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''Rafaelillo'', de la vida a la muerte en la Mérida y… otra vez vida

El doctor Santiago Sauma Ríos y el matador Rafael Gil “Rafaelillo”
El doctor Santiago Sauma Ríos y el matador Rafael Gil “Rafaelillo”

Amigos aficionados…

Llegó “Rafaelillo” a Mérida a remover la memoria y el baúl de los recuerdos el jueves pasado. No se puede decir de otra forma.

Rafael Gil, tan gitano, tan puro en su esencia de ser como es. “Morí en la Mérida y volví a vivir con la sangre de los yucatecos. Y por las manos del doctor Sauma”.

La frase, enarbolada durante su sentida, pintoresca intervención en la presentación del libro “Legado de la Fiesta en Yucatán”, hizo recordar, para tener presente siempre, que el verdadero legado de la fiesta de los toros es el sol, la arena, el triunfo, la sangre y el drama.

Y que, pasen los años, las décadas y los siglos, se mantendrán vigentes los momentos memorables acontecidos en la Plaza Mérida, a la que se dedica la obra presentada.

Historia de vida y muerte

Esta es una historia de vida y muerte. Sí, de vida, porque un torero joven, bullidor, artista, de esos que quieren comerse la gloria lo mismo que un plato de frijoles, la perdió, literal, al ser empitonado por “Cariñoso”, de Santo Domingo.

Su obituario pudo escribirse el 15 de mayo de 1977 en Mérida. Pero se escribió la crónica de un verdadero milagro, de Dios y de la ciencia médica.

El doctor Santiago Sauma Ríos y el matador Rafael Gil “Rafaelillo” con Gaspar Silveira, durante la presentación del libro “Legado de la Fiesta en Yucatán”, donde se habla de la trágica cornada
El doctor Santiago Sauma Ríos y el matador Rafael Gil “Rafaelillo” con Gaspar Silveira, durante la presentación del libro “Legado de la Fiesta en Yucatán”, donde se habla de la trágica cornada

Y vuelve la historia de la vida. Cuando el torero mencionó a su amigo inmortal, agradeciéndole por salvarle la vida, el doctor Santiago Sauma Ríos, sentado en primera fila en un reducido cónclave en el Cortijo Marbella, hizo una señal con el dedo índice, apuntando hacia arriba, al cielo. “Fue Dios”, nos dijo después.

Resultó increíble ese encuentro. Eran casi inexistentes las posibilidades de que torero y médico pudieran volver a encontrarse. En 1977 eran dos jóvenes con aspiraciones diferentes.

Y más en estas épocas en que un toro muy peligroso, el coronavirus, está matando a cornadas a miles, andan con sus reservas, entre estrictos protocolos.

Pero se abrazaron efusivamente por casi un minuto. Al torero le ovacionan siempre. Al médico, no. Pero el abrazo hizo que los presentes, ofrecieran sus palmas para sellar este emotivo momento. Para los dos, para la eternidad.

Y, comenzaron a trabajar las mentes de muchos presentes.

Momento de la cornada de “Cariñoso”, de Santo Domingo, a Rafael Gil “Rafaelillo”, captado por don Isidro Ávila Villacís para el Diario
Momento de la cornada de “Cariñoso”, de Santo Domingo, a Rafael Gil “Rafaelillo”, captado por don Isidro Ávila Villacís para el Diario

Un antes y un después

El torero contó su vida, su historia. Hay un antes y un después del 15 de mayo de 1977 “y es que, una semana antes, le había regalado una casa a mi madre para que viviéramos felices, y que luego casi me muero de la cornada y ella casi se muere de la angustia, infelices en ese momento”, nos relata Rafael Gil “Rafaelillo”.

El torero nació en Tijuana en 1950 y, como apunta firmemente, “mi acta de nacimiento debería decir que nací otra vez en Mérida y que por mis venas corre sangre yucateca”.

El doctor Sauma Ríos, con su vida tranquila, que era la de un joven médico recién egresado de su especialización y que dormía esa tarde en su domicilio, una casa rentada en la cercana colonia Yucatán.

“Luego de comer con mi madre, en una reunión familiar, pues no estuve el 10 de mayo, nos fuimos a dormir”.

"La siesta le fue interrumpida con una urgencia “para que vaya a ver a un torero que habían corneado. Yo había ido a la Mérida, recuerdo, solo a una charlotada y tal vez una o dos veces a una corrida formal".

"Y ahora, puedo presentir las cosas con solo ver el movimiento del toro o la sensación que deja ver el torero. Te das cuenta que el que torea es el toro, que el que manda en la lidia es el toro. Y estás listo para irte corriendo o a paso veloz a la enfermería”.

Le dimos cuerda a la memoria del torero, del doctor y de muchos aficionados que han hecho algunas opiniones.

Lo que contamos en el libro, del que soy editor, es un muy sencillo recuento (la inmensidad de la información taurina así lo ameritó). Regresamos al archivo del Diario, y extrajimos los PDF y más fotos para ver la dimensión de este drama.

Crónica de orejas y rabo

La crónica de Mateo Rueda es sencillamente de orejas y rabo. Don Eduardo R. Huchim, que era el nombre de pila de nuestro cronista, no deja un solo momento de desperdicio.

Su larguísimo, pero pulcro, descriptivo y analítico resumen de aquella tarde, lo apostilla al final diciendo: “La cogida de Rafaelillo, por otra parte, es la más grave —y la primera, si la memoria no nos traiciona— en los últimos diez años”.

No solo de 1977 y diez años para atrás. También de 2020 hacia todos los años de vida de nuestro coso. Ninguna como la de “Rafaelillo”.

Y en nuestros “Domingos Especiales en www.yucatan.com.mx”, dedicaremos amplios espacios para las revelaciones que hacen, a 43 años de distancia, el torero empitonado y salvado, y el doctor Sauma Ríos que, acepta sincero, no fue el único causante del milagro, así como exponiendo los detalles de la crónica de Mateo Rueda. Para el autor de estas líneas, los tres apartados le merecen suficiente para ponerse de pie en señal de respeto y agradecimiento.

Historias a destacar

Y vaya que hay muchas historias sobre esta efeméride.

“Si no fuera por el doctor Juan Olivera (ortopedista), que le taponó la herida, a lo mejor el torero no se salvaba o no salvaba la pierna. Se desangraba tras la cornada, y se tiró al ruedo desde una barrera y tapó el boquete, con la femoral seccionada metió la mano. ¡No sé como! Esa fue la primera razón que hizo que ocurriera el milagro”, narra el galeno en su consultorio.

“Hasta Jacobo Zabludovsky me llamó esa misma noche. Quién sabe quién le dio mi teléfono porque nadie lo sabía. Y de verdad, nadie lo sabía".

"El doctor Fernando López Becerra (anestesiólogo) sabía dónde vivía y por eso me fueron a ver a la casa. Estaba durmiendo. Me dijo: ‘¡Cornearon a un torero y está muy grave. Necesitamos que vayas!”.

Raudo y veloz, partieron hacia el hospital donde el torero esperaba para que le hicieran la otra parte del milagro médico.

"Segunda parte"

Y así se dio la segunda parte de una fecha icónica en los acontecimientos sangrientos en la Mérida. La primera, era la corrida de alternativa de Enrique Fraga, en que un par de banderillas de “Rafaelillo” estaban siendo lo más destacado y, hasta entonces, serían, en el imaginario del cronista, para encabezar la reseña, como cuenta en su crónica del 16 de mayo.

Pero, al día siguiente, el título fue a ocho columnas, totalmente funesto, con otro matiz: “Gravísima cornada a “Rafaelillo” en la Plaza Mérida”.

El torero deambuló entre la vida y la muerte. Lo llevaron a México pese a las recomendaciones médicas locales y, tras “exhaustiva” revisión allá, tuvieron que aceptar que lo hecho por los médicos locales, era absolutamente lo correcto.

Y a eso se debió el reencuentro entre ambos, 43 años después.

El torero: “Tengo sangre yucateca en las venas”

El toro me había dejado ver que no me descuidara. Pero estaba toreándolo bien. El tercio de banderillas me gustó, estuvo el público como nos gusta ver".

"Todo iba como podría esperar. Recuerdo que tomé una banderilla caída con la mano izquierda para guiar la embestida y con la derecha instrumenté un largo pase. Y después, en un momento, se vino la cornada”.

Así describió el torero el momento previo al percance que pudo cambiar la historia de su vida.

“Perdí mucha sangre. Y gracias a los aficionados que hicieron largas filas para donar es que me salvé. Primero me salvaron la vida. Luego me salvaron la pierna, porque pudieron haberme amputado. Y si o lo hacían, nadie iba a decir nada en contra porque iba a ser lo correcto en ese momento”.

Agradecido con Yucatán

“Vivo eternamente agradecido con Yucatán, con Mérida, con sus aficionados, con sus médicos. Se los dice un torero que, ahora, está siendo mentor de toreros".

"Y a las nuevas generaciones en el Centro de Alto Rendimiento en Tlaxcala no solo trato de enseñarles a torear, sino los principios del toreo, de la vida, de la historia, para que sepan en dónde están parados, desde que el toreo tiene tres tercios, hasta el por qué el capote es de un color y la muleta de otro".

"Todo eso se debe de saber. Ayudarles a conocer las formas de embestida, que todas son distintas. No a cuidarse únicamente de no ser corneados ni a buscar hacer lo más estético. Antes de querer ser figura hay que conocer el toreo”.

Y remata: “Así como aprendí viviendo, se me fue la vida y la recuperé. Por el doctor Sauma, que me salvó la vida y la pierna, es que volví a vivir”.

El doctor: “De toros sé poco, pero aprendí otras cosas del peligro”

El doctor Santiago Sauma Ríos no es propiamente un aficionado a los toros. Pero el instinto tomado a raíz de la experiencia en cada día que está en el burladero de los médicos le ha permitido tomar aprendizajes tan importantes para estar listo.

Ya contó cómo es que llegó ese día celebérrimo a ser parte de la historia de la tauromaquia: el doctor López Becerra era quien sabía dónde vivía y lo fueron a despertar.

Pero insiste en algo que deja ver su profesionalismo y honestidad: el primer héroe de la tarde en la salvación del torero fue el doctor Olivera.

“Él fue, al taponarle la hemorragia, el primero que salvó al torero. Si no le tapaba el boquete se pudo haber muerto allá mismo en la arena o en la clínica, o se le tuvo que amputar la pierna".

¿Sabes de toros?

"Cuando llegué al Centro Médico del Sureste (‘que no sé por qué porque ya estaba la Clínica de Mérida cerca’), era para hacer algo que, en circunstancia, no iba a realizarse si antes no bloqueaban la hemorragia”.

Ha aprendido mucho de los momentos de la corrida, desde entonces. “'K-Pota-Zo' (el fallecido taurino Raúl Gutiérrez Muñoz) me preguntó: ¿sabes de toros? Y pues yo fui sincero: No. Y me dijo: Te voy a enseñar. Y comencé a ir a su casa en Santa Ana, me mostraba libros, fotos, de todo. Así me fui documentando un poco”.

Pasados los años, curtido de tantas cornadas en cuyas operaciones ha participado, afirma que para él como médico cirujano existen riesgos y dificultades, especialmente con el carácter y la conducta de los propios operados. Y sabe, por sobre todas las cosas, que un domingo de toros o cualquier día de corrida, es algo muy especial. “En cualquier momento puede surgir el percance. Y hay que estar listos para ir a la enfermería y subir a la ambulancia si es necesario. Y de allí, no sabemos hasta qué hora”.

La tarde que pudo ser trágica

Presentamos en dos tiempos la cornada. Primero, la forma en que sucedió el percance, y luego la faena médica, desde la arena hasta el parte médico.

Así la cuenta la reseña del percance, la segunda crónica del día firmada por Mateo Rueda para el Diario. Insistimos: una reseña, al estilo de una época en que se contaban historias largas (los espacios en el papel lo permitían) y era la única forma de enterarse.

“El joven matador brindó a una dama del tendido de sombra e inició su faena con un molinete y continuó con derechazos y pases de pecho, premiados con fuertes palmas. Ya el toro mostraba su peligrosidad por la manera de embestir.

El torero sujetó luego una banderilla para intentar guiar la embestida al tiempo que instrumentaba una serie de derechazos. En cierto momento, recibió el primer aviso de lo que vendría después: el toro, con las palas de los pitones lo trompicó, lo empujó.

Y vino el drama

Poco después, cuando Rafaelillo ejecutaba un derechazo, sobrevino el drama: el astado lo cogió, lo zarandeó por el aire, lo derribó, hizo por él, lo pisoteó y le descosturó lo que pareció ser la hombrera de su chaquetilla.

El diestro quedó tendido boca abajo. El recién doctorado matador Enrique Fraga –el primero en socorrerlo-, subalternos y monosabios le hicieron el quite y lo condujeron a la enfermería, donde el doctor Armando Tello Solís, jefe del servicio de la plaza, le taponó la herida con gasa para contener la tremenda hemorragia y le ligó la pierna derecha.

Mientras tanto, Chucho Solórzano –el más antiguo de la terna- propinaba soberbia estocada a Cariñoso, que rodó sin puntilla”.

En el patio de cuadrillas, el auxiliar técnico de callejón, Sr. David Heredia Montañez, se encontró con un problema: no había en ese momento un vehículo disponible para trasladar al herido, por lo que pidió ayuda a una patrulla de la DGSPTE. Pero como ésta no acudía con prontitud a causa del tránsito, interceptó a un taxi que pasaba en ese momento por ahí y lo hizo entrar en el mencionado patio..

Las puertas de cuadrillas se abrieron para que entraran las mulillas a recoger los despojos de Cariñoso y fue posible ver desde los tendidos las maniobras del taxi que, con el diestro herido, emprendió instantes después presuroso viaje hacia el Centro Médico del Sureste, precedido por una patrulla policíaca con la sirena funcionando.

"Me voy a morir"

Dos personas acompañaron al matador, el Dr. Juan Olivera, del servicio médico de la Plaza, e Israel Vázquez Rocha, picador de confianza de Rafael. Ambos lo auxiliaron para evitar que se desangrara. El piquero, por cierto, estuvo en todo momento en el nosocomio y acompañaba al valeroso diestro hasta esta madrugada.

"Me duele, me voy a morir" —dijo Rafaelillo al salir de la plaza.

Se informó que había sido trasladado al Sanatorio Mexicano, en la calle 52, hasta donde se dirigieron autoridades y aficionados. Pero ahí se les informó que el matador no estaba.

Luego se supo que, en realidad, era atendido en el Centro Médico del Sureste, donde, poco después de las 6:30 de la tarde, se inició la intervención quirúrgica, a cargo de los Dres. Tello Solís, Guillermo de la Guerra, Javier Pasos y Juan Olivera, con la cooperación de los Dres. Carlos Sabido, anestesiólogo, y Avelino Paredes Lara, transfusionista.

A poco de iniciada la intervención, los médicos advirtieron que la femoral estaba seccionada y faltaba un trozo de unos seis centímetros, por lo que convinieron en llamar al Dr. Santiago Sauma Ríos, cirujano vascular.

Angustia y tensión

En el nosocomio se concentraron, entre otras personas, el Sr. Lázaro Achurra Suárez, regidor comisionado de Espectáculos, quien presenció el festejo junto al juez; el usía Gotfried Figueroa López; el Lic. Rafael Loret de Mola Vadillo, director de Gobierno del Ayuntamiento y el auxiliar de callejón, Sr. Heredia Montañez.

También estuvieron en el hospital, cuando concluía la intervención quirúrgica, el empresario Cap. Leopoldo Castro Gamboa, el matador Enrique Fraga y el rejoneador Jorge Hernández Andrés.

Momentos de angustia y tensión vivieron todos en el Centro Médico, sobre todo cuando se supo que Rafaelillo tenía seccionada la femoral, la angustia aumentó cuando trascendió, poco después de las nueve de la noche, que se le estaba dando a Rafael masaje al corazón porque había sufrido un paro.

Poco antes de las diez de la noche, por fin se supo que el peligro mayor había sido conjurado temporalmente.

El parte médico

Salieron los médicos y el Dr. Tello Solís formuló de viva voz el siguiente parte:

"Herida por cuerno de toro en el Triángulo de Scarpa con dirección posterosuperior de diez centímetros que destrozó la arteria femoral, seccionándola totalmente, con pérdida de substancia de la misma de unos seis centímetros. Pronóstico: muy grave”.

Los Dres. Tello Solís y Sauma Ríos explicaron que fue necesario ponerle a Rafaelillo 2 litros y medio de sangre durante la operación (por radio y televisión se solicitaron donantes de sangre tipo "O” positiva y numerosas personas acudieron al llamado, pero sólo a algunas se les tomó el líquido vital. El primer donante fue el picador Vázquez Rocha).

Agregaron los médicos que en el coso le introdujeron gasa y le presionaron fuertemente para contener la hemorragia y confirmaron que el paro cardíaco duró entre un minuto y minuto y medio.

Explicaron también que al principio se trató de unirle los cabos de arteria, pero esto no resultó, por lo que se intentó hacerle un injerto de vena safena, lo cual tampoco se logró. El Dr. Sauma Ríos decidió entonces implanta ríe un injerto de dacrón.

Trayectoria de la cornada

Una trayectoria tuvo la cogida: el pitón sólo penetró para romperle la arteria, pues no interesó ni un solo músculo.

Si no había complicaciones, el diestro tardaría en sanar unos 20 ó 25 días, pero nada podrá saberse a ciencia cierta antas de 40 ó 72 horas, lapso en que se espera que Rafaelillo salga del "shock” quirúrgico que pone en peligro su vida.

Como ya dijimos, debido a que la pierna no recuperaba su circulación sanguínea se pensó en amputarla. Pero al fin se logró que la circulación se restableciera, pero no con toda normalidad.

Desesperado por el duro trance de su matador, el piquero Vázquez Rocha llamó cuatro veces a la capital de la República para hablar con el padre del diestro herido, Rafael (Gil) de Portugués. Inclusive se trató de establecer comunicación con el Dr. Xavier Campos Licastro, experto en cirugía taurina.

También se pensó en trasladar al coleta a la capital de la República, pero, interrogado sobre este asunto, el Dr. Sauma Ríos afirmó que eso no sería posible.

¿Y si los familiares insisten? —preguntamos.

Si le va bien —respondió Sauma Ríos— ¿para qué trasladarlo? Y si le va mal no podrán hacerlo.

Según informó Israel Vázquez, quien lleva seis años como garrochero de confianza de Rafaelillo, su torero perdía por la cornada siete fechas: una corrida en Tuxpan, Jalisco; otra en Jico, Veracruz, tres en Centroamérica y dos más, en junio, en Durango y Torreón.

Necesaria ambulancia

El cronista escuchó numerosos comentarios en la plaza y en el Centro Médico sobre la necesidad de que en el coso esté permanentemente —en cada corrida— una ambulancia, por lo menos, ya que no se cuenta con instalaciones suficientes —un quirófano, por ejemplo— para casos como el de ayero.

La vigilancia del coso, como se sabe, compete en Mérida al Ayuntamiento y, concretamente, al regidor de Espectáculos y a la Comisión Taurina Municipal, a más de las autoridades de la plaza.

El concejal Achurra Suárez y el empresario Castro Gamboa se mostraron acordes en la conveniencia de esa medida.

Ojalá se implante, pues la disposición —como hemos comentado antes- hace mucho que debía estar vigente, para protección a los toreros, pues cuando éstos sufren graves percances, como ayer, los minutos que se pierden pueden resultar mortales.

La cogida de Rafaelillo, por otra parte, es la más grave — y la primera, si la memoria no nos traiciona— en los últimos diez años.
Firma: iniciales M.R.

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