De política y cosas peores

Catón: Algo que me gusta de AMLO

miércoles, 11 de mayo de 2022 · 03:00

Fecundina, mujer del campo, tenía ya ocho hijos. Su padre, preocupado, le preguntó por qué tenía tantos. Respondió la prolífica señora: “Es que mi marido me gusta mucho, 'apá”. Opuso el padre: “Hija: a mí también me gustan mucho mis nietos, pero de vez en cuando me los quito de encima”.

El especialista en desastres ferroviarios hizo una observación: “Cuando un tren de pasajeros descarrila, el vagón en que hay más víctimas es el primero”. Preguntó Babalucas: “¿Y entonces pa´qué chin...os lo ponen?”.

Don Usurino Matatías era el hombre más avaro de la comarca. Así, las monjitas del convento de la Reverberación casi se fueron de espaldas cuando le pidieron un donativo para los niños huérfanos y Matatías le ordenó a su secretaria: “Señorita; hágales a las reverendas madres un cheque al portador por 10 mil pesos”. Seguidamente lo entregó a las visitantes: “Aquí tienen”. Vio el cheque sor Bette, la superiora, y le dijo a Matatías: “Perdone, don Usurino: el cheque no está firmado”. “Así lléveselo, madre —replicó el avaro—. Quiero que el donativo sea anónimo”.

Ya pocas cosas me sorprenden

A las alturas de la vida en que me encuentro muy pocas cosas me sorprenden ya.

Historias que a otros asombran me dejan impávido, impertérrito, pues conozco la Historia. Por eso no dije “¡ah!” u “¡oh!” cuando supe lo de la pistola que Madero obsequió —o iba a obsequiar— a Villa y que el presidente de Cuba puso en manos de López Obrador.

Sucede que el legendario Doroteo Arango, Pancho Villa, fue maderista de corazón. Lloró como un niño cuando se enteró del asesinato del Apóstol, y guardó siempre memoria viva de él. Rara conjunción, extraño afecto entre aquellos dos hombres tan distintos: el hacendado rico, culto, pacifista, espiritual, y el ranchero de humilde origen, ineducado, violento, con salvajes arrebatos como de tempestad.

Pocas cosas, muy pocas, me agradan de Andrés Manuel López Obrador. Lo veo como un hombre sin letras poseído por ideas elementales y dogmas obsoletos y por una sed insaciable de poder. Hay en su mente grandes confusiones: admira lo mismo a Jesús, el amoroso Cristo, que al Che Guevara, implacable asesino en nombre de una utópica revolución universal. Las ya anacrónicas camisetas con su efigie deberían chorrear sangre. Pero hay algo que me gusta de AMLO: su apego, que creo sincero, a la figura de don Francisco I. Madero, por quien siempre he sentido devoción.

Espero que el obsequio que el tabasqueño recibió en La Habana lo haga recordar permanentemente los ideales de libertad, concordia y paz por los cuales dio la vida el coahuilense. El sufragio efectivo que predicó Madero fue lo que llevó a la Presidencia a López Obrador.

De AMLO se puede esperar todo, y nada se debe descartar. No está por demás, entonces, decir una vez más que ahora está obligado a respetar la segunda parte del lema maderista; la no reelección.

La recién casada se quejó amargamente con su aún flamante esposo: “Cuando éramos novios me dijiste que me ibas a llevar a vivir en una casa estilo barroco, y resulta que me trajiste a una casucha estilo barraca” FIN.— Saltillo, Coahuila

 

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