Editorial

Miguel A. Sarlat Flores: Crónica de una venta anunciada

21/1/2022 · 00:00

Cuenta una anécdota oriental de un mercader que llevaba a vender su burro a un tianguis, harto de lo arisco y lo mañoso del animal, y eran tantas las agresiones del asno que maldecía que además tendría que hablar bien de él para poder venderlo.

Con la anunciada venta de Citibank de deshacerse de la banca popular de Banamex, vino la anécdota a mi memoria, amalgamada con los dichos y comentarios que se han cruzado al respecto, subrayando el desdén con que el grupo neoyorquino Citigroup visualizaba su operación en nuestro país, despectivamente como “Citi banana mex”.

Tristemente estos dichos lo retratan; no sólo en la decisión de venta o en la preocupación de que los mexicanos no aprecien sus activos en obras de arte y edificios coloniales, sino en el trato que hemos recibido muchos de sus clientes, entre los que yo me incluyo, en la etapa del referido Citibank.

Los que tuvimos la oportunidad de trabajar con Banamex en la época de don Agustín Legorreta; en la época de la banca nacionalizada cuando tuvo como cabeza a don Fernando Solana Morales, e incluso ya en su reprivatización, con el grupo de Roberto Hernández, observamos la diferencia de la actual etapa del Citibank con las tres primeras épocas.

En términos de trato, en términos de situaciones ventajosas para el banco y perjudiciales para el cliente, como devolver (rebotar) cheques especialmente a fin de mes por “firma diferente”, con la obvia retención de recursos; con su recurrencia en bloquear constantemente tarjetas y cuentas por detalles minúsculos; por sus excesivos “candados” y, para rematar, con una enorme burocracia y lentitud para solucionar estas situaciones.

Aunque ciertamente en estos tiempos los gerentes de todas las sucursales —de los bancos de todo el país— se han reducido a jefes de cajeros y supervisores de empleados, pues las decisiones están totalmente centralizadas, en el caso de Banamex, el asunto es superlativo.

Como mexicano, me llama la atención lo antes descrito, pues cuando en 1982 el presidente López Portillo nacionalizó la banca, el entonces Banamex de don Agustín Legorreta era pujante; el segundo banco mexicano en importancia, solo superado por el sistema Bancomer de don Manuel Espinosa Yglesias, seguido en 3er sitio por Comermex de don Eloy S. Ballina, y como cuarto lugar, Serfín, de la familia Garza de Monterrey. De allá, al quinto lugar y posteriores, había mucho espacio.

En Yucatán tenía mucho peso el Banco del Atlántico, de don Carlos Abedrop —por las compras hechas de los bancos locales de Yucatán y del Sureste—, pero en el ámbito nacional no era de los bancos líderes.

Volviendo al actual Citibanamex, me mortifica un suceso del que soy víctima. Recientemente, estando yo de viaje, delincuentes profesionales sorprendieron telefónicamente a la secretaria de mi empresa, logrando que se retiren mediante engaños 83 mil pesos de nuestra cuenta de cheques, mismos que fueron inmediatamente depositados a una tarjeta del propio Citibanamex.

Y a pesar de haber levantado la denuncia correspondiente ante la autoridad competente, de haber reportado tanto al teléfono 800 como por correo a los ejecutivos Pyme que me atienden, y de haberse girado dos oficios por la Fiscalía General del Estado indicándole al banco que los recursos deben ponerse a disposición de mi representada, y de (entiendo) estar bloqueada la tarjeta de los delincuentes por mi oportuna reclamación, Citibanamex se niega a realizar la devolución.

Ningún alto ejecutivo del banco me ha dado la cara en más de mes y medio, y por situaciones como ésta, me queda claro por qué los comentarios respecto a la venta apunten a que el precio será menor de los 12 mil quinientos millones de dólares pagados por Citibank cuando su adquisición, es decir, para todo fin práctico, el banco ha perdido valor.

Hago votos para que el nuevo comprador sea mexicano y se esmere en regresarle al Banco Nacional de México el “lustre” que ancestralmente ha tenido, con la simple y elemental premisa de que, como todo en la vida, es más importante la actitud que la aptitud.— Mérida, Yucatán.

msarlat@sureste.com

Ingeniero industrial, exfuncionario de la Secretaría de Programación y Presupuesto, y empresario

 

 

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