Editorial

Catón: de política y cosas peores; relatos

domingo, 23 de enero de 2022 · 00:18

Don Algón le pidió a su secretaria: “Dígale a la encargada del archivo que quiero verla en el acto”. “Caramba, señor —se azaró la muchacha—. Creo que para eso tendrá usted que ir a su casa”.

Sor Bette llevó a las alumnas del Colegio de la Reverberación al paseo de los jueves. En las afueras del pueblo vieron a una gallinita que corría perseguida por el gallo. Atravesó el camino y un vehículo la atropelló. “Aprendan, chicas —aleccionó sor Bette a las muchachas—. Antes muerta que pecar contra la pureza”.

Don Sinople, caballero de la alta sociedad, era como la planta de la papa: lo único que vale de ella es lo que está bajo la tierra. Presumía a sus antepasados como si él los hubiera hecho. En una cena se jactó: “Por mis venas corre sangre portuguesa, española, francesa, italiana, inglesa, griega, irlandesa, suiza y escocesa”. “¡Caramba! —exclamó uno admirado—. ¡Sí que su mamacita viajó por toda Europa!”. (Nota. Al menos por Europa Occidental).

En la cantina un pequeño señor fue a la mesa donde un hombre bebía su copa, se le plantó delante y le dijo sin más: “Mire, amigo: yo, cuando alguien no me gusta, se lo digo en su cara”. Se puso en pie el sujeto. Medía 1.97 de estatura, pesaba 145 kilos con 400 gramos, tenía musculatura de Hércules y cada uno de sus puños era como bigornia de herrador. Advirtió eso el señorcito y añadió rápidamente: “Pero usted sí me gusta”.

Lord Feebledick salió a cazar perdices en compañía de su fiel perro Galahad. Al acercarse al arroyuelo de cristalinas aguas que corría por el bosque escuchó murmullos que no pertenecían propiamente al arroyuelo. Se acercó al regato, y lo que vio lo hizo enarcar las cejas. He aquí que su esposa, lady Loosebloomers, y Wellh Ung, el fornido encargado de la cría de faisanes, estaban semidesnudos en la ribera de la clara linfa. Galahad les ladró en tono de reprobación —el instinto canino es infalible—, y milord les preguntó, atufado: “¿Por qué se están desvistiendo?”. Al punto respondió lady Loosebloomers: “Te equivocas por completo, Feebledick. No nos estamos desvistiendo: ya nos estamos vistiendo”.

En descargo del inspector de escuelas debo decir que la maestra de Pepito poseía un tafanario —o sea trasero— fenomenal. Para fundamentar esa aseveración diré que cierto día fue a que un artista de la lente le tomara una fotografía. Le pidió: “Por favor, retráteme mi mejor ángulo. “No puedo —manifestó el fotógrafo—. Está usted sentada arriba de él”.

¿Por qué los hombres gustan de las mujeres con tetamen abundoso y profuso nalgatorio? No es cuestión de erotismo, y menos aún de estética. Según Lorenz eso obedece al instinto de la especie. En forma inconsciente el macho se da cuenta de que una hembra así será más apta para llevar en el vientre y alimentar luego a la cría. Un cierto amigo mío contradice al célebre etólogo, y dice que cuando él ha cortejado a una mujer con tales características lo ha hecho siempre en forma bastante consciente. Advierto, sin embargo, que me he apartado del relato. Vuelvo a él.

En presencia del inspector escolar la maestra le preguntó a Pepito: “¿Qué dijo Cristóbal Colón cuando se vio ante la reina Isabel?”. En ese preciso momento el inspector, movido por la contemplación de los encantos de la profesora, musitó como para sí: “¡Qué buenas nachas tienes, mamacita!”. Pepito repitió: “Qué buenas nachas tienes, mamacita”. La maestra, muy indignada, reprendió al chiquillo: “¡Tienes cero! ¡Sal inmediatamente del salón!”. Se encaminó Pepito hacia la puerta. Al pasar junto al inspector le dijo por lo bajo con rabia rencorosa: “¡Viejo pendejo! ¡Si no sabe pa' qué sopla!”.— Saltillo, Coahuila

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