Editorial

De política y cosas peores: testamento

lunes, 24 de enero de 2022 · 01:28

No faltará quien califique de prosaico el relato con el que inicio mi artículo de hoy. Si lo pongo tal como sucedió es por dos motivos.

El primero es porque sucedió, y lo menos que puede hacerse con un sucedido es relatarlo.

De otro modo será como si nunca hubiera pasado. ¿Qué habría sido de las guerras de las Galias si Julio César no hubiese escrito acerca de ellas? No existirían.

Las cosas y los seres existen porque alguien los escribe. Por eso existen don Quijote y Hamlet. Por eso quizás existe Dios. Nosotros existimos por nuestra acta de nacimiento.

El segundo motivo por el cual daré salida a esta narración es porque me servirá para ilustrar un suceso de actualidad que tiene conturbado a México. Pero basta de introitos y vayamos al asunto.

La última hora

Un cierto señor de mi ciudad enfermó de gravedad y sintió llegada su última hora.

No digo su nombre, pues viven todavía numerosos descendientes suyos. Hizo que su esposa se sentara al lado de su lecho y le habló en los términos siguientes:

“Mira, mujer. Ahora que yo me muera van a venir a verte muchos hombres, y te pedirán dos cosas. Unos te pedirán las nalgas; otros te pedirán la firma.

“Las nalgas dáselas a quien se te dé la gana. Total, para eso son, y yo ya no estaré aquí para mirarlo. La firma no se la des a nadie, porque te van a dejar sentada en un hormiguero”.

Peca de prosaísmo la anécdota, lo sé, pero ni se pueden cambiar los términos en que se cuenta, pues eso la desvirtuaría, ni es posible alterar la intención con que el protagonista habló.

El Presidente

El presidente López Obrador, no cabe duda, tiene una gran habilidad para inquietar a la República.

No nos recuperamos todavía de un soponcio causado por alguna de sus ocurrencias mañaneras cuando ya nos tiene preparado otro susidio.

El último es el anuncio de que hizo ya su testamento político.

Eso de hacer un testamento político es propio de grandes próceres, de ínclitos personajes de la historia. Hacer un testamento así no deja de entrañar un cierto delirio de grandeza.

Es natural que AMLO piense que si falta él la Nación se precipitará en el caos; que la gobernabilidad naufragará y que al país se lo llevará el carajo.

La Constitución

Nada de eso sucederá, se lo puedo asegurar para su tranquilidad. A fin de evitar esas eventualidades la Constitución tiene en su articulado disposiciones precisas en las cuales se prescribe lo que ha de hacerse en caso de la falta definitiva del titular del Poder Ejecutivo.

La Carta Magna es, entonces, el testamento político de todo presidente mexicano. Ninguno necesita molestarse en hacer uno: ya está hecho.

Pero por lo pronto López Obrador ya nos sobresaltó. Temíamos que su sexenio se alargara.

Ahora, con lo del cateterismo y el anuncio de su testamento, tememos que se acorte. Lo deseable es que no suceda ni una cosa ni la otra: ni la prolongación ni el abreviamiento. Que se cumplan los términos de ley en los términos prescritos por la Constitución, y quede todo lo demás en megalomanía...

La bella y curvilínea profesora le dijo a Pepito: “¡Ay, Pepito! ¡Ya no sé qué hacer contigo!”

Replicó el pícaro chiquillo: “¿Se admiten sugerencias?”

Un tipo se robó un piano de cola gran concierto. Corrió varios kilómetros cargándolo en la espalda hasta que lo alcanzó la policía.

“Perdone, señor juez —alegó en el tribunal—. Lo hice en un momento de debilidad”...

“Acúsome, padre, de que he hecho el amor con mi novio”. Eso le dijo Susiflor a don Arsilio en el confesonario.

Preguntó el buen sacerdote: “¿Cuántas veces?” “Ay, señor cura —contestó la linda chica—. Si he sabido que me iba a pedir usted la cifra exacta habría llevado un libro de contabilidad”.— Saltillo, Coahuila.

 

 

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