feminicida de tahdziu

 

Síntomas

Jorge H. Álvarez Rendón (*)

Apenas seis días atrás finalicé la biografía del compositor ruso Dimitri Shostakovich escrita por el chelista Carlos Prieto, quien conoció y trató al artista durante el tiempo que estudió en la Unión Soviética a comienzo de los años sesenta del pasado siglo.

Shostakovich fue un artista genial con un destino negro: vivir sus años de creatividad juvenil y madurez en la Unión Soviética de José Stalin, líder muy cercano a Lenin, a cuya muerte se encumbró con la eliminación de sus oponentes (el último fue Trotsky, asesinado en México en 1940) y creando un sistema represivo en el que su figura era idolatrada y no se permitía en absoluto la discrepancia.

Fue Nikita Krushsov, nuevo líder tras la muerte de Stalin en 1953, quien descubrió a todo el mundo los crímenes de aquel gobernante en un famoso discurso a mitad del XX Congreso de la Unión Soviética. Asesinatos en masa, deportación de enemigos, supresión de toda libertad expresiva, culto a la personalidad y —sobre todo— forzado control del obrar de los artistas (poetas, músicos, cineastas) a una sola y abrumadora voluntad.

En manifiestos y artículos periodísticos se atacaba a quien osara traspasar los lineamientos del “realismo” proletario y la expresión favorita fue “de acuerdo con la voluntad del pueblo”.

Shostakovich fue duramente sancionado —incluso con la pérdida de su trabajo en el conservatorio de Moscú— porque su Cuarta Sinfonía se escuchó —a los oídos de los censores stalinistas— extremadamente “burguesa” y acorde con los cánones de artistas depravados y decadentes de Occidente.

Recientemente, tras la victoria suntuosa de López Obrador en los comicios presidenciales, se han comenzado a escuchar frases muy parecidas a las utilizadas por aquel régimen del que Shostakovich —según refiere don Carlos Prieto— fue una infortunada víctima desde 1926 hasta aproximadamente 1957.

En los dominios de Facebook hemos leído mensajes con un lenguaje sumamente preocupante.

A quienes no estuvieran de acuerdo con el presidente electo se les invita “a dejar el país”, su espacio natal.

Hay que disolver el INE porque no cumple “la voluntad del pueblo” y alguien convocó a “tomar medidas” contra los magistrados de la Suprema Corte de Justicia que se resistiesen a abandonar sus sueldos de fábula.

Pareciera que “el pueblo”, abstracto término que acaso correspondería a la sumatoria de los ciudadanos de la República, puede omitir trámites legales, olvidar procedimientos, abatir instituciones y hacer aceptable cualquier decisión que tomara el presidente electo, cuyos rasgos de caudillo mesiánico, casi predestinado, se han divulgado por años en todos los medios informativos y de opinión.

Se dan casos de informadores locales que han sido tachados de corruptos y retrógrados tan solo por discrepar de algunas medidas previas del elegido que aún no asume el poder. Algunos han comenzado a cuidar sus palabras, pues los seguidores de don Manuel han recalcado que “habrá ojos” para reconocer artimañas y atajarlas a tiempo.

El miedo a las palabras es un síntoma extraño si tomamos en cuenta que el candidato triunfante en las pasadas elecciones prometió un México levantado contra la corrupción y los desmanes gubernamentales, cada vez más lejano de las componendas partidistas, un país donde se fueran disolviendo las diferencias y creciera —suponíamos— una libertad de expresión que se había ganado desde unos 20 años a la fecha.

No debemos olvidar que López Obrador ya no es el aspirante de su partido a ocupar el Poder Ejecutivo, sino el virtual presidente electo quien, a partir del 1 de diciembre próximo, gobernará para todos los mexicanos, incluso para aquellos que no emitieron voto a su favor. Ese es uno de los más claros signos de la democracia.— Mérida, Yucatán.

jorgealvarezredon@hotmail.com

Cronista de Mérida

 

Noticias de Mérida, Yucatán, México y el Mundo, además de análisis y artículos editoriales, publicados en la edición impresa de Diario de Yucatán