Roger Antonio González Herrera (*)
“El cuerpo de Juan Carnaval, oriundo de Flamboyanes, que vivió dos años en Chicxulub y que luego se pasó a vivir con su segunda esposa en Paraíso y que después de su quinto divorcio se pasó a la Vicente Guerrero (Bondolo pa´ los cuates), fue encontrado en la madrugada sin vida bajo una palma de coco del malecón del puerto de Progreso”. Ese fue el epílogo de las fiestas carnestolendas en el municipio costero y el preámbulo de la lectura de la “herencia” de tan mítico personaje. Cabe recordar que el Carnaval, por primera vez en la historia de ese puerto, fue organizado por una administración municipal emanada del PAN.
Este simple hecho marca un cambio fundamental en esta fiesta extraída de los antiguos ritos paganos y que se celebra en casi todo el mundo cristiano; porque en años anteriores el Carnaval de Progreso era una especie de bandera del PRI para condenar la decisión de los gobiernos panistas de Mérida de trasladar el Carnaval de esta ciudad del Paseo de Montejo a las instalaciones de la Feria de Xmatkuil. Decisión muy aplaudida por diversos sectores de la sociedad, pero condenada por grupos políticos opositores que explotaban el descontento de algunos sectores de la población.
El Carnaval es un asunto de gustos y de antojos. En buena parte del mundo, los ciudadanos de varias culturas celebran estas fiestas en las que dejan de lado las convenciones sociales por unos días para poder hacer lo que se les da gana. Eso se respeta y aquí en Mérida las autoridades hicieron eco de las demandas de algunos sectores de la población y decidieron sacar esos festejos del Centro para permitir a la ciudad seguir su rutina normal, sin afectación del tránsito, de los jardines ni de los espacios públicos, principalmente de un lugar tan emblemático de nuestra cultura, como lo es el Paseo de Montejo, que en años anteriores se volvía una especie de cantina al aire libre, con todos los inconvenientes que eso representaba.
Como dicen en mi pueblo, “hay gente para todo” y aunque sus críticos sostengan que “al Carnaval de Mérida lo mandaron al monte”, lo cierto es que Plaza Carnaval tuvo buena asistencia y cumplió con las expectativas.
El caso del Carnaval de Progreso es peculiar, porque la combinación de playa, sol, arena, mar y fiesta es insuperable. En tal sentido, este año registró asistencia récord, lo cual fue reconocido por propios y extraños. Se superó con creces la expectativa y, bendito Dios, se registró “saldo blanco”, despejando los negros nubarrones de tragedia que los tristes y lamentables sucesos del bar Mocambo vaticinaban.
Los noveles organizadores de estas fiestas en el puerto cumplieron muy bien su tarea. Destacando la conformación del llamado “Equipo Verde”, integrado por funcionarios municipales, empleados de empresas patrocinadoras y voluntarios que, afanosamente, trabajaron para limpiar la ciudad y su playa luego de cada festejo y recorrido.
Algunos mal intencionados intentaron en redes sociales enfrentar a las dos administraciones emanadas del PAN de los municipios de Mérida y Progreso con el tema del Carnaval. Sin embargo, no lograron su objetivo porque ni es una competencia ni se trata de apostarle al fracaso de uno o de otro. En esta ocasión, ambos carnavales brindaron variedad a quienes gustan de esas fiestas y (¿por qué no?) en un futuro pudieran hasta complementarse mediante acuerdos de colaboración mutua. Finalmente, Mérida y Progreso son municipios vecinos y hermanos, muchos meridanos vacacionan largas temporadas en el puerto y muchos progreseños laboran, estudian y se distraen en Mérida. Hay un flujo permanente y relevante entre ambas ciudades y sería muy significativo que esa colaboración iguale en calidad y eficiencia el nivel de servicios públicos. Se puede lograr y, como dijera Celia Cruz…, “la vida es un carnaval”.— Mérida, Yucatán
rogergonzalezherrera@yahoo.com. mx
Director del Consejo Estatal de Población
