corazonadas, Lasorda se fue por Valenzuela.

Su hoja  de servicios mostraba, contra los monstruos de los Dodgers, que el mexicano había vivido una estadía en las Mayores en septiembre de la temporada anterior, cuando lanzó en cuatro partidos, todos como relevista, sin permitir carreras limpias en 17 entradas y dos tercios. Aquello fue más que suficiente para Lasorda.

Valenzuela cumplió como los grandes, permitió solo cinco hits, lanzó las nueve entradas y dejó en blanco a los poderosos Astros.

La “Fernandomanía” había iniciado. Más de 50 mil espectadores que fueron al estadio de Chávez Ravine llenos de duda salieron increíblemente sorprendidos por lo que vieron.

A partir de ese día, Fernando Valenzuela se convirtió en una celebridad. Salía en todos los noticiarios mexicanos y estadounidenses. El Diario, que ha dado cobertura como pocos medios mexicanos al béisbol de Grandes Ligas, lo destacó  como título principal de su página deportiva (la contraportada de su primer cuaderno).

Días en los que lanzaba eran una fiesta y donde se presentaba los boletos incrementaban su precio. Casi todos sus partidos comenzaron a ser retransmitidos por la radio, con la voz en español de Jaime Jarrín, y muchos fueron a la televisión, apareciendo para la posteridad imágenes como la de Sony Alarcón, el “Mago” Septién y Toño de Valdés.

La playera con el número 34 fue entonces la más famosa de todos los deportes.

Al que escribe, brincando su décimo  año de vida, ir por el periódico con don “Chaquira” todos los días  a las 6 de la mañana, por ejemplo, para saber qué  decían las crónicas del nuevo fenómeno del béisbol. Como yo, millones más. No hay duda.

Su fama era grande, así como sus logros. Ganó todo en esa temporada.

Fue novato del año, Cy Young de la Liga Nacional y consiguió además el “Bate de Plata” por ser el mejor pitcher-bateador del Viejo Circuito. Sus 13 triunfos y 7 derrotas en su primera temporada fueron históricos.

El sonorense fue el amo y señor de una temporada  en que, con una huelga de peloteros, el béisbol  vivió un cisma. Antes del paro laboral brillaba. Y cuando la huelga terminó, el deporte tuvo en él  al protagonista del regreso de los fanáticos a los estadios. De junio a agosto con tensiones y luego, otra vez la “Fernandomanía”.

Revistas como “Sports Illustrated” consideraban irreal la manera en la que jugaba y tenía a los Dodgers en la cima. Le preguntaban a Lasorda, ¿de dónde lo habían sacado? y él sólo sonreía.

Como decía el “Mago” al final de las transmisiones, la “frialdad de los números” era sorprendente: 13 victorias y siete derrotas, con efectividad de 2.48, encabezó la Nacional en juegos completos (11), blanqueadas (8), innings lanzados (192.1) y ponches  (180), en una temporada que contó con 110 partidos.

No fue solo el calendario regular. Fernando tuvo un brillo y entereza enormes en la postemporada. Los grandes se dejan ver precisamente en esa etapa. En la serie divisional ante los Astros 2-1, Fernando lanzó  el cuarto partido para ayudar a los Dodgers a vencer 2-1 y mandar la serie al máximo de cinco duelos.

Cuando los Dodgers lo necesitaban para el séptimo  juego de la Serie de Campeonato de la Liga Nacional, otra vez Fernando fue el que llevó a los angelinos a lo más alto. Y el boleto a la Serie Mundial es historia.

Pero uno de los valores más grandes del año memorable, la cereza del pastel, lo mostró  en el Clásico de Otoño. Los Yanquis de Nueva York llegaron a la Serie Mundial como súper favoritos, con una nómina  que tenía a Reggie Jackson, Dave Winfield, Rich Goosage...

Y se pusieron en ventaja 2-0 ganando los primeros dos juegos en Yankee Stadium.

El Juego 3, una joya de los recuerdos en la televisión, lo lanzó Fernando como pocos hubieran hecho. Cubrió toda la ruta para que los Dodgers ganen 5-4 y se encaminen a ganar los siguientes tres duelos para proclamarse campeones en la famosa “Casa que Construyó  Ruth”. Fue la noche del 23 de octubre inolvidable para México.

¿Quiere más números?

Lanzado a la fama en 1981, Valenzuela Anguamea asistió a seis Juegos de Estrellas, destacando también el de 1986, en el que ponchó a cinco en fila. Y cinco grandes: Don Mattingly, Cal Ripken, Jesse Barfield, Lou Whitaker y su compatriota Teodoro Higuera, quien lanzó en ese histórico duelo por la Liga Americana.

A Lasorda le criticaron por dejar a Valenzuela trabajar de más, aunque eran épocas en que los lanzadores  trabajaron generalmente la ruta completa, o al menos siete u ocho entradas, y no se medían las cantidades de pitcheos (en el Juego 3 del Clásico lanzó 149).

En la campaña de 1990, en pleno Mundial de Fútbol en Italia, lanzó  un juego sin hit ni carrera, robándole al balompié las portadas. Se trataba de un veterano serpentinero que usaba anteojos, pero que seguía lanzando como un titán.

Se retiró oficialmente del béisbol organizado con récord de 173-157, 3.54 de efectividad y una aureola que sólo unos pocos elegidos son capaces de dejar a su paso por el mejor béisbol del mundo. Una carrera que, tan solo por ser lo que fue, una leyenda, debería ser de Salón de la Fama. Pero no votaron por él. Aunque eso no le quitará nunca la leyenda que escribió desde aquella noche de 9 de abril de 1981. Porque allí nació la “Fernandomanía”, y vive para la memoria del México de todas las épocas.— Gaspar Silveira Malaver

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