Editorial

Edgardo Arredondo Gómez: Un misionero de verdad

viernes, 17 de junio de 2022 · 01:30

El pensamiento de las misiones es el más grande que ha podido inspirar Dios a los hombres —Jerónimo Usera

“La sala número tres del aeropuerto de Portela en Lisboa fue ocupada por pasajeros procedentes de Nueva York. El último de ellos se dirigió a recuperar su maleta. Se distinguía de los demás por su delgada figura y un actuar dubitativo. Se trataba del padre Raúl Moguel Urtecho.

“Vestía de forma sencilla. Se sentó en una de las bancas tratando de acomodar sus papeles para la revisión aduanal y de paso acomodar también sus ideas. Eran las cuatro de la mañana. Sabía que nadie iría a recibirlo a la terminal”.

Así comienza el capítulo 74 de la novela Bungo (Edit. Felou 2019). Con este párrafo comienza el relato de la gran aventura que el padre Raúl tuvo cuando recorrió unos 14 mil kilómetros para unirse como misionero a Angola, país africano que estaba aún inmerso en la guerra civil más prolongada registrada en los últimos años.

Cuando decidí escribir Bungo, me di a la tarea de entrevistar a tres de los personajes centrales de mi novela: los sacerdotes Fabio Martínez Castilla, Raúl Moguel Urtecho y la hermana Eunice Yam Och, a quien ya conocía pues fue mi paciente.

Viajé a Tuxtla Gutiérrez para ver al padre Fabio Martínez, quien es como hasta ahora el arzobispo en la respectiva arquidiócesis y localicé al padre Moguel que en ese entonces estaba asignado a la parroquia de Seyé, poblado a unos 36 kilómetros de Mérida.

La cita quedó concertada para una tarde. Fui recibido en una modesta habitación por el sacerdote. Una pequeña mesa, un par de sillas, una vitrina. Un cuadro de una imagen religiosa y otro con una fotografía del padre como misionero con algunos lugareños en Angola.

De frágil figura, ojos pequeños redondos un tanto hundidos, cabello ensortijado entrecano, pómulos salientes y una eterna sonrisa; fui cautivado de inmediato por este ministro del Señor. Grabadora en mano, charlé con el padre Moguel durante un poco más de dos horas, plática que tengo guardada como un tesoro.

El material que obtuve fue por demás sustancioso para terminar de armar los casi 20 años transcurridos de la presencia de Yucatán con sus sacerdotes y religiosas en Angola.

El padre Raúl quedó como relevo al regreso del padre Fabio, aunque durante un relativo período de paz por la presencia de los “Cascos Azules” de la ONU, en 1994, los tres personajes coincidieron en tiempo como se da en la novela.

De hablar pausado, de forma clara, por momentos desbordantes en detalles, con una risa contagiosa, el padre Raúl me contó todas las tribulaciones que pasó: enfermó de paludismo, una terrible disentería y, casi se lo lleva una tifoidea. La alimentación era precaria y sobre todo a base de yuca como principal fuente de comida. Con todo lo que tuvo que afrontar en medio de una guerra para llevar la palabra de Dios.

Todas las condiciones adversas que pueden darse en medio del fuego cruzado entre dos facciones que en realidad eran dos enormes grupos guerrilleros: la UNITA, con un débil respaldo norteamericano y el MPLA, apoyado por el gobierno de facto, los soviéticos y hasta los cubanos.

Los tres estuvieron en situación más que peligrosa: el padre Fabio secuestrado por la guerrilla, la hermana Eunice sobreviviente al estallido de una mina y el padre Raúl golpeado por los estertores de la guerrilla derrotada. Disparos por francotiradores, la puerta de su vivienda convertida en una criba por ráfagas de ametralladoras, la misión brutalmente saqueada y un clima de inaudita hostilidad.

Pero el padre Raúl mostró una singular fortaleza, no se movía de Bungo, a pesar de estar ya en ruinas, era tal el apego al voto de obediencia que solo partió, por sus propios medios, cuando Emilio Berlié Belaunzarán lo autorizó, después de haberle enviado una carta donde planteaba la difícil situación en Angola, pero sobre todo, cuestionaba la utilidad de estar en un lugar desolado y en donde la creciente beligerancia del gobierno hacía poco viable sostener la misión.

“Al medio día bebió el último vaso de agua y comió un poco de yuca. Uige estaba a solo setenta kilómetros. ¿Irse caminando?… ¿por qué no? El problema eran las minas, pero si seguía las huellas de los neumáticos… ¿por qué no?

Por última vez fue a su banca rústica a meditar. Se preguntaba a sí mismo: ¿Habían valido la pena estos años de tanto esfuerzo para que ahora todo acabase así? Todo un proyecto, la misión entera, terminaban aplastados por las manos del mismo Satanás que sembró el odio y que, con la guerra, envileció el alma de la gente…

—Dios mío, hágase tu voluntad. Si tengo algo más que hacer en esta vida, envíame una señal y ayúdame a salir de aquí”.

Es parte del relato de un agobiado padre Raúl en medio del caos. Y la ayuda literalmente llegó del cielo, en una escena digna de película: fue rescatado por un helicóptero ruso.

Para nuestra fortuna el padre Moguel regresó a Yucatán. Débil y con muchos traumas emocionales. Fueron años muy difíciles.

Nos cuentan que estando en Tinum, poblado cercano a Valladolid, en la fiesta de San Antonio de Padua, en medio de la música y el baile, cuando se escuchaba el sonido de los fuegos artificiales se asustaba para luego sonreír nervioso al constatar el origen de las detonaciones.

Unos meses después de la primera entrevista regresamos a Seyé. Era un domingo a las diez de la mañana. Tuve la misma sensación que cuando vi entrar a monseñor Fabio en la catedral de Tuxtla.

En la pequeña parroquia de San Bartolomé Apóstol de Seyé, la gente recibió festiva a su ministro del Señor. Una celebración muy singular. Al final le entregué unos ejemplares de la novela y le hice la invitación a la presentación.

Para quien escribe estas líneas, la noche del 25 de enero de 2019 fue uno de los momentos más memorables de mi vida, como persona, como médico al ver tan plena a la que fue mi paciente, pero sin lugar a duda como escritor: el tener presentes a mis tres personajes, mis tres guerreros…, mis tres mosqueteros.

El escenario no podía ser mejor: el Aula Magna del Seminario Conciliar de Yucatán, en Itzimná. Casi 400 personas reunidas, les hicimos un humilde y merecido homenaje. Los tres nos dirigieron emotivas palabras y después rodeados de la gente, firmaron libros y les tomaron fotografías.

Poco antes de la pandemia fui a visitarlo a una iglesia al sur de la ciudad. Lo noté más delgado de lo habitual, un tanto cansado, pero con esa sonrisa que le brotaba tan pronto comenzaba a hablar y sus pequeños ojos cobraban brillo. Hace unos días, al enterarme de su estado de salud lo visité en el cuarto de la clínica donde estaba ingresado, aun con la mascarilla de oxígeno me regaló la mejor de sus sonrisas, platicamos brevemente, le di ánimos: “ni la guerra, ni el paludismo pudieron con usted, padre, así que esto no es nada”.

Pero ya no fue así. Una vez más salió a flote el voto de la obediencia. El padre Raúl partió disciplinado al contestar afirmativamente que recibía el llamado del Señor. Me siento halagado de haberlo conocido. Si bien me confieso como un católico un tanto bipolar, desde esta perspectiva debo admitir que hombres como el padre Raúl dignifican a la Iglesia Católica, un apóstol en toda la extensión de la palabra, un apóstol que ya se convirtió en un ángel y no dudo en este momento me esté regalando su eterna sonrisa.— Mérida, Yucatán.

arredondo61@prodigy.net.mx

Médico y escritor

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