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No siempre gana el que más gasta

Irving Berlín Vilafaña (*)

La moda de los estrategas y la profesionalización de las campañas electorales responden, sobre todo, a la mayor complejidad de la sociedad. Me parece que, sin embargo, hay factores cumbres en estos procesos: a) las decisiones preliminares, b) las estrategias de comunicación y c) las condiciones estructurales.

El primero tiene que ver con los procedimientos de los partidos para conformar sus planillas electorales.

El PAN integró su oferta sobre la base del consenso de sus liderazgos y el PRI eligió con el dedo tradicional de los líderes cupulares. La planilla panista resultó muy competitiva, dando pie a jóvenes y a políticos antiguos e incluso corrigiendo algunos errores como la exclusión de Ana Rosa Payán Cervera, que elección tras elección le había restado unos 30,000 votos.

Esos aciertos —y otros como la negociación con otros partidos como el MC— tendrán que valorarse en relación con dos pérdidas: la de Joaquín Díaz Mena y la de Luis Correa Mena, que es otra de estas pérdidas no corregidas.

El PRI, en cambio, tomó decisiones que redujeron sus posibilidades de triunfo, eligiendo actores con menos presencia que otros y más cuestionables. Lo escribimos en artículos preliminares: Jorge Carlos Ramírez Marín y Pablo Gamboa Miner eran cartas mucho más sólidas que quienes perdieron hoy las elecciones.

A la luz de los resultados, el PAN de Raúl Paz avanzó electoralmente ganando la gubernatura, la alcaldía de Mérida, dos distritos federales y cuatro diputaciones locales (todas con cabecera en esta capital), mientras que el PRI de Rolando Zapata fracasó de modo terrible, perdiendo el presupuesto público más grande de Yucatán, que es el de la gubernatura.

Sobre las estrategias de comunicación, podría decir, contrario al excesivo peso que suelen darles a las cosas los estrategas importados, que en Mérida y Yucatán he visto campañas modestas que ganan arrolladoramente y campañas modernas, caras y sofisticadas, cuyos candidatos pierden.

La campaña de Manuel Fuentes (en la que participó por primera vez en México Antonio Sola) fue de menor calidad técnica y profesional que la de Víctor Cervera Pacheco, quien no obstante, perdió).

Siguiendo la idea, diré que la campaña de Víctor Caballero Durán tuvo una gran disciplina, una narrativa con valor crítico y una gran presencia no solo en medios sino también en las redes sociales, lo cual habla de una impecable ejecución de los manuales de comunicación política.

El problema es que mientras su comunicación era óptima, la credibilidad del actor era cuestionable, por lo que ni siquiera obtuvo en Mérida los votos que sí obtuvo en su momento Nerio Torres Arcila. La campaña de Renán Barrera Concha, en sentido contrario, no necesitaba ni grandes aspavientos ni cuantiosas inversiones. Estaba avalada simplemente con la trayectoria y el prestigio del candidato.

Si analizamos la campaña de Mauricio Vila respecto a la de Mauricio Sahuí, observo que el primer actor, por su juventud, carácter y frescura tenía más elementos subjetivos para impactar que el segundo. Las etapas de propuestas y de debate las gana también en la medida en que seleccionó temas muy sensibles para las mayorías que después fueron copiadas por la campaña tricolor: doctores, hospitales, medicinas, salud, becas, empleo y una agenda comprometida con Renán Barrera Concha para superar problemas antiguos de Mérida.

Los debates, en cambio, fueron los momentos máximos del contraste, especialmente el primero que desató una serie de piezas publicitarias e informaciones noticiosas en contra de Mauricio Sahuí Rivero.

Los candidatos siguieron el mismo manual en otras fases menos importantes y no hay novedades, salvo quizás, que el paquete de ataques contra Sahuí fue más eficiente y creíble que el contrario, justamente por las características del candidato.

El voto estructural depende poco de la comunicación electoral y es mucho más estable. Este factor no siempre se evalúa correctamente pero suele ser de gran influencia. Entre sus determinantes, subrayamos éstas: que haya (1) elecciones concurrentes y se mezclen campañas locales, estatales con nacionales, haciendo que algunas de ellas sean meros trámites de tendencias mayores; (2) los ajustes demográficos que tienen que ver con migraciones o cambios generacionales y con ellos cambios en la cultura política; (3) la operación política de movilización de grupos corporativos y (4) la adhesión y resta de líderes partidistas capaces de jalar grandes núcleos de votantes.

Todos estos factores estuvieron presentes en la elección del 1 de julio. La suma de todos ellos, a la luz de los resultados, muestra un PAN en ascenso, un PRI sin liderazgo y un Morena que, en lo estatal, aún es un sueño por realizar.— Mérida, Yucatán.

iberlin@prodigy.net.mx

Antropólogo, doctor en Ciencias de la Información y excolaborador de Renán Barrera y Mauricio Vila

 

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