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Yucatán vive del toro: la Fiesta, en todos los rincones

También en el Estado se han dado varias bajas

Amigos aficionados...

El toreo es de verdad y todo aquel que se vista de torero, de oro de plata, o para torear en los pueblos, pone en juego la vida.

La semana pasada, y aún en estos días, se comentó de la muerte de Joselito El Gallo hace cien años en Talavera de la Reina. Y eso que se trataba del llamado rey de los toreros, un sabio, entendedor como pocos, de cada detalle de la lidia.

Y otros muchos que murieron por cornadas o percances sufridos en el ruedo fueron primeras figuras. Se murió Manolete por la cornada de “Islero”, el mejor de los lidiadores de su época, e igual cuando Paquirri se fue trágicamente tras la cornada de “Avispado”, era potencialmente el más completo del momento y con las mejores facultades toreras y físicas. Cuando “Burlero” cegó la vida de José Cubero “El Yiyo” mató a un joven llamado a ser primera figura del toreo. Y podemos seguir y seguir. Es la actividad más real entre las que se pueden llamar arte y deporte.

La Fiesta está viva

En Yucatán, además de la Plaza Mérida, en nuestros pueblos se vive de tal intensidad que los toreros de casa, por ganarse la vida, se exponen sobre manera, enfrentándose a toros matreros (toreados) y más recientemente siendo los pregoneros en la salida de los fieros enemigos que sirven para el criticado torneo de lazo. Toros de largas temporadas que conocen más, o también de media casta o cebús, que en un derrote te pueden aniquilar.

También aquí en estos lares ha habido bajas sensibles. Y muchos han padecido por la gravedad de la cornadas y la precaria atención médica. Esa es una desventaja enorme de los de casa.

Tierra de toro

Nuestra tierra, sin embargo, vive del toro, por así decirlo. Semana a semana desfilan por los pueblos los toreros yendo a las fiestas patronales. Y se cuentan por cientos los festejos que se dan. Hemos llegado a la conclusión, sin dudarlo, que aunque hay otras entidades que se conocen por ser muy taurinas, es aquí en Yucatán donde se dan más festejos que en cualquier otro lado.

En los míticos cosos de palos y guano, pero festejos al fin y al cabo. Si consideramos 106 municipios y cada uno con sus pueblos y comisarías de a dos o tres festejos, o hasta de dos semanas de duración, podemos darnos una idea de que habría mil o más en un año.

Y son fiestas de verdad.

Conocemos de las principales, Tizimín, Chumayel, Tekit, Tixkokob, con sus tablados majestuosos y enormes, pero en cada rincón hay toros día a día, y abriéndose paso a las historias cotidianas que pasan a ser leyendas urbanas.

Y así, el juego con la muerte en cada instante. El desafío primero de la Fiesta es entregar la vida, sea en Madrid o en cualquier modesto coso de palos. El toro nunca perdona.— Gaspar Silveira Malaver

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