Jesús Retana Vivanco: El taxista

lunes, 24 de mayo de 2021 · 05:01

El taxista no paraba de hablar en el trayecto hacia el centro de Mérida. Mi atención se repartía entre la lista de correos del celular y algunas contestaciones al taxista en cortantes  monosílabos.

La insistencia de este hombre no daba tregua al comentar un sin número de temas, pero de pronto detuve mi vista al celular cuando se quejó amargamente de la transformación absurda (fue la palabra que utilizó) del Paseo de Montejo.

—Mire usted: cómo es posible que esta avenida tan bonita la quieran enchular con esas horrendas y estorbosas jardineras, que ahorita están con sus matitas muy bien regadas, pero ya verá cuando pasen algunos meses.

En realidad no me había puesto a pensar en eso, el tráfico era muy intenso por las dichosas jardineras y la ciclovía que restringían la circulación de un carril.

—Mire en lo que gastan nuestros impuestos: ese carril de las bicicletas solo los fines de semana se ve medio ocupado, entre semana es raro ver alguna bicicleta, ¿qué le parece, don?

Reí para mis adentros y le contesté a este platicador amigo que, a mi parecer, era un tema muy controversial, porque no sentía que Mérida fuese una ciudad adaptable a una ciclovía.

Le reiteré que es un medio para evitar la contaminación, y funciona de maravilla en ciudades como Amsterdam y muchas otras de Europa que lo adoptaron desde hace años.

—Creo es un buen intento, pero el problema estriba en que la movilidad en Mérida ha crecido con autos de la gente que viene a vivir al estado más seguro del país. A  eso súmele la cantidad de personas que transitan en motocicletas incluyendo los repartidores de comida que han proliferado con la pandemia.

El amigo taxista calló por un minuto y me pregunta si ya me había vacunado.

Pienso que cambió la plática al escuchar la palabra pandemia.

—Sí, le contesté, aunque aún me falta la segunda dosis. Voy a esperar su comentario, seguramente será relacionada al tema y yo sin poder ver mis correos. El tráfico se intensificaba.

—Se lo pregunto porque tengo 47 años y no sé cuándo me voy a poder vacunar.

Del Paseo de  Montejo a la peste negra

—Esto es como aquella peste negra de África, donde la gente se murió por millones, me dice con suspicacia.

No pude resistir hacerle algunas precisiones al tema ya que tenía muy presente el libro de J Benedictow La Peste Negra (1346- 1353).

Comencé a explicarle que en 1330 se presentaron extrañas muertes en Asia Central y fue en 1347 cuando llegó a Europa. Entró por Italia, siguió a Francia, Inglaterra, hasta llegar a Escandinavia. Un desolador panorama que dio muerte en siete años a 20 millones de personas en toda Europa.

El amigo taxista escuchaba fascinado los datos que complementaba lo que había leído, según me confesó, en una revista que olvidó un pasajero.

Seguí con mi relato para no dejarlo a medias. La peste se manifestaba con fiebre, dolor de cabeza y debilidad. Los estudiosos al tema la dividieron en una triple sintomatología: Ampulosa, en brazos e ingles; Neumónica, tos con sangre y dificultad para respirar, y Septicémica, dolores de estómago y diarrea.

Interrumpe y pregunta:

—¿Qué ocasionó esa peste, don? No me diga que también fue un murciélago.

Le contesté que originalmente se le atribuyó a las ratas, pero la comunidad científica recientemente afirmó deberse a ciertos parásitos de origen humano.

Las victimas  morían tan rápido que no quedaba gente para enterrarlas y los cadáveres eran arrojados a fosas comunes.

Los remedios que usaron para tratar de combatirla, sin ningún resultado, fueron hierbas, flores, higos, huevos en vinagre, almizcle…

—Como mencionaste al principio, África tuvo un rebrote en 1665 y hoy día reaparece ocasionalmente. Puede ser mortal si no se trata a tiempo.

—¡Caray, don! Sí que se las sabe.

Me bajo del auto y con una sonrisa le digo: sigue cuidándote con tu cubrebocas y a la primera oportunidad, vacúnate.— Mérida, Yucatán   Twitter@ydesdelabarrera


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