Editorial

Jesús Retana Vivanco: Valle de Guadalupe

lunes, 20 de diciembre de 2021 · 05:44

Valle de Guadalupe.  Octubre de 2016, una incursión para encontrarme con la ruta del vino, sí, del buen vino mexicano que se hace en el valle más favorecido por su clima y la tierra para la crianza de estupendas etiquetas, en ese tan especial rincón de Baja California.

Un regalo de nuestros hijos que nos llevó a conocer ese terruño y pasar tres días inolvidables que darían testimonio a nuestra afición por el vino tinto.

No se puede pasar por alto una escala en Rosarito, a veinte minutos de Tijuana, para comer  langosta con arroz y frijoles en tortillas de harina, especialidad del lugar que recibe con  este rico platillo a los turistas nacionales y extranjeros.

El trayecto de Rosarito al Valle de Guadalupe es de una hora, con una espectacular vista al Océano Pacífico por la carretera escénica que recorre toda la costa de la península de Baja California.

A nuestra llegada, nos recibe el hotel “Encuentro Guadalupe”, singular resort donde las habitaciones son pequeños contenedores distribuidos en una montaña con vista al valle.

No me imaginé que en esos contenedores cabría una recámara, un baño y una muy pequeña sala. En el techo de cada contenedor, celdas solares proveen de electricidad a tan original concepto.

Algo fuera de lo común que daba inicio a la visita de los viñedos que traíamos programados. Tres días de estancia no alcanzan para visitar todas las vinícolas que ofrecen cata de sus vinos. Más de 70 viñedos se contaban en el Valle de Guadalupe y en Ensenada.

¿Quién dice que los vinos mexicanos no son buenos?

Después del segundo día y corroborar lo que se decía del Valle y sus vinos, ahora reconozco que hay etiquetas de una calidad sorprendente. Extensa variedad de uvas: cabernet sauvignon, merlot, pinot noir, tempranillo, syrah y hasta garnacha, pero después de probar los elaborados con nebbiolo, la uva de la localidad, creo que se volvió una de mis favoritas. Parras traídas de Italia hace años, cuidadas con esmero a pesar de la gran plaga y la sequía de los ochenta y que aún amenazan su existencia, sobreviven para hacer grandes vinos.

Viñedos como Las Nubes, Casa Magoni, Quinta Monasterio, Chateau Camou, Monte Xanic, La Cetto, El Cielo, Montefiori fueron algunos de los que recuerdo haber visitado.

Un amigo me preguntó cuál había sido el vino que más me había gustado, sin dudar conteste: Paoloni y Perseus.

Hoy día la infraestructura hotelera y gastronómica del Valle de Guadalupe se ha convertido en un severo problema, aunque parezca paradójico, la escasez de agua y los servicios que esto conlleva está perjudicando a los agricultores, a lo cual se suman las amenazas constantes de las plagas que ya han acabado con un alto porcentaje de viñedos, además del olvido y negligencia del gobierno y autoridades estatales para proveer de incentivos a los vitivinicultores. Cabe recordar que el 80 % del vino mexicano procede de este valle.

El vino más caro

Hace unas semanas se subastó una botella de seis litros de un cabernet sauvignon en un millón de dólares, con la finalidad de ayudar a la fundación del connotado chef Emeril. El vino es californiano del Valle de Napa, cosecha 2019. Yo en lo personal creo que este vino fue sobrevaluado y el precio al que se subastó fue más por motivos filantrópicos que no tienen  que ver con la trascendencia, el origen y la calidad del vino.

Si hablamos de los valores intrínsecos de un vino, destacamos en primer término la vejez de la añada, su estado de conservación y prestigio del viñedo, es así que la botella de vino Romanee Conti de la Borgoña, embotellado en 1945, fue subastado por Sotheby’s en Nueva York en 558,000 dólares de la cual se produjeron solamente 600 botellas después de la Segunda Guerra Mundial. Como diríamos: esa sí es de a deveras.

En uno de los salones privados del Club de Industriales del entonces DF, departiendo en una mesa con los dos dueños de la cadena de radio más importante del país para discutir la inversión en radio de uno de mis clientes, se acerca el mesero y muestra la etiqueta del vino que se iba a degustar; no podía creer que se tratara de un Petrus de 1970 del cual se pidieron dos botellas. Es el vino más delicioso y caro que he tomado en mi vida. Esto sucedió en 2005 y estimo que el precio de cada botella rebasaba los sesenta mil pesos de aquellos años.

Como dice mi amigo Eliodoro Rodero, propietario de las Castellanas: No importa si el vino es barato, basta con que a ti te guste. Un día me regaló una botella de Perinet, la marca del vino de Joan Manuel Serrat autografiada por el cantante y le dije que lo iba a guardar en refrigeración, a lo que contestó: Los vinos son para tomarse, no para guardarse, tómatelo mañana.

Después de leer este editorial, si se te antoja un vino con un buen queso o unas tapas, te recomiendo Paoloni, nebbiolo del Valle de Guadalupe.—  Mérida, Yucatán Twitter:  @ydesdelabarrera


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