Jorge Castañeda: Nuestra clase política

miércoles, 17 de noviembre de 2021 · 01:30
México, Chile y Nicaragua Ayer tuvo lugar el último debate de la campaña presidencial en Chile. Durante los primeros quince minutos, el tema principal fue la postura de los distintos candidatos sobre las recientes elecciones en Nicaragua. Los candidatos de derecha, de centro y de izquierda ya habían desconocido los resultados de la elección; solo dos candidatos marginales —Marco Enríquez Ominami y Eduardo Artes— o bien se solidarizaron con la dictadura de Daniel Ortega o prefirieron no opinar sobre los comicios. Pero el candidato de extrema derecha —José Antonio Kast, puntero en las encuestas hasta ayer— atacó con dureza al de izquierda —Gabriel Boric— por su ambigüedad frente a Nicaragua. Boric, apoyado, entre otros, por el Partido Comunista, había denunciado el carácter fraudulento de las elecciones nicaragüenses, así como la detención de casi todos los candidatos de oposición, pero el PC felicitó a Ortega por su victoria. Boric se deslindó de los comunistas, y finalmente éstos se alinearon con su candidato, pero el daño ya estaba hecho. ¿A qué se debe que los chilenos se ocupen de Nicaragua? ¿Qué les importa lo que sucede en un pequeño país atribulado por décadas de dictaduras y pobreza, a miles de kilómetros de distancia? La respuesta es sencilla: el tema de la democracia es importante en Chile, la clase política tiene cierto nivel, y la postura que sus integrantes adopten frente a los temas reales del mundo son considerados indicios importantes de cómo gobernarán si son electos. Preocupa a todos la posición de la vieja guardia del Partido Comunista (menos de sus dirigentes más jóvenes, como Camila Vallejo), partidaria incondicional de las dictaduras nicaragüense, cubana y venezolana. Nicaragua sí importa en Chile. Huelga decir que no es el caso en México. El debate chileno sobre estos temas no existe ni en el seno de la izquierda mexicana, ni dentro de la clase política, ni mucho menos en la sociedad mexicana. Sencillamente no es posible. Ciertamente, algunas voces de la comentocracia se han pronunciado sobre el silencio de López Obrador o Ebrard a propósito de las elecciones en Nicaragua, o de la aberrante justificación ofrecida por México en la OEA de su ignominiosa abstención el viernes pasado ante una resolución al respecto. Pero ni son muchas voces, ni son tomadas en cuenta por los partidos políticos, el gobierno, la sociedad civil organizada, el empresariado, o los medios de comunicación. Esto hace que la izquierda mexicana no se vea obligada a transformarse, y que las embestidas de López Obrador contra la democracia en México no afronten mayor resistencia. Todos defienden al INE, pero pocos se ponen a pensar porque Morena lo ataca, ni de dónde provienen las pulsiones anti-democráticas de López Obrador. Se compartimentan las posiciones externas e internas: no importa la absurda postura del gobierno frente a las dictaduras, sí hay que salvar al INE. Pero no se entiende que lo primero va atado a lo segundo. No es objeto de burlas o escándalo el afirmar en los hechos que 25 países (incluyendo a los amiguitos argentinos de AMLO) del hemisferio occidental desprecian el supuesto principio de no-intervención al condenar a la dictadura de Ortega. Las aberraciones de la representante de México ante la OEA se vuelven simples excentricidades sin trascendencia, al igual que la invitación al líder cubano Díaz-Canel o la nueva obsesión de López Obrador con el embargo norteamericano a Cuba, que existe desde 1961. Cada país tiene la clase política que merece. Junto con Brasil, México tuvo, desde los años 40 hasta 2018, una administración pública de calidad muy superior a la del resto de América Latina. A cambio, México padeció la existencia de una clase política indigente, corrupta, provinciana e ignorante. La 4T nos hizo perder la primera, y potenció a la segunda. — Ciudad de México. oficinacastaneda7@gmail.com Excanciller mexicano y analista político

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