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La Serie del Rey: los héroes anónimos detrás de los Leones de Yucatán

¿Quiénes son esos que corren de un lado a otro mientras los Leones de Yucatán juegan? Conoce a los batboys. Foto de Megamedia

A eso de la media noche, en el piso del hotel sede de los Leones de Yucatán van apareciendo al pie de la puerta paquetes con uniformes, gorras, spaics. En un lapso de una media hora, desaparecen. ¿Y qué sucede entonces?

Antes de la 1 de la mañana, generalmente, todas las prendas que usan los peloteros tienen que pasar a la lavandería, y sus arreos van a las maletas, cajas o bolsas que, a eso del mediodía, salen en el autobús de avanzada rumbo al estadio. Antes de partir, los paquetes que recogieron en la madrugada tienen que estar debidamente colocados en el mismo lugar, ya limpios.

En el camión a veces van solamente el chofer y dos personas con todos los implementos: los dos batboys, Jesús Zazueta y Eduardo Cruz, en adelante “Chuy” y “Lalo”, para efectos de amistades y acciones como cargabates, un trabajo que vaya que tiene un peso específico grande en un equipo de béisbol.

¿Cuál es la función de los batboys/cargabates?

Generalmente se les conoce porque se les ve en el estadio a la hora de los partidos, a ratos corriendo de un lado a otro, pegados siempre a la bardita del palco VIP. Cuando “Lalo” tiene el turno de ir por los protectores a las bases, es todo un espectáculo verle correr. Literal, vuela, sin perder la figura, bate y otras cosas en las manos.

Tienen lista la brea, los aros de aluminio para los bateadores, esperan las pelotas que vienen para limpiarlas.
Eso es lo que sabemos de ellos.

Duermen poco, o mucho menos que los peloteros. Cuando los jugadores, los ejes centrales del deporte descansan, ellos les preparan todo, absolutamente todo.


Vimos a “Chuy” salir del hotel antes de la 1 de la tarde del Juego 1, uniformado. El martes, día del Juego 2, a las 12 se fue al estadio y cuando arribamos al “Chevron”, pasada la 1, estaban en lo mejor: Zazueta sacando bates de las fundas para colocarlos uno a uno y limpiarlos; Cruz extraía de una enorme maleta las guanteletas y protectores (espinilleras, rodilleras, hombreras) que usan, para ponerlos dentro de los cascos, cada uno numerado.

Antes, habían lavado o al menos limpiado los zapatos de cada uno, enfilándolos en el sol para secarlos. Y se alistaban para otra parte del trabajo: los arreos de los cátchers. Todo, el peto, la careta y las rodilleras, son lavados con agua y detergente, y luego, a secarlos con toallas. Pero si faltara, usan fijador de cabello, que hace que tomen un brillo especial.

Luego, a estar pendientes de la llegada de los peloteros al estadio. Su labor es la comodidad y tranquilidad de los demás. Gorras, cinturones, zapatos, cascos, guanteletas y todo lo que se requiera debe estar listo.

La inesperada historia del batboy y Luis Felipe ''Pepón''

Zazueta nos cuenta cómo empezó todo. Él, del meririto Culiacán, jugaba béisbol desde niño y más tarde llegó a este equipo haciendo este oficio. Mucho se debió, dice, a que su hermano, parte del equipo, “me dijo que si quería venir para Yucatán, y pues acepté”.

¿Su hermano?
“Sí. Luis… Luis Felipe, ‘Pepón’”.

Pues qué tal: el “Chuy” Zazueta es hermano del “Pepón”, pero él lleva el apellido de su abuela: Zazueta Díaz y Juárez Díaz.

Zazueta nos cuenta que siempre estuvo en el béisbol, pero practicándolo a nivel aficionado, “no como Luis que él decidió seguir el camino de profesional y mira hasta dónde ha llegado”.

Él comenta que cursó una carrera como administrador bancario y ejerció un tiempo, hasta que llegó la oportunidad de trabajar como batboy con Mexicali en la Liga del Pacífico, “y allí estaba cuando Luis me dijo que si quería podía venir a Mérida”.

“Lalo”, de origen veracruzano, llegó en 2016 a la cueva, y “Chuy”, en 2017. El primero, menudito y de poco hablar, no para de ir de un lado a otro mientras Zazueta va lavando los arreos del receptor para ponerlos al sol, que para entonces cae a plomo sobre Tijuana. No hablan mientras trabajan. Solo se escucha la música banda de la bocina que ellos tienen. A tono con lo que viven.

¿Cuánta tranquilidad laboral y felicidad personal puede haber en este empleo?

“Mucha. Eres parte de una familia, porque eso es lo que hay aquí, con ellos convives todo el día y aprendes a tener relaciones profesionales con personas que son seres humanos”, expresa Zazueta.


Y aprenden muchas cosas también. Situaciones del juego, conocen el estado emocional de los jugadores, saben en qué momento el pelotero necesita una palmadita en la espalda para motivarlos. Si los ven “caídos”, siempre los batboys están allá para alentarlos.

El juego, a veces lento, tiene en ellos a un par de hormigas que no dejan de moverse. Cuando “Pepón” se llevó la cerca ante Roberto Osuna en el juego que eliminó a los Diablos, “Chuy” no pudo saludar a su hermano Luis por ese monumental momento, porque tuvo que ir a recoger el bate. Tampoco “Lalo”, porque alistaba la dotación de pelotas que entregaría al umpire.

Los ''Perros Negros'', los otros héroes anónimos

A ellos, como a los “Perros Negros” que forman la cuadrilla de trabajadores del terreno de juego, nadie les ovaciona. Pero su callada, valiosa labor, tiene un enorme peso para que el béisbol pueda llevarse a cabo a como son estos tiempos modernos, en que al deportista le dan todas las facilidades para hacer su trabajo.


Regresamos al hotel el martes por la noche en Tijuana, con los Leones y su par de victorias. Los peloteros cenaban en el restaurante felices por la victoria y los batboys, mientras tanto, a lo suyo, pues había que aprovechar cada instante porque, además, se requería empaquetar todo para tenerlo listo para el viaje de regreso a casa.

¿A qué hora descansan?

“Cada que se puede. Este trabajo así es”, dice “Lalo”, reiteramos, de poco hablar.

En el aeropuerto de Tijuana nos topamos con el famoso “Chavale”, el batboy de baja estatura de los Toros y la montaña de equipaje de los bureles. No es cosa solo de Zazueta y Cruz con los Leones, sino de todos los que osan llevar esa profesión.

Recuerdo al primer batboy que conocí: Arturo Martínez, con los Leones de los años 80. “Arturito” le decían. Luego han pasado otros cargabates dejando grandes legados, el más reciente Pepe Carbonell, que ahora está con Tabasco.

Hombres de poco hablar. Su valor, enorme, está en el servicio leal al jugador y al béisbol.

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