Editorial

Antonio Salgado Borge: Golpe al golpe en EE.UU.

domingo, 26 de junio de 2022 · 01:30

Las espectaculares audiencias que se llevan al cabo en el Congreso de Estados Unidos no buscan probar que en ese país hubo recientemente un intento de golpe de Estado.

Si éste fuese su objetivo, esta serie de eventos representaría una pérdida masiva de tiempo para quienes participan en ellos y para quienes los siguen a través de los medios. A estas alturas, nadie con acceso a información confiable y una mente abierta puede dudar que un intento de golpe de Estado fue justamente lo que ocurrió tras la derrota electoral de Donald Trump a finales de 2019.

Pero contrario a lo que suele suponerse, éste no es el objetivo perseguido por el comité bipartidista del Congreso que investiga el asalto al Capitolio.

La intención central detrás de este proceso es, en realidad, una y la misma: exponer al público que ese intento de golpe fue el resultado de un sofisticado plan orquestado, con conocimiento de causa, por Donald Trump y sus colaboradores más cercanos.

O ponerlo de otra forma, que estas personas no actuaron movidas por inercia o por su supina ignorancia; sabían perfectamente lo que hacían, y aun así eligieron seguir empujando.

Su éxito ha sido rotundo y por partida doble. En primer lugar, estamos ante un trabajo exitoso por su capacidad de probar que, en efecto, Trump y sus aliados sabían perfectamente que estaban intentado un golpe de estado. En segundo, lo que tenemos enfrente un éxito sin presente en la presentación de una narrativa sólida y convincente al público estadounidense.

Empecemos por el primero de estos elementos; es decir, la forma en que se ha documentado que Trump intentó, con conocimiento de causa, un golpe de Estado. En este sentido, las evidencias presentadas no dejan margen para dudas.

Gracias a la investigación del Comité, que incluyó miles de entrevistas y documentos revisados, se ha hecho público que distintos colaborares de primera línea informaron a Donald Trump que sus alegatos de fraude no tenían fundamento.

Bill Barr —el abogado general de Estados Unidos y fiel republicano— incluso llegó a decir a Trump que estos alegatos eran “bullshit”; un término que en México podría ser traducido como ‘despropósito’ o, en un sentido coloquial, como ‘mamadas’.

Pero eso no detuvo a Trump. “Ustedes sólo digan en público que la elección fue corrupta y déjenme el resto a mí”, fue una de las respuestas de ese expresidente a quienes le hacían ver el tamaño del despropósito que estaba defendiendo.

Donald Trump también buscó remover a la cabeza del Departamento de Justicia (DOJ) que no aceptó declarar la elección corrupta sin evidencias. Su idea era colocar en su lugar a un funcionario de cuarta y sin experiencia, pero dispuesto a apoyar la idea de fraude masivo.

Distintos funcionarios alertaron a Trump directamente que este plan era contrario a la ley y que dejaría al DOJ, una institución crucial para la vida pública en Estados Unidos, en manos de un lunático improvisado. Pero Trump no hizo caso. Si la idea no se materializó fue sólo porque la plana mayor del DOJ amenazó con renunciar si ello ocurría.

Gracias al Comité sabemos también que Trump contactó a distintos académicos y expertos en busca de un resquicio legal que le permitiese doblar las reglas vigentes para quedarse en el poder.

Una y otra vez se le dijo que ello era ilegal o imposible. Pero como lo que necesitaba no era la verdad sino una narrativa, Trump no se detuvo hasta que encontró a John Eastman. Este académico propuso alegar que el vicepresidente tiene el poder para reemplazar a la lista de electores, un grupo que se deriva del resultado electoral y que elige al Presidente estadounidense, por una lista de electores a modo.

Eastman dijo en repetidas ocasiones a quienes le increparon que sabía que había cero chances de que ese argumento prosperará en tribunales. Sabedor de la dimensión golpista de su proyecto, el abogado incluso pidió que se le incluyese en la lista de beneficiarios del “perdón presidencial”.

Además, el público ha conocido, con lujo de detalle, que Trump instruyó a Mike Pence a ejecutar el plan de Eastman, y que ese vicepresidente —una comparsa durante cuatro años— se negó rotundamente. El equipo de Pence incluso hizo llegar al de Trump toda una justificación histórica y legal que mostraba el sinsentido de esa idea.

Sin embargo, Trump optó por presionar a Pence. Ante testigos en una llamada telefónica le pegó de gritos. Como su presión directa no funcionó, Trump optó por seguir una estrategia del manual populista: agitar a sus seguidores contra de quien le resulta incómodo. Así, ese expresidente twitteó que Pence tenía la capacidad de desconocer a los electores oficiales y que esperaba que no le faltase valor para hacerlo.

Trump no se detuvo. Incluso cuando la violencia ya había estallado y sus colaboradores le imploraron que calme a la turba, y mientras algunas personas erigían una horca y gritaban “cuelgan a Mike Pence”, Trump twitteó: “Mike Pence no tuvo el valor para hacer lo que tenía que haberse hecho”.

El Comité recopiló, adicionalmente, testimonios de varias personas que participaron en la toma del Capitolio que afirmaron que de haberse encontrado con Pence, lo hubiesen atacado físicamente. El vicepresidente estuvo a 12 metros de toparse por las hordas exaltadas por Trump y de ser asesinado por éstas.

Finalmente, ahora sabemos que además de “la gran mentira”, Trump orquestó una “gran estafa”. Y es que, apenas, perdió la elección, el equipo del expresidente empezó a enviar correos masivos a su lista de seguidores pidiéndoles donativos destinados a un “fondo para impugnar el fraude”.

Esta estrategia, de suyo problemática por su supuesto objetivo, le llevó a recaudar 250 millones de dólares. Pero resulta que el fondo anunciado por Trump no existe. El dinero donado, en muchos casos de buena fe, por la base trumpista ha ido a parar a los los hoteles de Donald Trump y a proyectos de sus colaboradores más cercanos.

Aunque las evidencias anteriores son demoledoras, el reto para el Comité era lograr evitar que termine siendo irrelevante. Pocas personas tienen el interés o el tiempo de seguir transmisiones del Congreso, y ciertamente los seguidores de Trump parecen inconvencibles de que su líder pueda haber hecho algo malo.

Aquí es donde entra en juego nuestro el segundo elemento que explica el éxito del Comité del congreso estadounidense: la presentación de una narrativa sólida y convincente al público estadounidense.

Esta narrativa ha sido lograda, en primer lugar, porque la líder de la mayoría demócrata prohibió la participación en ese comité a republicanos que normalmente se dedican a interrumpir, a decir sinsentidos o a pegar de gritos, como Jim Jordan.

Aunque salvo excepciones de esta naturaleza los demás legisladores eran bienvenidos, el líder de los representantes del Partido Republicano optó por no nominar a alguien en señal de protesta.

Esto parecía de inicio un pasivo para los Demócratas, pero se ha convertido en oro molido. Dos republicanos optaron por participar, mermando el poder del veto de su líder. Y la ausencia de showistas dedicados a torpedear argumentos y hechos ha permitido que se construya una historia coherente y bien articulada.

En segundo lugar, la narrativa del Comité ha sido exitosa gracias al lustre que le ha brindado el involucramiento de un equipo profesional de producción televisiva.

Siguiendo la asesoría de este equipo, se incluyó un contenido impresionante de material audiovisual, se dividió su difusión en entregas temáticas y se dio a cada “episodio” una dinámica ágil y fácil de seguir. Es decir, las sesiones han sido presentadas al público como capítulos de serie de Netflix.

El resultado está a la vista. La primera entrega fue vista por más de 20 millones de personas en Estados Unidos. Incluso la ultraconservadora Fox News, que se negó a transmitir la primera sesión en su canal principal, tuvo que abrir este espacio a los siguientes capítulos.

Finalmente, esta narrativa ha sido exitosa porque el formato de las audiencias está diseñado para apelar incluso a la base Republicana, y no sólo para predicar para el coro Demócrata.

Casi todas las personas que han brindado testimonios en directo o en video son prominentes conservadores cuyas credenciales derechistas no están en duda. Muchos incluso son militantes o férreos defensores del Partido Republicano.

El efecto de este componente es destacable. Incluso un buen número de medios de comunicvación conservadores han dado cuenta de lo ocurrido y críticas sin precedentes han comenzado a surgir en esos círculos.

Es momento de hacer un corte de caja. El enorme trabajo documental y de investigación del Comité, respaldado por los tres elementos anteriores —narrativa, presentación e inclusión conservadora— ha convertido a la serie de audiencias que ha dado la vuelta al mundo en un activo crucial para la democracia estadounidense.

El pueblo de Estados Unidos, incluyendo a muchos conservadores, ha tenido la oportunidad de conocer que Donald Trump y buena parte del Partido Republicano estuvieron a punto de convertir su democracia en una dictadura actuando con pleno conocimiento de causa.

El mensaje que ello envía es tan claro como importante: es indispensable cerrar la puerta de inmediato a los golpistas y, en el mediano plazo, replantear los controles y esquemas que existen para evitar este tipo de eventos.

Pero el trabajo del comité también pone una presión ineludible sobre el Departamento de Justicia de Estados Unidos.

Con semejante caudal de pruebas documentales, y con el empuje de un público que ya conoce la dimensión y profundidad de lo ocurrido, esta institución tiene todo en sus manos para proceder legalmente contra los implicados.

El camino hacia la recuperación democrática y liberal de Estados Unidos será muy largo. De eso caben pocas dudas. Pero lo ocurrido este mes en el Congreso de ese país es, ciertamente, un inesperado paso en la dirección adecuada.— Edimburgo, Reino Unido.

asalgadoborge@gmail.com

Antonio Salgado Borge

@asalgadoborge

Doctor en Filosofía (Universidad de Edimburgo).

 

 

 

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