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Manolete: el arte de un mito de la Fiesta

Editorial

Punto de Vista... Toros

Rafael J. Ramos Vázquez *

El “Monstruo”, el “Califa de Córdoba”, son algunos de los adjetivos que los cronistas y la gente de la tauromaquia le adjudicaban a Manuel Laureano Rodríguez Sánchez, conocido en el mundo taurino como Manolete.

Fue un torero cuya trágica muerte lo hizo héroe; un semidiós para la eternidad.

Me pregunto: ¿qué sería de los hombres sino fuesen capaces de crear mitos?

Manolete es uno de ellos, es una persona que su fallecimiento lo convirtió en leyenda.

Un matador cuya forma de torear es tal vez un destello de su actitud ante la vida y el entorno que lo rodeó. De él se han escrito más de cien libros e infinidad de poesías y compuesto coplas y pasodobles. Sin embargo, nadie lo conoció como realmente era como persona en la vida real. Siempre fue callado, serio, pálido, delgado, de figura frágil y enormes ojos que destilaban una mirada triste, mística, imposible de descubrir sus sentimientos interiores.

Pero lo mejor de Manolete no es su vida privada sino su toreo, su arte. Hijo de un matador con el mismo nombre y apodo, sigue el oficio de su padre. Manuel toma la alternativa en Sevilla a los 21 años de manos de Chicuelo y hace su confirmación en Las Ventas el mismo año.

Ese torero legendario era valiente, elegante, sobrio, con una personalidad seca y austera. En cuanto al toreo, creó su propio estilo: consistía en la quietud y perfectas ligazones, el derechazo y el pase natural eran el eje de sus faenas, la base de su toreo.

Cuando se plantaba en la arena se quedaba en un solo lugar, sin moverse. La manoletina, un legendario pase preexistente, lo realizaba con tanta pureza que se le atribuye a él su creación. Toreaba con profundidad y en su tiempo fue el rey del toreo. Se enfrentó a todo tipo de bureles, cada uno con diferentes estilos y al noventa por ciento de ellos les cuajó una faena.

Se puede decir que antes de Manolete el toreo era diferente, la técnica consistía en la adaptación del matador al astado. Manolete revoluciona el procedimiento y hace que el toro se adapte a su estilo, a su forma de lidiar. Antes el matador era diferente ante cada enemigo, con Manolete el torero es igual ante cada burel.

Manuel dominaba al toro e imponía su forma de torear. Citaba al astado de acuerdo a su forma de embestir; sutilmente distanciado del enemigo que embestía de un modo franco y muy en corto a los que se mostraban renuentes, sempre al borde y cerca del pitón para provocar la embestida.

Cuando tenía la muleta para los naturales, se quedaba quieto, sereno, frío, con la muñeca firme y los dedos de la mano sujetando el estaquillador; el trapo en posición vertical con los flecos sobre la arena, y desde allá esperaba imperturbable la embestida del toro.

Manolete no ponía la muleta adelante para proteger su cuerpo, sino que dejaba que el animal pudiese mirarlo a él y a la muleta al mismo tiempo; había instantes en que el astado miraba al hombre y al engaño, pero la poderosa mano del cordobés hacía que el burel fuese al paño rojo, pasando los pitones a centímetros de su cuerpo. Esa forma de lidiar hacen del toreo de Manolete, único.

La suerte que dominó a la perfección era la espada, fue un gran estoqueador; seguro en el momento del encuentro supremo, el cual ejecutaba magistralmente.

Manolete toreó un total de 509 festejos, 17 de ellos en la Monumental México, habiendo sido uno de los alternantes el día de la inauguración. Los toros le infringieron 15 cornadas, incluyendo la que le quitó la vida.

Manolete tuvo una característica que lo hizo único: la quietud de su toreo, la cercanía al toro y sobre todo a sus pitones.

Manuel nunca dejó de desafiar a la muerte y tarde o temprano se tenía que encontrar cara a cara con ella. En mi opinión el torero que ha pisado los mismos terrenos del cordobés, es José Tomás.

Mérida, Yucatán, junio de 2020. *Abogado y empresario

Felices, pero con cautela