Denise Dresser: Qué miedo vivir en México

lunes, 15 de noviembre de 2021 · 05:40
Nuestros policías Denise Dresser (*) Reza para que las sirenas de las ambulancias no sean para ti. Reza para que no seas víctima y la ambulancia demore horas en llegar. Reza para que venga un policía e implora que sea uno de los buenos. Uno de los que todavía no se corrompen, todavía no han sido corrompidos, todavía no han sido “reventados” por mandos cercanos al crimen, y lejanos a la ciudadanía. Nosotros desamparados y ellos también: mal entrenados, mal pagados, mal evaluados. Los “pinch... policías” atrapados entre múltiples frentes, retratados de forma magistralmente ambivalente por “Una película de policías”, de Alonso Ruizpalacios. Ahí, en la pantalla, el costo humano e institucional de un sistema policial podrido, disfuncional, donde cuesta trabajo distinguir entre buenos y malos, policías y ladrones. Quienes nos cuidan y quienes nos expolian. Quienes tienen el deber de proteger pero no cuentan con qué. Aventados a lo hondo de la alberca durante el entrenamiento, y siguen ahogándose ahí. Pocas cosas tan fáciles que denostar a la policía por corrupta, por ineficiente, por indolente. Pocas acciones tan irresponsables como señalar sus defectos sin entender de dónde vienen y cómo se podrían corregir. Policías con solo 6 meses de entrenamiento, con un nivel de educación que pocas veces rebasa la secundaria. Policías que gastan 400 pesos a la semana de su propio sueldo para asegurar un chaleco, unas balas, una patrulla. Policías con un sueldo de 1,100 pesos a la quincena. Y aún así, intentando servir, buscando proteger, jugándosela, rogando no recibir un balazo porque si les disparan y se quitan el chaleco para atender la herida, el seguro de vida no les paga. Vulnerables ante una población que los desprecia o los soborna o los ignora. Ayudando a veces, cerrando los ojos tantas más. Aceptando la mordida para sobrevivir o mantener el “statu quo” que a tantos conviene. Le conviene al ciudadano que le paga a un policía para que ignore una violación a la ley; le conviene al policía que recibe la mordida para cubrir sus necesidades básicas; le conviene a los mandos que pactan con el crimen organizado y reciben una jugosa tajada por hacerlo; le conviene al crimen organizado que infiltra al gobierno. Y el círculo vicioso sigue. Y la corrupción persiste. Y la violencia se expande. Y el desamparo se normaliza. A nadie le importa que maten a un policía. A pocos les preocupa que, ante la descomposición policial, se recurra a la Guardia Nacional. A pocos les alarma sacar a las calles a otra fuerza poco entrenada para las tareas que se les imponen. Mejor que nos mate y nos extorsione un militar a un policía, parece ser la lógica perversa pero compartida. Una lógica que no encara el problema sistémico. Policías sin estándares profesionales para desempeñar la labor que les corresponde en una democracia. Sin capacitación para saber cómo detener, perseguir, identificar o interrogar a un sospechoso. Sin controles técnicos o legales para asegurar el debido proceso. Sin voluntad política, gobierno tras gobierno, para crear una fuerza capaz de asegurar el orden, al margen de alianzas políticas o colusión criminal. Sin apoyo de una ciudadanía que ve a un policía y no piensa “cómo me va a ayudar”, sino “cómo me va a ching...” ¿Y el resultado de estas omisiones históricas, acentuadas por el gobierno que sustituye la profesionalización policial por la militarización de la seguridad pública? La frase lapidaria pronunciada por uno de los protagonistas de la película: ¡Qué put... miedo! Vulnerables Todos, vulnerables. Todos, desprotegidos. Usted, yo, nuestros hijos, los policías mismos. Abandonados a nuestra suerte. Si eres víctima de un crimen estás solo. No sabes si el policía que se presentará a atenderte será un profesional o un ladrón disfrazado. No podrás discernir si el policía que llegará será alguien armado hasta los dientes o una persona tan atemorizada como tú, intentando ser fuerte para protegerse y protegerte. Quizás le tengas confianza o le escupas, o le pegues, o le mientes la madre, o le ofrezcas dinero. Te volverás cómplice de lo que denuncias, y facilitador de lo que repruebas, mientras los índices delictivos crecen, las policías se encogen, las Fuerzas Armadas toman su lugar. Como si esa fuera la solución. Como si cambiar de uniforme y de corporación fuera una salida a la orfandad obligada que nos han impuesto, y hemos aceptado. Vivir en México, vivir con miedo.— Ciudad de México. Periodista  

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