Editorial

Roger González Herrera: Sueños de juventud; emigrar al norte

domingo, 19 de junio de 2022 · 01:48

Cuando era más joven, se puso de “moda” entre mis amigos del pueblo emigrar a los Estados Unidos a “probar suerte”.

En aquel tiempo, varios muchachos, al cumplir la mayoría de edad, se encontraron de pronto ante un grave problema: no poder continuar sus estudios por la precaria situación económica de sus familias.

Todos deseaban independizarse de sus padres y trabajar, pero en el pueblo no había empleos suficientes o, al menos, no a los que ellos aspiraban, es decir, trabajos con salarios dignos que les permitieran construir sus casas, comprar su auto y vivir sin sobresaltos económicos.

Dejar el pueblo se convirtió de pronto en una obsesión entre mis amigos, en todo momento hablaban de eso y fantaseaban, hacían planes calculando los años que trabajarían en la tierra del Tío Sam como “negros”, prometían ahorrar y regresar a Buctzotz con muchos dólares para comprar un ranchito, fundar una pequeña empresa familiar, poner un taller mecánico, un minisuper o adquirir una placa de taxi.

Todos esos planes tenían un final feliz: volver al pueblo. Eran sueños hermosos y limpios, como todo ideal de la adolescencia. Nadie se proponía hacerle daño a los “gringos”, vivir a costa de ellos o llevarles droga. El objetivo fue siempre trabajar y ahorrar para regresar al terruño.

Con esos sueños e ideales en la cabeza, muchos de mis amigos emprendieron la aventura. Algunos ahorraron durante mucho tiempo para reunir el dinero del viaje y pagar a los “polleros”, otros pidieron prestado e, incluso, uno robó dinero a su papá y escapó del hogar, dejando una carta en la cual pedía perdón y se comprometía a devolver el dinero sustraído.

Aquello fue una verdadera fiebre, los muchachos que optamos quedarnos apostándole a estudiar una carrera aun con estrecheces económicas y sacrificios, temíamos que el pueblo se volviera un lugar triste.

Y en alguna forma, así fue. Con cada joven que emigró, el pueblo perdió un poco de alegría y color. Por algún tiempo, en el aire se respiró solamente nostalgia, se acabaron las reuniones en el parque, las “retas” nocturnas de básquetbol y de “futbolito”, las excursiones a la playa los domingos o a los cenotes que estaban cerca del pueblo, las serenatas bajo la luz de la luna, las juntas en la parroquia con el padre Alfredo Estrada Quirarte, quien dio fuerte impulso a los grupos juveniles, etc. Duele crecer.

Por aquellos años, conocí una excelente forma de solidaridad, los que se fueron comenzaron a enviar dólares a sus familias y apoyaban a los novatos que se decidían a seguir sus pasos. También enviaban cartas, al principio muchas y muy largas, donde relataban sus experiencias, sus impresiones, el trato que recibían de los gringos y hasta sus travesuras.

No existían las redes sociales como el Facebook o el Instagram, así que, en los sobres de las cartas a veces llegaban fotografías y, en general, veíamos la transformación de cada uno de ellos, casi todos se convertían en hombres responsables y trabajadores, otros no lograban adaptarse y muy pocos terminaron en bandas juveniles y en el vicio.

El fenómeno de la emigración es complejo. Por experiencia propia, comparto la opinión de quienes piensan que nadie emigra por gusto, sino por necesidad.

En aquellas cartas de mis amigos estaba retratada perfectamente la situación problemática y su compromiso de retornar al pueblo “después de conquistar el mundo y lograr el éxito”.

Algunos se ponían plazos cortos: “en diciembre del año próximo regresaré, justo para estar en la fiesta del pueblo, porque ya quiero ver a mi novia”.

Con el paso de los años, varios lograron esos sueños de juventud y regresaron al pueblo con dólares y para cumplir lo que prometieron, otros pocos vieron truncadas esas ilusiones y, de alguno más, no volvimos a saber nada.— Mérida, Yucatán.

rogergonzalezh@hotmail.com

Profesor

 

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