in

Toros y público, de regreso a la Maestranza

Foto: Megamedia

Oreja para Roca Rey y Morante pierde un trofeo

SEVILLA (EFE).— El peruano Roca Rey, quien cortó una oreja de poco peso, y el sevillano Morante de la Puebla, que la perdió por fallar con la espada, protagonizaron, en un acusado contraste, los momentos más destacables de la corrida que abrió la feria de San Miguel, primera en la plaza de Sevilla después de un cierre de dos años por culpa de la pandemia.

Se notó pronto que, por eso mismo, el público tenía ganas de toros: en cuanto sonaron los primeros acordes del pasodoble que acompaña tradicionalmente los paseíllos en este legendario coso, los tendidos rompieron en una clamorosa ovación.

Y tal vez por eso, por esa felicidad del reencuentro, todo lo que se vio en la plaza se valoró con benevolencia, tanto para aplaudir mucho, con más o menos motivos, como para protestar poco, que también hubo por qué, como las justas fuerzas de la corrida de Victoriano del Río, derivadas de su falta de cuajo.

En ese contexto hay que entender la oreja de poquito peso que paseó Roca Rey del segundo de la tarde, que fue la joya y la excepción de un encierro de poca raza y entrega, cuando no rajado, y al que el peruano prácticamente desaprovechó, aunque le pegara muchos pases.

La cuestión es que el bonito, fino y bajo ejemplar tuvo unas docenas de embestidas tan largas, de tanta calidad y de ritmo tan templado que pedían un toreo acorde que Roca no llegó a instrumentar más que en el inicio de la faena de muleta, cuando el animal tenía más inercia en la arrancada, pero no así cuando necesitaba que tiraran de él y le acompasaran su ritmo con los vuelos lentos del engaño.

Clara sensación

Resolvió al final el joven sudamericano con su toreo de arrimón, los efectismos entre los pitones, tan habituales y recurrentes en su repertorio, y llegó así a calentar por fin al público para cortar esa oreja, solo que en el ambiente quedó la clara sensación de que el toro se fue al desolladero con una gran faena dentro.

En cambio, Morante de la Puebla sacó oro molido de donde solo había una embestida descastada y de poca entrega, como la que tuvo el cuarto, un toro mansón que acabó buscando las tablas y evitando la pelea.

Solo que delante estaba Morante, no solo un gran artista sino también un torero veterano de amplio oficio y un gran arsenal de recursos técnicos que le sirvieron para, con apenas medias embestidas, con cuarto y mitad de toro, sacar a escena un toreo intenso y variado que hizo las delicias de su público.

La intensidad llegó por el ajuste, por lo cerca y lo despacio que se pasó siempre esas sosas embestidas, sin dejar que el toro huyera, y la variedad por su amplia fantasía torera, capaz de adornar y envolver lo fundamental en todo un despliegue de muletazos de sabor añejo, ayudados por alto y por bajo, remates airosos, adornos floridos, para crear arte más allá de las buenas o malas condiciones del enemigo.

Sin embargo, la espada no entró a la primera y el trofeo seguro, este sí de peso, se difuminó; no así la ovación que le tributó el público.

En la lidia de los otros cuatro toros pasaron muy pocas cosas: Morante no perdió el tiempo con el insulso y manso primero y Roca se alargó en demasía en la distancia corta con el rajado quinto, del que le pidieron otra oreja sin fuerza.

Fue a ese segundo del peruano al que Pablo Aguado hizo un precioso y muy sevillano quite por chicuelinas que fue lo mejor de una actuación en la que, con uno descastado y otro áspero y con genio, el hispalense no terminó de hallarse a gusto ni de dar con la tecla.

 

Denuncian graves irregularidades en los comicios rusos

El autobús del Ayuntamiento de Tizimín será reparado