Jesús Retana Vivanco: Chilango

lunes, 18 de enero de 2021 · 05:19

Chilango, huache, regio, yuca, chicano, gringo, franchute, guanaco. Son algunos de los muchos gentilicios xenófobos que se escuchan con frecuencia para referirse al habitante de algún estado, región o país, pero esto va más allá de un gentilicio. Es el principio que encubre el racismo o la discriminación en todo el mundo.

No vamos lejos, la gente no solo discrimina por el color de piel o de cabello, hay una amplia gama del espectro racista, citaré solo algunos ejemplos: por su forma de hablar, por su inclinación sexual, por su religión, por su “fealdad”, por su vestimenta, por su origen, por su pobreza, por su trabajo, etc. etc.

Cuantas veces hemos escuchado tanto a hombres como mujeres referirse a uno de sus semejantes con estas expresiones: “mira a ese naco,”  “pobre güey, qué feo esta,”  “ve todas las cirugías que se hizo esa mujer,”  “ese negro parece simio”. Es tan solo un ejemplo de lo que se suele comentar en las pláticas entre amigos o amigas.

Esto duele, pero ha pasado a formar parte del resentimiento humano en la relación con sus congéneres.

El racismo aflora cuando involucramos a la gente que creemos es inferior a nosotros, discriminamos sin piedad, con lujo de autoritarismo y prepotencia.

Vemos por debajo del hombro al indígena que lucha por subsistir al día siguiente, nos vale la persona que nos sirve en la gasolinería, el que nos lava el coche que ni las gracias le damos.

En 1957 tuve la oportunidad de que mis padres me llevaran a Disneyland (dos años después de su inauguración). No he podido borrar de mi memoria que al subirnos a un autobús la gente de color entraba y salía por la puerta trasera, la cual se aislaba de los demás con un enrejado que les impedía sentarse con los pasajeros blancos. Lo mismo sucedía en las tiendas, restaurantes y en el mismo parque de diversiones, las filas separadas de negros y blancos.

Desde 1965 hasta 1968, cuando murió, Martin Luther King obligó a buscar un sincretismo racial del que todavía se carece en Estados Unidos.

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“¿Ya viste como los demás niños te ven raro y no te hablan porque eres el güero del salón?”, eso me incomodaba en sexto año de primaria.

El clásico grito de “cuatro lámparas” por usar anteojos desde muy niño, lo escuchaba muchas veces al día, sin embargo nunca me afectó,  ahora, el bullyng raya en aspectos más violentos. Había otros compañeros que los martirizaban con apodos muy feos por sus facciones, por sus defectos físicos o inclusive por ser buenos estudiantes y llevar un promedio alto.

Todo le incomoda a la gente: el vecino que juega muy bien al tenis, el que estrenó coche del año y le dicen “ahí va ese sangrón”, convirtiendo la envidia en un lastre del divisionismo social.

Esto difícilmente va a cambiar, entendamos nuestra naturaleza, por lo pronto la simbiosis va en proceso.

Cuando tu amigo te enseñe a su hijo recién nacido, por favor no le digas “qué chistoso está”; él va a entender que le estás diciendo “qué feo está tu hijo”.

Más vale conservar la amistad, contengamos la segregación.— Mérida, Yucatán.  Twitter: @ydesdelabarrera

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