feminicida de tahdziu

 

¿Qué queremos?

Linda Pino de Cámara (*)

El ser humano es tan diverso en su forma de pensar y de ver las cosas, que por eso, en cuanto a la política se refiere, debemos dar gracias a la vida porque en nuestro país vivimos en un régimen de democracia. Sir Winston Churchill decía que era el peor de los regímenes a excepción de los demás. Entendiendo esto con claridad podemos asegurar que estando en México, no pretendamos confundirnos diciendo —o pensando— que quien ganó por amplísimo margen la Presidencia de la República el pasado 1 de julio sea un “dictador”. Andrés Manuel López Obrador, cuando candidato, anunció que si el voto ciudadano le favorecía llevaría a la nación a un cambio. Nunca se refirió a que cambiaría el régimen democrático por una dictadura. Desde el primer momento señaló dos aspectos básicos: combate a la corrupción y a la impunidad. Dos factores esenciales a combatir, de los cuales se derivaría todo un proyecto nuevo de nación. Lo dijo incansablemente a lo largo de su campaña. O sea, lo que busca el ahora virtual presidente electo es fortalecer el actual régimen democrático, hoy tan maltrecho por la partidocracia.

Todos los mexicanos podemos coincidir en que corrupción e impunidad son un cáncer que ha ido en aumento deteriorando todo el tejido social y político que nos conforma. Quien desconozca esta realidad es porque vive en un México irreal. Los partidos políticos han ido creando, al calor de este cáncer, una declinación de la democracia que finalmente derivó en una partidocracia. La política de México ha ido girando alrededor de esta forma desfigurada de democracia y el país ha bailado al son que esta partidocracia le ha tocado ya por varios sexenios. Democracia “perfecta” le llamó hace décadas el escritor peruano Mario Vargas Llosa, cuando era hegemónica (PRI); pero “partidocracia” es lo que define mejor a la democracia de los últimos tiempos.

Si el país, con tanta riqueza natural que posee, estuviera funcionando bien en cuanto a distribución de su riqueza, indiscutiblemente ésta generaría bienestar social, económico, cultural, etcétera, y podríamos asegurar que nuestra forma democrática —que ya derivó en una partidocracia— es algo bueno y deseable. Pero creo que todos los ciudadanos de a pie coincidimos con que no estamos en el México democrático que deberíamos estar; y ese fue el motivo por el cual el 1 de julio la mayoría demostró su hartazgo hacia las formas, intolerables ya, de gobierno corrupto e impune. Y esto lo gritaron las urnas el 1 de julio pasado cuando se llenaron de votos no sólo de la gente burguesa del México pudiente —que también tuvo mucha participación sin duda—, sino que esta vez participó también el México adolorido por la desigualdad y por la miseria existente. Fueron, en su gran mayoría, votos conscientes de las clases sociales que resienten, en sus conciencias unos y en sus bolsillos y carencias otros, la corrupción y la impunidad en la que ha caído la clase política, del color que sea; la voz estridente de las urnas repletas fue la decisión de quienes no se acomodan a las circunstancias de injusticia social que este cáncer genera. El voto que le dio su aval a AMLO ha sido del ciudadano que ha podido reconocer que ninguno de los presidentes que han gobernado en los últimos 30 años acabó o tan siquiera disminuyó este mal endémico incrustado en la partidocracia imperante de cada sexenio. Por el contrario, cada período presidencial ha sido un desencanto más en la democracia de México. La partidocracia de México es tan dañina como lo han sido las dictaduras en los países militarizados suramericanos.

Debemos sentirnos orgullosos de que sin más armas que el voto masivo de los ciudadanos logramos derrotarla. Y por ningún motivo debemos permitir que vuelva a surgir porque, si bien los partidos políticos son indispensables para que el régimen político democrático sea lo que debe ser, sus excesos se vuelven perniciosos. Es necesario que los partidos políticos se apeguen siempre a sus principios —que sí los tienen— para que no se vuelvan a poner por encima de la democracia.

Ahora que se empieza a preparar el virtual gobierno electo para comenzar sus funciones en diciembre, hay voces de protesta hacia el “cómo” se hará para combatir la corrupción, desde los estados. La figura de los coordinadores federales en los estados es hoy uno de los elementos escogidos por el virtual gobierno electo para cerrar llaves de fuga de dineros que comprobada, pero impunemente está abierta a propiciar la corrupción. Ante esta postura hay dos vertientes: a) seguir con la misma forma estatal de multicidad de delegaciones, con pasaporte hacia la corrupción. b) un solo delegado en el Estado, dependiente de la Federación (recordemos que, a diferencia de los países de América del Sur, México no se presta a ser una dictadura).

Entonces, ¿cabe la suspicacia de pensar que nuestra democracia a partir del 1 de diciembre pasará a ser una dictadura? Pues sí cabe, en la mente del suspicaz sobre todo. Como también cabe para todo aquel a quien, con esta nueva forma, verá afectada su ya cómoda y usual manera de gobierno que se presta a corrupción. Y se resisten a los cambios.

Por eso es necesario preguntarse y reflexionar si actualmente “la llave está abierta” para cada gobernador estatal con sus 30 y a veces hasta 50 delegados más, y se supone que el delegado único estaría para implementar una cerradura para fugas… uno preferiría darle a este delegado el beneficio de la duda, porque precisamente sería supervisado por la Federación. Ésa es una lógica.

Hemos llegado a esa conclusión no de manera tan simplista como lo definimos en a y b, sino después de un análisis y tomando en cuenta la propuesta seria de un virtual presidente electo de que se combatirá la corrupción y también se adelgazaría así el gasto de tanta burocracia.

Sin caer en el optimismo ni en el pesimismo, que son dos extremos, tiene que haber cambios reales en las formas y no seguir igual que siempre: cerrando los ojos, tapándonos los oídos y quedándonos mudos ante lo que ocurre hoy a diestra y siniestra en los gobiernos estatales. Ejemplos tenemos de sobra en varios gobernadores que han “desviado” miles de millones del dinero público. Eso sí es corrupción rampante. Y a niveles federales igual; y pienso en estafas maestras, casas blancas, en fin, ejemplos sobran. Por eso es necesario cambiar las formas y vigilar. Cerrar puertas y poner candados. En una palabra, hay que actuar. Y hay que hacerlo desde el gobierno (AMLO ya lo ofreció) pero también desde la sociedad. Un voto de confianza, sí, pero con una sociedad con ojos abiertos, oídos atentos y palabras claras.

Lo que México necesita es acabar con el cáncer que lo está carcomiendo: la corrupción y la impunidad. Una quimioterapia que no llegará desde la partidocracia. Manos a la obra México. Interpelamos al México en su sociedad, en su gente. Lo demás, está de más.— Mérida, Yucatán.

lindapinodecamara@hotmail.com

Escritora

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán