Editorial

Antonio Salgado Borge: México; el falso dilema

domingo, 19 de junio de 2022 · 01:47

En lugar tejer una propuesta que permita soñar con un país distinto, nuestros partidos de oposición se han dedicado a promover la idea de que los mexicanos tenemos dos opciones electorales: la democracia o el autoritarismo.

El primer factor, la ausencia de un proyecto de nación, fue clave en el rotundo fracaso de Va X México y de Movimiento Ciudadano en las elecciones de este año. En este sentido hay pocas dudas. No son muchas las personas que se frotan las manos saboreando el regreso al estado de cosas pre-2018.

Mucho más interesante es intentar entender el segundo factor. Es decir, por qué son tan pocas las personas que compran el contraste entre una oposición que representa la democracia y un partido en el poder que representa el autoritarismo.

En su más reciente libro, Liberalism and its Discontents, Francis Fukuyama presenta una importante distinción que arroja luz sobre este fenómeno. Para Fukuyama es un error contrastar la democracia y el autoritarismo; en realidad el contraste pertinente tiene que ser uno entre el autoritarismo y el liberalismo.

La idea central detrás de esta precisión es que, contrario a lo que suele suponerse, la democracia es compatible con el autoritarismo.

Incluso líderes autocráticos como Vladimir Putin o Viktor Orban dicen representar al pueblo y aceptan la celebración de elecciones y sus resultados —la calidad de esos procesos es un asunto independiente—.

En contraste, el autoritarismo es incompatible con el liberalismo. Este último es definido por Fukuyama como el reinado de la ley; un sistema de leyes formales que restringe los poderes del ejecutivo, incluso si ese ejecutivo fue elegido mediante un proceso democrático.

“Es el liberalismo y no la democracia el que ha recibido los más fuertes ataques en años recientes”, sentencia este influyente académico.

El gobierno encabezado por Andrés Manuel López Obrador se asume democrático y puede ser considerado como tal.

El Presidente llegó al poder mediante elecciones limpias y cuenta con el respaldo de la mayoría de las mexicanas y mexicanos. Por chocante y problemático que resulte en principio, una tras otra , las encuestas muestran que AMLO tiene algo de razón cuando sugiere que habla por el pueblo.

Sin embargo, por mucho que se asuma como liberal en el discurso, el Presidente claramente no cae ni quiere caer dentro de esa categoría.

Vale la pena reiterarlo: AMLO se considera liberal. Sin embargo, el sentido en el que usa este concepto es muy distinto al de Fukuyama.

‘Liberalismo’ tal como es usado por el Presidente significa la antítesis del conservadurismo que representaron los partidarios de la Corona o los simpatizantes del porfirismo en su momento, y los grandes capitales y cúpulas empresariales más recientemente.

En el mejor de los casos, el liberalismo entendido en un sentido más amplio y exacto —esto es, tal como lo define Fukuyama— sale sobrando para el Presidente. En el peor, representa un estorbo que debe ser removido para salvar su proyecto.

Afirmar lo anterior no es polémico. Su verdad queda de manifiesto cuando se considera la actitud de AMLO frente a todo tipo de organismos diseñados para ser contrapesos, su empleo del manual del populista contemporáneo o su empuje al protagonismo del ejército.

En todo caso, la idea es una y la misma: los contrapesos externos salen sobrando; la autorregulación es el secreto de un buen gobierno.

Como en tantos otros ámbitos, en este caso el Presidente actúa movido por la máxima de que el fin justifica los medios. Y esto es claramente compatible con la idea de que el AMLO es un demócrata y o con la hipótesis de que sus acciones son movidas con frecuencia por las mejores intenciones.

Para quienes pensamos que un gobierno de izquierda iliberal no puede ser exitoso, este estado de cosas representa una muy mala noticia.

La oposición ha buscado capitalizar lo anterior sugiriendo que debemos elegir entre uno de nuestros ejes principales: o aceptamos un gobierno iliberal de izquierda o apoyamos a una oposición liberal, pero de derecha.

Aunque de forma chambona y atrabancada, esta es la lógica que se esconde detrás del grito “nosotros o el autoritarismo”. Y así como la Cuarta Transformación ha encontrado clérigos convencidos que predican sin reservas, no son pocos los intelectuales y ciudadanos que han comprado este dilema.

El problema es que lo que han comprado es un falso dilema. La falsedad se debe a que, por muy iliberal que sea el Presidente y amplio que sea el discurso que se acumule, no es cierto que la oposición en México represente cabalmente al liberalismo.

¿Cómo pueden ser considerados liberales, en el sentido postulado por Fukuyama, partidos como el PRI, que en Sonora que permitió la existencia de un cártel inmobiliario, o el PAN, que en Chihuahua dio pie a un gobierno encabezado por una persona presuntamente vinculada con la monumental Operación Zafiro?

El reinado de la ley y el sistema de leyes formales que tendría que haber restringido los poderes del ejecutivo fueron totalmente enterrados en estos casos.

Uno puede estirar más la liga y postular que, al menos en lo que a los estados se refiere, a los partidos de oposición y a las cúpulas empresariales que actualmente les respaldan les tiene sin cuidado el liberalismo.

Un botón de muestra es Yucatán, estado gobernado actualmente por un panista que, como los priistas que le precedieron, tiene en el Congreso y en el poder judicial a dos mandaderos. El gobierno estatal también controla instituciones autónomas, como la comisión estatal de derechos humanos, o la Vicefiscalía Anticorrupción.

Para ser claro, en Yucatán no hay algo que restrinja al poder ejecutivo. Sin embargo, eso no ha impedido al presidente del PAN considerar al gobernador Mauricio Vila ejemplar promoviéndolo presidenciable.

Las cúpulas empresariales locales tampoco parecen muy contrariadas. En realidad, caminan sin problema tomadas de la mano de un titular del Ejecutivo que les resulta conveniente. Para Marko Cortés y para las élites económicas locales, en Yucatán no existe iliberalismo o autoritarismo.

Yucatán no es excepcional en este sentido. En realidad, en distintas partes del país la misma lógica es seguida por buena parte de los gobiernos emanados de los partidos que dicen representar al liberalismo y oponerse al autoritarismo del Presidente. Así gobiernan, así han gobernado.

Lo anterior no quiere decir que sea menos criticable el iliberalismo que abiertamente promueve el Presidente. Permítame insistir: de poco sirve un gobierno de izquierda si este no es capaz de generar mejores condiciones de vida sostenibles a largo plazo.

Asumir que estas condiciones son posibles en el iliberalismo o que dependen de éste es, a mi juicio, el principal pecado del gobierno de AMLO.

Para efectos de este análisis lo importante es que la narrativa liberal o antiautoritaria con que la oposición busca sustituir su ausencia de proyecto es, en el peor de los casos, una falsedad y, en el mejor, una fantasía.

No debe sorprender entonces que pocas personas se sientan compelidas a darle su apoyo a la oposición con tal de “frenar al autoritarismo”.

Pero del hecho de que el Presidente y la oposición sean iliberales no se sigue que todo esté perdido. Distintas organizaciones de la sociedad civil, movimientos como el feminismo, intelectuales y periodistas independientes mantienen vivos los principios liberales en México.

A ello hay que sumar que, aunque es difícil que la oposición se reestructure radicalmente en menos de dos años, el pragmatismo irrestricto del Presidente podría llevarle a elegir a una ‘corcholata’ comprometida con el liberalismo.

Y si este es el caso, contra todo pronóstico, los mexicanos bien podríamos llegar a 2024 con un gobierno liberal, democrático y de izquierda.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com@asalgadoborge

Doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo).

 

 

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